Un golpe de realidad

CAPITULO 26- Lo que cambia

Jackson Carter no durmió aquella noche.

Intentó hacerlo.

Lo intentó varias veces.

Pero cada vez que cerraba los ojos volvía al mismo momento.

La biblioteca.

La lluvia golpeando los ventanales.

La forma en que Micaela había permanecido allí.

Sin apartarse.

Sin huir.

Y aquel beso.

Se pasó una mano por el rostro y miró el reloj.

Las cinco de la mañana.

Perfecto.

Había sobrevivido a atentados.

A guerras.

A enemigos que querían verlo muerto.

Y aun así una chica era capaz de mantenerlo despierto toda la noche.

Aquello era ridículo.

Y peligroso.

Sobre todo peligroso.

Micaela tampoco había dormido demasiado.

Aunque por razones diferentes.

O quizá no tan diferentes.

Se encontraba sentada frente a la ventana de su habitación observando cómo el sol comenzaba a iluminar los jardines de la mansión.

Todo había cambiado demasiado rápido.

Alexander.

Elena.

La verdad.

El beso.

Su vida parecía haberse convertido en algo que apenas reconocía.

Llevó una mano a sus labios.

Y sintió cómo sus mejillas se calentaban.

Todavía podía recordar la forma en que Jackson la había mirado.

Como si realmente la viera.

Como si no fuera un problema.

Ni una responsabilidad.

Ni una pieza dentro de un conflicto.

Solo ella.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Micaela.

La voz era suave.

Cautelosa.

Elena.

Micaela tardó unos segundos en responder.

—Adelante.

La puerta se abrió lentamente.

Elena parecía tan incómoda como ella.

Y eso, extrañamente, ayudó.

Porque ambas seguían sin saber cómo relacionarse.

Para Elena, aquella era la hija que había perdido hacía veinte años.

Para Micaela, seguía siendo una desconocida.

—Buenos días.

—Buenos días.

El silencio apareció inmediatamente.

Ninguna sabía qué decir.

Ni cómo comportarse.

Porque la sangre no podía borrar veinte años de distancia.

Finalmente Elena habló.

—Pensé que quizá te gustaría desayunar conmigo.

Se apresuró a añadir:

—Solo si quieres.

Micaela observó su expresión.

Había esperanza.

Pero también miedo.

Como si temiera escuchar un rechazo.

Y recordó algo.

Elena nunca le había exigido nada.

Ni amor.

Ni confianza.

Solo una oportunidad.

—Está bien.

La sonrisa que apareció en el rostro de Elena fue pequeña.

Pero completamente sincera.

El desayuno resultó menos incómodo de lo que ambas esperaban.

Hablaron de cosas sencillas.

De música.

De libros.

De películas.

Temas seguros.

Temas que no podían hacer daño.

Porque ninguna estaba preparada para hablar de los años que habían perdido.

Todavía no.

—Alexander me contó que hablas varios idiomas.

Comentó Elena.

Micaela asintió.

—Español, inglés e italiano.

—Eso es impresionante.

—No tanto.

Sonrió ligeramente.

—Gonzalo siempre insistió en que debía aprender.

La mención de Gonzalo creó un breve silencio.

Pero no fue un silencio hostil.

Solo incómodo.

Inevitable.

Porque él seguía formando parte de su vida.

Y ambas lo sabían.

—También intentaron enseñarme francés.

Continuó Micaela.

—Pero nunca fui muy buena.

Elena soltó una pequeña risa.

—Entonces eres más humana de lo que pensaba.

Por primera vez aquella mañana, Micaela rio de verdad.

Y Elena sintió que algo dentro de ella se relajaba.

—¿Y tú?

preguntó Micaela.

—¿Hablas muchos idiomas?

—Ruso, inglés, algo de francés y un italiano terrible.

—¿Terrible?

—Alexander dice que destruyo el idioma cada vez que intento hablarlo.

La sonrisa de Micaela se amplió.

Y por primera vez desde que se conocieron, la conversación comenzó a sentirse un poco más natural.

Mientras tanto.

Alexander permanecía en el despacho junto a Richard y Gonzalo.

La tensión seguía allí.

Más controlada que antes.

Pero seguía existiendo.

Era imposible que desapareciera de un día para otro.

—¿Qué piensas hacer?

preguntó Richard.

Alexander levantó la vista.

—¿Sobre qué?

—Sobre Micaela.

El ruso permaneció en silencio unos segundos.

—Nada.

Gonzalo frunció el ceño.

—¿Nada?

—No voy a presionarla.

Su respuesta fue inmediata.

—Ya perdió demasiado.

No pienso exigirle nada más.

El silencio apareció.

Porque nadie esperaba escuchar aquello.

—Tiene derecho a decidir.

Continuó Alexander.

—Dónde quiere estar.

Con quién quiere estar.

Y qué lugar ocuparemos nosotros en su vida.

Gonzalo bajó la mirada.

Porque aquellas palabras tenían más dignidad de la que esperaba.

Por primera vez desde que se conocieron, no vio al hombre que había llegado dispuesto a enfrentarlo.

Vio al padre que llevaba veinte años buscando a su hija.

Y eso hacía mucho más difícil odiarlo.

Más tarde.

Micaela caminaba por los jardines.

Necesitaba pensar.

O intentar hacerlo.

Porque últimamente pensar se había vuelto una tarea imposible.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de Jackson la hizo girar.

Su corazón reaccionó antes que ella.

Y aquello fue irritante.

—¿Ahora lees la mente?

preguntó.

—No.

Jackson sonrió.

—Solo empiezo a conocerte.

El silencio apareció entre ellos.

Uno diferente.

Más incómodo.

Más consciente.

Porque ahora existía algo que antes no estaba.

El beso.

—Esto es raro.

Murmuró Micaela.

Jackson soltó una pequeña risa.

—Mucho.

Eso la hizo sonreír.

—¿Te arrepientes?




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