Un golpe de realidad

CAPITULO 27- Lo que no se dice

Lo Que No Se Dice

La cena fue incómoda.

No porque hubiera discusiones.

Ni porque alguien levantara la voz.

Todo lo contrario.

Aquello era lo extraño.

Todos parecían esforzarse demasiado.

Alexander intentaba darle espacio a Micaela.

Elena procuraba no hacer preguntas difíciles.

Gonzalo permanecía más callado de lo habitual.

Y Richard observaba todo desde el extremo de la mesa.

Como si estuviera analizando una negociación especialmente delicada.

Quizá porque, de alguna manera, lo era.

Micaela apenas probó la comida.

Su mente seguía atrapada en otra parte.

En el jardín.

En Jackson.

En aquella conversación.

En el hecho de que ninguno de los dos se arrepentía de lo ocurrido.

Y eso era precisamente lo que la asustaba.

Porque sentir algo por Jackson Carter parecía una idea terrible.

Una idea que, aun así, no podía dejar de pensar.

Después de la cena.

Alexander encontró a Elena en una de las terrazas.

Ella observaba las luces de la ciudad.

Pensativa.

—¿Cómo fue?

preguntó él.

Elena sonrió levemente.

—Mejor de lo que esperaba.

Alexander apoyó los brazos sobre la barandilla.

—Eso no significa mucho.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Se parece a ti.

Comentó Elena.

Alexander arqueó una ceja.

—Espero que no.

—Es testaruda.

—Ah.

Entonces sí se parece a mí.

Aquello arrancó una pequeña risa a Elena.

Una risa que hacía tiempo él no escuchaba.

—¿Crees que algún día podremos ser una familia?

preguntó ella.

Alexander permaneció en silencio.

Porque aquella era una pregunta para la que no tenía respuesta.

Y odiaba no tener respuestas.

—Creo que debemos dejar que sea ella quien decida.

Elena asintió.

Porque cualquier otra cosa sería repetir los errores del pasado.

En otra parte de la mansión.

Gonzalo permanecía solo en la biblioteca.

La misma donde Micaela había llorado.

La misma donde Jackson la había besado.

Aunque él no lo sabía.

Tenía una fotografía entre las manos.

Una fotografía antigua.

Micaela cuando tenía ocho años.

Sonriendo frente a un pastel de cumpleaños.

Recordó aquella tarde.

Recordó cómo había insistido en invitar a todos los niños de su clase.

Recordó cómo había pasado semanas organizándolo.

Y recordó algo peor.

Que todos aquellos recuerdos le pertenecían a él.

No a Alexander.

No a Elena.

A él.

Y por primera vez desde la llegada de los Volkov comprendió algo.

El verdadero miedo no era que Micaela descubriera la verdad.

El verdadero miedo era que algún día dejara de necesitarlo.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Pasa.

La puerta se abrió.

Y apareció Micaela.

Ambos se quedaron inmóviles.

Porque últimamente cada conversación entre ellos parecía caminar sobre cristales rotos.

—¿Puedo entrar?

preguntó ella.

Gonzalo asintió inmediatamente.

—Siempre.

Micaela observó la fotografía.

Y la reconoció.

—Ese cumpleaños fue horrible.

Gonzalo soltó una pequeña risa.

—Te encantó.

—Porque tenía ocho años.

—Y porque obligaste a todos a disfrazarse.

—Fue una gran idea.

—Fue una tortura.

Por primera vez en días ambos sonrieron.

Y durante unos segundos olvidaron todo lo demás.

Las mentiras.

La verdad.

Los secretos.

Todo.

Solo existía aquel recuerdo.

Pero la realidad regresó demasiado rápido.

—Gonzalo...

La sonrisa desapareció.

Porque ambos sabían que aquella conversación llegaría tarde o temprano.

—No sé qué hacer.

Confesó ella.

—Lo sé.

—Una parte de mí está enfadada.

Él bajó la mirada.

—Lo entiendo.

—Y otra parte...

Su voz se quebró ligeramente.

—Otra parte sigue viéndote como mi padre.

El silencio llenó la habitación.

Gonzalo cerró los ojos durante unos segundos.

Porque aquellas palabras dolían.

Y al mismo tiempo significaban más de lo que merecía.

—No tienes que decidir nada ahora.

Dijo finalmente.

—Ni por mí.

Ni por ellos.

Ni por nadie.

Micaela lo observó.

Sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí.

Gonzalo sonrió con tristeza.

—Por primera vez en tu vida, deberías elegir tú.

Aquella misma noche.

Jackson entrenaba en el gimnasio privado de la mansión.

Necesitaba despejar la cabeza.

Porque pensar demasiado nunca terminaba bien.

El sonido de la puerta abriéndose llamó su atención.

Matteo entró.

—Te estaba buscando.

Jackson lanzó una mirada cansada.

—Eso nunca trae buenas noticias.

—Porque nunca son buenas noticias.

Matteo le lanzó una carpeta.

Jackson la atrapó en el aire.

—¿Qué es esto?

—Información que llegó hace una hora.

Jackson abrió el documento.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Quién encontró esto?

—Nuestros contactos en España.

Jackson continuó leyendo.

Cada línea era peor que la anterior.

—¿Estás seguro?

—Tan seguro como podemos estarlo.

Jackson cerró la carpeta lentamente.

—Mierda.

—Sí.

Mierda.

Porque alguien no solo estaba buscando a Micaela.

Alguien había conseguido fotografías recientes.

Fotografías tomadas después de su llegada a Italia.

Eso significaba una sola cosa.

La estaban observando.

Muy lejos de allí.

En una habitación oscura.

Un hombre colocó una nueva fotografía sobre una mesa.

Micaela caminando por los jardines de la mansión Carter.

La imagen había sido tomada apenas dos días antes.

—Está más protegida de lo que esperaba.




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