Tengo que admitir que este queso es el mejor que probé en mucho tiempo.
El pensamiento me tomó por sorpresa.
Era ridículo que mi cabeza eligiera concentrarse en un pedazo de queso cuando no sabía en dónde iba a dormir esta noche.
Arranqué otro trozo de pan casero y lo pasé por la feta amarillenta que la mujer del puesto me había servido.
Afuera seguía lloviendo.
El agua resbalaba por el parabrisas agrietado de mi auto y, desde la ventana, la luz rota parecía guiñarme un ojo.
¿La gente no sabe leer?
La voz llegó desde afuera, grave y fastidiada.
Levanté la vista justo cuando un hombre alto, morocho y con una gorra vasca cruzaba la puerta del puesto.
—¿Quién estacionó al lado del depósito?
Marta —la dueña del lugar— ni levantó la vista del cuchillo con el que seguía cortando queso.
—Buen día, simpatía.
—Buen día nada. Tengo diez kilos de leña para bajarte y no los puedo descargar porque algún imbécil estacionó donde quiso.
—Primero saludás. Después renegás. Como hace la gente civilizada.
El desconocido resopló.
Yo ya sabía que hablaba de mi auto.
No sabía si disculparme o salir a moverlo antes de que me viera.
Había llegado al amanecer, después de manejar durante horas. Cuando encontré el puesto, todavía estaba cerrado. Me quedé unos minutos con el motor encendido para mantener la calefacción y, cuando Marta me vio por la ventana, me hizo una seña para que pasara.
En ningún momento miré dónde había estacionado.
Tal vez podía subirme al auto e irme sin decir una palabra.
Seguir escapando.
—¿De quién es ese auto?
Marta levantó la vista y me miró directamente.
El desconocido también se dio vuelta.
Me sostuvo la mirada sin decir nada.
—Perdón —dije, poniéndome de pie—. No sabía que no podía estacionar ahí.
Él arqueó una ceja.
—Generalmente no se puede estacionar donde hay un cartel que dice "Prohibido estacionar".
Qué grosero.
Marta negó con la cabeza.
—Eh, respetá a la chica.
Él volvió a mirarla.
—No le falté el respeto
Resopló, yo me moví para ir a correr el auto
—Dejá, puedo descargar la leña desde ahí.
—No, disculpá. No debí estacionar ahí.
El desconocido me observó unos segundos y salió hacia afuera sin responder.
En mi mesa el celular volvió a vibrar y yo me volvi a sentar.
Mamá.
Corte la llamada.
Volvió a vibrar.
Nicolás.
Lo bloqueé antes de que terminara de sonar.
El tercer llamado volvió a ser de mi mamá.
Dejé el celular boca abajo sobre la mesa.
Las voces del otro lado del mostrador empezaron a imponerse sobre el ruido de la lluvia.
—¿Cómo anda tu mamá? —preguntó Marta.
—Bien.
Ella asintió mientras acomodaba unas hormas de queso.
—Esta mañana pasó por acá Ernesto.
Tomás siguió desenredando la soga de la leña.
—¿Ernesto? ¿El encargado de Los Álamos?
—Ex encargado. Se acaba de jubilar. Bah... lo sigue siendo hasta que encuentren a alguien que lo reemplace.
Tomás levantó la cabeza por primera vez.
—¿Y el nuevo encargado viviría en el casco?
—Claro. Por eso ahora buscan un matrimonio. Él como encargado y ella para la administración.
—Eso no es idea de los Villa Urquiza.
Marta negó con la cabeza.
—No. Seguro viene de la escuela o de la gente de la zona rural. Acá estamos todos preocupados porque, si se cierra la escuelita, después es muy difícil volver a abrirla.
Tomás apoyó el atado de leña contra la pared.
—A ellos les importa la tierra, nada más.
—¿Y a vos no te importan estas tierras? ¿La escuela? ¿Estás pensando en presentarte?
Él soltó una risa corta.
—Claro que me importa. Nadie quiere que cierren las escuelas. Pero que hoy no esté casado no quiere decir que nunca vaya a estarlo.
—Igual siguen necesitando una mujer para llevar la administración.
La palabra administración se me quedó dando vueltas.
No sé por qué me pareció una buena idea.