Un hogar prestado

Capítulo 2: La tranquera

Estoy siguiendo a un desconocido por un camino rural.

Objetivamente, no parece una decisión brillante.

Aunque, siendo justa, el camino es precioso.

A ambos lados se extienden alambrados interminables con vacas asomando sobre ellos, árboles que parecen haber estado ahí desde siempre y un silencio distinto al de la ciudad. No era ausencia de ruido. Era otra cosa.

La idea de vivir en un campo volvió a aparecer.

Todavía sonaba improbable.

Dejá de sacar conclusiones antes de tiempo, Julieta.

Nunca fui especialmente buena siguiendo ese consejo.

Tomás puso el guiño y dobló hacia un camino de tierra más angosto. Lo seguí.

Unos metros después frenó frente a una tranquera.

Lo vi bajar de la camioneta.

No la abrió enseguida.

Se quedó quieto, mirando hacia adentro del campo, como si estuviera buscando algo que yo no podía ver. Cuando apoyó la mano sobre la madera, dudó. O eso me pareció.

La dejó ahí unos segundos.

Después giró apenas la cabeza hacia mí.

Negó con la cabeza, abrió la tranquera y volvió a la camioneta.

Entramos al campo, cada uno en su vehículo.

Tomás frenó frente a lo que parecía ser la casa principal de la estancia.

Apagué el motor y me quedé un segundo adentro del auto.

La casa era bonita. Antigua. Tenía ese encanto de las construcciones que habían conocido tiempos mejores. El camino de entrada estaba rodeado de pastos altos y cardos.

Pensé que unas rosas blancas a los costados quedarían preciosas.

La idea apareció sola. Como si ese camino las estuviera pidiendo.

Vi a Tomás bajar de la camioneta.

Volvió a hacer lo mismo que en la tranquera. Quedarse quieto unos segundos observando.

Recorrió la casa con la mirada y, por un instante, pareció olvidarse de que yo estaba ahí. Juraría que suspiró.

¿Me acerco?

No.

Esperá.

Él conoce a la gente de acá. Yo soy la desconocida.

¿Sabe alguien que vine con él?

Como si estuviera leyendo mi mente, habló sin darse vuelta.

—En el camino llamé al encargado. Nos está esperando... bueno, me está esperando a mí. No le dije que venía alguien más.

Me bajé del auto.

—¿Lo conocés?

—Sí. En la zona nos conocemos todos un poco.

Asentí.

—¿Y conocías esta estancia?

Por primera vez desde que llegamos, tardó en responder.

Volvió a mirar alrededor.

—Es una estancia importante. Todos la conocen.

No era exactamente lo que le había preguntado.

Antes de que pudiera decir algo más, la puerta principal se abrió y un hombre salió al porche.

—¡Tomás!

El hombre bajó los escalones con una sonrisa y caminó directamente hacia él.

Tomás se acercó a saludarlo.

—Ernesto.

Se estrecharon la mano y después se dieron un abrazo breve, de esos que no necesitan demasiadas palabras.

—Pensé que no ibas a venir.

—Te dije que iba a venir.

—Sí, pero te conozco.

Ernesto se apartó y recién entonces reparó en mí.

Su mirada fue de Tomás a mí.

—Hola, soy Ernesto ¿y vos sos?

Tomás abrió la boca, pero no llegó a responder.

—Julieta, vine por el puesto de administradora —dije mientras le estrechaba la mano que el me estaba ofreciendo.

Ernesto levantó las cejas sin poder ocultar su sorpresa pero me sonrio amablemente.

—Bueno. Pasen. Claudia ya está adentro.

Tomás hizo un gesto para que lo siguiera.

—Ernesto me comento que los dueños del campo mandaron a una empleada de recursos humanos para la entrevista— me dijo en un murmuro mientras entrabamos a la casa.

El interior de la casa era todavía más antiguo que el exterior. Techos altos, pisos de madera y unos pocos muebles antiguos.

Ernesto abrió una puerta al fondo del pasillo.

—Claudia, ya llegaron.

Una mujer de unos cincuenta años levantó la vista de una carpeta.

Tenía varias hojas acomodadas frente a ella y una computadora abierta sobre el escritorio.

—Perfecto.

Se puso de pie y nos tendió la mano.

—Soy Claudia. Estoy llevando adelante la selección en representación de la familia Villa Urquiza.

Nos sentamos frente al escritorio, mientras que Ernesto ocupó una silla a un costado.

Claudia abrió la carpeta.

—Bueno. Antes que nada, quiero aclararles que los propietarios están buscando dos personas para vivir de manera permanente en la estancia.

Asentimos.

—El puesto de encargado implica hacerse cargo de todo lo relacionado con el funcionamiento del campo: personal, animales, mantenimiento, proveedores, maquinaria y organización general.

Miró a Tomás.

—No tengo que preguntarte si tenes experiencia, Ernesto hablo muy bien de vos.

Tomás hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Trabaje varios años en el campo. Conozco el trabajo.

Ernesto intervino.

—Tomás sabe trabajar.

Tomás lo miró de reojo, pero no dijo nada.

Claudia anotó algo.

—¿Tenés experiencia manejando peronal?

—Si

Volvio a mirar la carpeta.

—Bien. Ernesto me dijo que conocés bastante bien la zona y que sos una persona de confianza. No necesito preguntarte mucho más sobre la parte técnica

Cerro la carpeta y se volvió hacia mí.

—Ahora quiero conocerte un poco a vos.

Tragué saliva.

—No tengo experiencia específica en una estancia.

Era mejor decir la verdad.

—¿Tenés experiencia en administración?

—Sí. Durante varios años tuve que ocuparme de la parte administrativa de los proyectos en los que trabajaba. Documentación, compras de insumos, contacto con proveedores, presupuestos, informes…

Claudia asintió mientras anotaba.

—Entonces estás acostumbrada a organizarte.

—Bastante.

No estaba mintiendo.

Simplemente no había considerado necesario explicar que la mayor parte de esas tareas habían sido dentro de un laboratorio y que mi trabajo principal había sido otro.




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