Un hogar prestado

Capítulo 3: Las llaves

Mi equipaje ocupaba apenas una esquina de la habitación.

Una valija.

Una mochila.

Y una caja con algunas cosas que había decidido no dejar atrás.

No era demasiado.

Tampoco tenía mucho sentido llevar más.

Abrí la valija sobre la cama y empecé a sacar la ropa.

Un par de jeans. Camisas. Pantalones de vestir. Ropa interior.

Y blazers.Muchos blazers.

Demasiados, probablemente.

Me quedé mirando todo lo que había llevado.

Había conseguido trabajo en una estancia y no tenía absolutamente nada que ponerme para trabajar en una estancia.

El problema era peor de lo que había pensado.

Nunca había tenido zapatillas.

No unas que sirvieran para caminar por el campo, al menos.

Siempre había usado zapatos. Incluso cuando estaba vestida de manera informal, llevaba un jean con algún par de zapatos de vestir.

Miré los que tenía puestos.

Jean oscuro. Camisa blanca. Blazer beige.

Y zapatos con taco.

Perfecto.

¿Cómo se supone que se viste una administradora de campo?

La pregunta me hizo pensar en la entrevista.

Si Claudia no hubiera estado ahí, probablemente no habría conseguido el trabajo.

No porque no pudiera hacerlo.

Pero era difícil imaginar a alguien que hubiera trabajado toda su vida en el campo creyendo que una mujer vestida con jean, zapatos de taco y un blazer podía encargarse del bienestar de un grupo de trabajadores.

Ernesto, al menos, habría tenido motivos para dudar.

Claudia había escuchado lo que sabía hacer.

Había hecho preguntas.

Ernesto, en cambio, había visto mis zapatos.

Y probablemente eso decía bastante más de mí de lo que yo quería admitir.

Miré nuevamente la valija.

Definitivamente necesitaba ir de compras.

El problema era que todavía no sabía dónde estaba el pueblo.

Ni cuánto tardaba en llegar.

Ni dónde podía comprar ropa.

Ni, para ser completamente sincera, qué ropa estaba buscando. ¿Bombachas de campo? ¿Alpargatas?

No sabía ni siquiera si sabía usar unas alpargatas.

Escuché un vehículo detenerse afuera.

Me acerqué a la ventana.

Tomás bajó de la camioneta y empezó a sacar sus cosas.

Parecía tener claro dónde iba cada cosa.

Yo, en cambio, seguía mirando mi valija como si en algún momento fuera a aparecer mágicamente un par de botas.

Unos minutos después escuché sus pasos en el pasillo.

Cuando entró, me encontró parada frente a la cama, rodeada de ropa.

Miró primero la valija.

Después a mí.

Bajó la mirada hasta mis zapatos.

—¿Eso es lo que vas a usar para trabajar?

Miré mis pies.

—Estoy haciendo lo mejor que puedo con las variables disponibles.

Por un segundo pareció contener una sonrisa.

—Se nota.

—¿Sabés dónde puedo comprar ropa?

—En el pueblo.

—Eso lo supuse.

—Entonces ya sabés a dónde ir.

Lo miré.

—No sé dónde queda el pueblo.

Tomás me sostuvo la mirada unos segundos.

—Por cierto…

—¿Qué?

—Muy romántico lo de conocernos en el supermercado.

Fruncí el ceño.

—Se lo dijiste a Claudia. Que nos conocimos en el supermercado.

Ah.

La entrevista.

—No seas despistada, esposa. No podés olvidarte de esos detalles.

La palabra esposa me produjo un pequeño escalofrío.

No porque la idea me disgustara.

Todo lo contrario.

Y eso era bastante más desconcertante.

—Vos porque nunca me viste arrasar con la góndola de los chocolates —respondí—. Ahí sí te enamorarías.

Esta vez sí sonrió.

Una sonrisa linda, por cierto.

Muy linda.

Demasiado linda para alguien que acababa de convertirse en mi marido hacía menos de una hora.




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