No sé de campo.
Sé hacer preguntas.El problema era que las vacas no me estaban respondiendo ninguna.
Descansar me había hecho bien.Cuando intentaba dormir, empecé a repasar cómo había estado actuando desde que llegué al puesto y llegue a la conclución de que había actuado pasivamente.
Alguien sugirió un trabajo y yo dije que estaba disponible.Cuando tuvimos que fingir que estábamos casados, no tuve ninguna reacción.Cuando llegamos a Los Álamos y vi que Tomás se presentaba con los empleados, tampoco intervine. Me quedé observando desde lejos hasta que uno de ellos se acercó a saludarme.
Yo no era así dentro de un laboratorio.Pero sí había sido así en mis relaciones.
Cuando permití que Nicolás tomara algunas de mis ideas para presentarlas como un trabajo de ambos, yo pensaba que éramos un equipo. Lo incluía porque creía que eso era lo que hacían los equipos.
Pero ¿realmente éramos un equipo?
Cerré los ojos.Había algo que recién empezaba a entender.Cuando no tenía todo el conocimiento sobre algo, me quedaba en la observación y observar se me daba bien en definitiva era parte de mi trabajo, observar, analizar, encontrar patrones, hacer preguntas.
El problema era que en el campo la observación, por sí sola, no servía de mucho.Había que actuar.
Si quería que esta aventura de vivir un tiempo en el campo me dejara algún aprendizaje positivo, tenía que cambiar la manera en la que me había estado comportando durante esos últimos días.No podía seguir esperando a que alguien me indicara qué hacer.
Era inteligente, no era una opinión, mi coeficiente intelectual lo demostraba.
No necesitaba alardear de eso. Tampoco era algo que me interesara especialmente mencionar.
Simplemente era un hecho.Y si había aprendido cosas que parecían imposibles antes, también podía aprender esto.Solo tenía que empaparme de conocimiento y para eso tenía que adentrarme en el campo.Literalmente.
Primero, empecemos por algo.La ropa.
El puesto de Marta estaba lo suficientemente cerca como para llegar en pocos minutos.
Cuando entré, ella estaba acomodando unos alfajores sobre la barra.
Levantó la vista y sonrió.
—Mirá quién apareció.
—Hola, Marta.
—¿Cómo estás?
La pregunta fue sencilla.Pero me tomó unos segundos responder.
—Mejor.
Marta me observó con atención.
—Eso ya es algo.
Sonreí.
—Necesito pedirte un favor.
—Pedime dos.
—¿Dónde queda el pueblo?
Se quedó mirándome.
—¿No sabés?
—No.
— Vení, sentate.
Me señaló una silla.
—Marta, necesito comprar ropa.
—Bueno. Sentate igual.
Obedecí.No sabía por qué con ella me resultaba tan fácil hacerlo.
Quizás porque había algo en Marta que hacía que uno sintiera que podía bajar la guardia.
—¿Qué te pasa con la ropa?
—No tengo ropa para trabajar en el campo.
Marta me miró de arriba abajo.
Después sonrió.
—No. Definitivamente no.
Bajé la mirada hacia mis zapatos.
—Eso mismo pensé.
—¿Qué necesitás?
—No sé.
—Bueno, para eso está una.
—¿Botas tenés?
—No.
—¿Zapatillas? Algo más cómodo que esos zapatos que tenes puesto?
Negué con la cabeza.
—¿Una campera que no te importe ensuciar?
—Tengo varios blazers.
Marta se quedó mirándome.
—No, mi amor.
Me reí.
—Me imaginé.
—Vas a necesitar otra cosa.
—Por eso voy a ir al pueblo.
Marta se sento frente a mí.
—Andá al pueblo. Hay un negocio en la calle principal. Preguntá por Nora.
—¿Nora?
—Sí.
—¿Y vende ropa de campo?
—Vende de todo.
Me levanté.
—Gracias.
Ella me tomó suavemente del brazo antes de que pudiera alejarme.
—Julieta.
La miré.
—¿Sí?
—¿Estás bien de verdad?
La pregunta ya no sonaba como cortesía.
Miré su cara.Recordé aquel primer día.El queso.La lluvia.El auto.Mi cabeza completamente perdida.Y a ella, simplemente dejándome sentar.
—Estoy intentando estarlo.
Marta asintió.
—Eso alcanza por ahora.
Me soltó el brazo.
—Andá. Y después vení a mostrarme qué compraste.
—¿Querés controlar mi vestuario?
—Alguien tiene que hacerlo.
Sonreí.
—Está bien.
Antes de salir por la puerta, me volví para mirar a Marta.
—Por cierto, tenemos que tener una reunión en cuanto solucione lo de mi vestuario.
Marta frunció el ceño.
—¿Una reunión?
—Sí. Por la comida que llevás a Los Álamos.
—¿Hay algo mal?
—No.
Agarré el picaporte.
—Solo planeo acomodar un poco la organización.
Marta me miró durante unos segundos.
—Bueno…
—Nos vemos.
Salí antes de que pudiera hacerme otra pregunta.
Volví a Los Álamos con dos bolsas apoyadas en el asiento del acompañante.
Había comprado botas de goma, bombachas de campo, una campera impermeable y un mameluco verde oliva.
La mujer del negocio había intentado convencerme de llevar una bombacha de campo.
—Con esto vas a andar más cómoda.
Había elegido algunas pero el mameluco también.La protección nunca me había parecido negociable.
Entré a la casa y dejé las bolsas sobre la mesa.Unos minutos después ya estaba adentro del mameluco.
Me quedaba grande, las mangas largas, las botamangas también.Las doblé como pude y me até el pelo.
Perfecto.O casi.
Escuché una camioneta detenerse afuera y salí.
Tomás bajó con una caja de herramientas en una mano.
Me vio.
Después volvió a mirarme y sonrió.
Esa sonrisa tenía algo distinto.
Divertido.
—¿Qué?
Negó con la cabeza.
—Nada.
Esperé.
—No era nada. Decilo.
Volvió a mirarme de arriba abajo.
—Pensé que ibas a ir a la oficina.
—¿Y?
—Y apareciste vestida como si fueras a pelearte con el barro.
Miré el mameluco.