Un hogar prestado

Capítulo 6: La yegua

No era muy matera.

Tomaba alguno de vez en cuando, pero mi desayuno siempre había sido café.

Café antes de entrar al laboratorio.Café durante reuniones interminables.Café mientras revisaba artículos científicos.

El mate, en cambio, tenía algo que nunca había incorporado a mi rutina.Había que darle tiempo.

Tomás salió del galpón con el termo bajo el brazo y el mate en la mano.Se sentó en el escalón de la galería, cebó uno y tomó.

Después me lo alcanzó.Lo agarré sin decir nada, tome y se lo pase y cebó otro para el.

El silencio ya no pesaba como los primeros días.Era un silencio cómodo.Como si hubiéramos dejado de sentir la obligación de llenarlo.

Tomé otro mate y se lo devolví.

Tomás volvió a cebar.

Recién después de varios mates habló.

—Si alguien me pregunta qué estudiaste, ¿qué respondo?

Fruncí el ceño.

—¿Eh?

—Se supone que sos mi mujer.

Tomó otro mate.

—Tengo que saber de qué estás recibida.

No pude evitar reírme.

—¿Era por protocolo matrimonial?

Se encogió de hombros.

—Más o menos.

Hizo una pausa.

—Ayer, mientras hablabas con el veterinario, pensé que eras médica.

Esperó un segundo.

—Y cuando hablabas con el ingeniero pensé que eras farmacéutica. O algo así.

Lo miré.

Había algo gracioso en verlo tan convencido de sus propias teorías.

—Tomás.

—¿Qué?

—Si querías saber, tenías que preguntar.No suponer.

Tomé otro mate, se lo devolví y me levanté.

Ya había dado unos pasos cuando me acordé de que nunca le había contestado.Me di vuelta.

—Por cierto.

Levantó la vista.

—Soy científica.

Su expresión cambió apenas.No fue sorpresa exactamente.

Más bien pareció que estaba acomodando una pieza que no sabía dónde poner.

—¿Científica?

Asentí.

—Ajá.

Esperé pero no preguntó nada más.

—¿Eso es todo?

—¿Qué?

—¿No vas a preguntar qué tipo de científica?

Me miró.

—Pensé que no te gustaba que supusiera.

Sonreí.

—Touché.

Seguí caminando.

Por alguna razón, me fui sonriendo.

A las siete y media ya estaba con la carpeta bajo el brazo.

No había tardado demasiado en descubrir que mis listas no eran tan útiles como había imaginado.

Tenía nombres, teléfonos, horarios, tareas.Pero me faltaba lo más importante.Conocer a las personas que estaban detrás de todo eso.Tomás parecía no necesitar ninguna carpeta.Lo comprobé esa misma mañana.

—¿Cómo sigue tu nena, Raúl?

El hombre levantó la vista.

—Mejor.

—¿Le bajó la fiebre?

—Sí, anoche.

—Bien.

Siguieron caminando.

Unos metros después Tomás se cruzó con otro de los empleados.

—¿Tu viejo volvió del médico?

—Todavía no.

—Avisame cuando sepas algo.

—Gracias Tomás.

Y siguió trabajando.

Me quedé observándolo.Yo había necesitado una carpeta para aprender sus nombres.

Tomás parecía llevarlos todos en la cabeza.

Y no era solo eso.Recordaba detalles.La hija enferma de uno, el padre de otro, quién necesitaba salir antes, quién tenía un problema en su casa.

No hacía preguntas para demostrar que le importaban.Simplemente las hacía.

Recordé nuestra discusión.

Yo sé de cuidar personas.Había dicho eso.Y seguía creyéndolo.

Solo que empezaba a entender que había más de una forma de hacerlo.

La mía necesitaba listas.

La de él parecía necesitar memoria.

Durante la mañana intenté aprender algunas de las tareas más simples.

Tomás me llevó hasta uno de los alambrados.

—Esto está flojo.

Miré el poste.

—¿Y qué hacemos?

Me miró.

—Arreglarlo.

—Eso lo entendí.

—Entonces estamos bien.

Se agachó y empezó a trabajar.

Yo observé, por supuesto, era lo que mejor sabía hacer.

Después de unos minutos me alcanzó un rollo de alambre.

—Sostené.

Lo agarré.

—¿Así?

—Más arriba.

Moví las manos.

—¿Así?

—Sí.

Esperé.

—¿Y ahora?

—Ahora nada.

—¿Nada?

—Esperá.

Lo miré trabajar.

—¿No querés explicarme?

Tomás nego con la cabeza.

—Si te explico todo, vas a quedarte mirando.

—Ya estoy mirando.

—Ese es el problema.

Fruncí el ceño.

—Sos bastante gruñón.

—Y vos bastante curiosa.

No supe si aquello había sido una crítica o un elogio.

Decidí tomarlo como lo segundo.

Cuando terminó, me alcanzó una pinza.

—Ahora hacelo vos.

Lo miré.

—¿Yo?

—Vos.

Me acomodé como pude.

El alambre se me escapó.

—Eso salió mal.

—Sí.

Lo intenté otra vez.

Volvió a escaparse.

Tomás se rió.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te estás riendo.

—Un poco.

Lo intenté una tercera vez.

Esta vez quedó.

Tomás miró el alambre.

Después me miró a mí.

—Ahora sí.

Sentí una satisfacción completamente desproporcionada.Había terminado una carrera.Había hecho un posgrado.Había trabajado con proyectos que implicaban millones de pesos y años de investigación.Y, sin embargo, que Tomás dijera “ahora sí” después de verme hacer un nudo de alambre me produjo una satisfacción absurda.

No dije nada.

Seguí trabajando.

Más tarde descubrí que había cosas del campo que no necesitaban explicación.

Necesitaban tiempo.

Y otras necesitaban ambas cosas.

Los caballos pertenecían a la segunda categoría.

Los había visto desde lejos.

Pero una cosa era observarlos desde el otro lado de un alambrado y otra muy distinta era tener uno a pocos metros.

Eran enormes.Hermosos, también.Eso podía reconocerlo.

Pero enormes.

Me quedé quieta cuando uno se acercó al borde del corral.

Movió una oreja.Después la otra.

Yo no me moví.

Tomás estaba unos metros más allá, revisando algo.




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