La yegua estaba inquieta.
Movía una de las patas delanteras mientras el veterinario preparaba el equipo y Tomás le hablaba en voz baja, acariciándole el cuello.
—Tranquila, Gringa.
El animal resopló.
—No le gusta que la revisen —dijo Tomás.
—A casi nadie le gusta que lo revisen —respondió el veterinario mientras terminaba de preparar el ecógrafo.
Tomás sonrió apenas.
Yo me quedé a un costado, observando.
Habíamos ido hasta el galpón porque el veterinario tenía que hacerle un control a la yegua. Yo había imaginado que Tomás se quedaría esperando afuera, pero desde que llegamos no había dejado de prestar atención.
Sabía qué darle de comer, cuánto había comido ese día, cuándo había sido el último control.
Hasta parecía saber de memoria cuánto tiempo llevaba preñada.
—¿Cuánto le falta? —preguntó.
—Unas semanas. Si todo sigue bien, debería estar cerca.
Tomás asintió.
—¿Y está todo bien?
—Por ahora sí. Vamos a mirar.
El veterinario comenzó con la revisión.
Yo me acerqué un poco más.
No entendía demasiado de caballos, pero me gustaba observarlos. Había algo en ellos que siempre me había parecido difícil de explicar. Una mezcla de fuerza y fragilidad.
La Gringa volvió a moverse.Tomás le pasó una mano por el cuello.
—Quieta.
La yegua pareció reconocer su voz.Se tranquilizó.
Lo miré.Había algo diferente en él cuando estaba con los animales.No era el Tomás malhumorado que había conocido en el puesto de la ruta.Ni el hombre que parecía estar siempre a la defensiva.Con la Gringa era paciente, suave.
—Mirá —dijo el veterinario.
Levanté la vista hacia la pantalla.
Al principio no vi nada, solo manchas grises y negras.Una especie de movimiento confuso.
—Ahí —señaló.
Me acerqué.
Y entonces lo vi.Una pequeña forma.Un cuerpo que todavía parecía demasiado pequeño para estar ahí.
El potrillo.Sentí que algo se me cerraba por dentro.
Aparté la mirada, ya no estaba en aquel galpón.
Volví a estar frente a otra pantalla, otra habitación, otra vida.
Recordé el sonido de aquella máquina, la voz del médico, la imagen borrosa, la primera vez que lo vi.
Mi bebé.
Tragué saliva.
Me alejé un paso.
Después otro.
—¿Julieta?
La voz del veterinario me llegó desde lejos.
—Voy afuera.
Me alejé antes de que pudiera volver a preguntar.
Caminé sin saber exactamente adónde iba.Solo necesitaba distancia, del veterinario, de la pantalla, de aquella imagen que se había quedado pegada detrás de mis ojos.
Seguí caminando hasta quedar lejos de la casa.Los animales pastaban tranquilos al otro lado del alambrado.
Los observé.Respiré.
Una vez.
Dos.
No iba a llorar.
No ahí.
No ahora.
No había llorado cuando me desperté en aquella habitación de hospital.
No había llorado cuando volví a casa.
No había llorado cuando dejé el anillo sobre la mesa.
Una lágrima bajó por mi mejilla.
Solo una.
Me la limpié rápidamente.
Escuché pasos detrás de mí.
No me di vuelta.
Tomás se sentó a mi lado.No dijo nada.
Yo tampoco.
Pasaron unos minutos.No se acercó demasiado, no intentó tocarme, solo se quedó ahí.
Como si entendiera que algunas cosas necesitaban espacio.
Finalmente habló.
—¿Estás bien?
Miré hacia el campo.
—Sí.
No me creyó.Pero tampoco me contradijo.
Esperó.
—¿Puedo preguntar qué pasó?
Cerré los ojos durante un instante.
—Podés.
Hice una pausa.
—Pero todavía no estoy lista para hablarlo.
—Está bien.
Silencio.
El viento movió apenas el pasto.Tomás apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Sé que nos conocemos hace poco, Julieta.
Lo miré.
—Pero también sé que, por una razón que desconozco, estás sola.
No dije nada.
—Y quiero que sepas algo.
Esperó hasta que volví a mirarlo.
—Si alguna vez necesitás contar algo, soy bueno escuchando.
Hizo una pequeña mueca.
—Tal vez no soy el mejor aconsejando ni opinando.
Una sonrisa mínima apareció en su cara.
—Pero escuchando, sí.
Lo miré durante unos segundos.
No sabía qué decir.
Así que dije lo único que podía.
—Gracias, Tomás.
Él asintió.Y se quedó ahí.
Sin preguntar nada más.
Por primera vez desde que había llegado, no sentí que estar sola significara necesariamente estarlo todo el tiempo.
No dijo nada.Solo bajó la mirada.
Después metió una mano en el bolsillo de su campera.
—Vení.
—¿Adónde?
Sacó algo.
Era un barrilete.O lo que alguna vez había sido uno, tenía una de las varillas torcida y la cola estaba bastante maltrecha.
Lo miré.
—¿Eso vuela?
—Obviamente.
—Parece que lo atropelló un tractor.
—No lo juzgues por su apariencia.
—Estoy tratando de ser objetiva.
—No sos objetiva.
—Soy científica.
—Peor.
Levanté una ceja.
—¿Peor?
—Mucho.
Me dio la espalda y empezó a caminar.
—¿A dónde vas?
—Te voy a enseñar.
—¿A qué?
—A remontar un barrilete.
—Nunca remonté uno.
Se dio vuelta.
—Entonces estás de suerte.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque yo soy excelente.
Tuve que contener una sonrisa.
—¿Excelente en qué?
—En todo lo relacionado con el campo.
—Ah.
—¿Qué significa ese “ah”?
—Nada.
—Decilo.
—Estoy pensando cosas que no tienen absolutamente nada que ver con el campo.
—Como qué.
—Como remontar barriletes.¿Vos sabés?
—Obviamente.
Debería haber sospechado.
Pero no lo hice.
El primer intento duró menos de cinco segundos.
Tomás corrió.
El barrilete se levantó apenas, dio una vuelta sobre sí mismo y cayó de costado.
Me quedé mirándolo.