Un hogar prestado

Capítulo 8: Las manos

La hoja quedó sobre la mesa.Torcida.

Tomás había escrito una sola palabra arriba del todo.

Reglas.

La miré mientras cebaba el mate.

No sabía si me causaba gracia o un poco de miedo.Quizás las dos cosas.

La noche anterior habíamos terminado embarrados, riéndonos como dos chicos después de la guerra perdida contra un barrilete.

Y unas horas después estábamos intentando escribir un manual para fingir un matrimonio frente a su madre.

El cambio de clima era ridículo.Tomás tomó el mate que le alcancé.

—Mi mamá quiere vernos hoy.

—Ya me habías dicho.

—Sí.

—¿No existe la posibilidad de que se le pase?

Me miró por encima del mate.

—No conocés a mi mamá.

—No.

—Entonces no.

Suspiré.

Señalé la hoja.

—Bueno. Empecemos.

Tomó la lapicera.

—Lo básico.

—¿Qué entra en “lo básico”?

—No contradecirnos.

Asentí.

—Eso suena importante.

Escribió la primera línea.

No contradecirnos.

—¿Dónde nos conocimos?

—En el supermercado.

—Bien.

—Aunque técnicamente fue en el estacionamiento.

Levantó apenas una ceja.

—Me tapaste la salida con el auto.

—Vos ocupabas dos lugares.

—Porque el de al lado estaba torcido.

—Eso no era culpa mía.

—Pero igual me retaste.

—Te lo pedí bien.

Se quedó mirándome.

—Con muy poco cariño.

Me reí.

—Te lo merecías.

Anotó algo más.

—¿Qué pusiste?

—Que nos conocimos en el supermercado.

—Y que me bloqueaste la salida.

—Eso no lo escribí.

—Cobarde.

—Precavido.

Seguimos.

—Si pregunta hace cuánto nos conocemos…

Pensé un segundo.

—No digamos una fecha.

Asintió enseguida.

—Mejor.

—Nos conocimos, pasó un tiempo, nos reencontramos y decidimos casarnos.

—Rápido.

—Bastante rápido.

Tomás escribió otra línea.Después levantó la vista.

—Si alguno no sabe qué responder…

—Mira al otro.

—Exacto.

Asentí.

Ya lo habíamos hecho sin darnos cuenta.

—Y una más.

Lo miré.

—No terminar las frases del otro.

—¿Por qué?

—Porque cuando uno inventa mucho, mete la pata.

—¿Y las parejas de verdad?

Me sostuvo la mirada un segundo.

—También.

El silencio duró apenas un instante.

Hasta que un grito llegó desde afuera.

—¡Tomás!

Los dos nos levantamos al mismo tiempo.

Uno de los peones estaba junto al alambrado, apretándose la mano contra el pecho.

La sangre le corría entre los dedos.

Tomás llegó primero.

—¿Qué pasó?

—Se me escapó el alambre.

Le apartó la mano con cuidado.

La herida impresionaba más por la sangre que por el corte.Me acerqué.

—No parece profunda.

Tomás levantó la vista.

—¿Segura?

Asentí.

—Sí.

Después miré al peón.

—Igual hay que ir a la salita.

Tomás ya lo estaba ayudando a caminar.

—Vamos.

Saqué el teléfono.

—Y hay que avisar a la ART.

Él me miró.

—Julieta…

—Las dos cosas pueden hacerse al mismo tiempo.

Sostuvimos la mirada unos segundos.

Después asintió.

—Llamá.

Mientras hablaba con la ART, él ayudó al peón a subir a la camioneta.

No volvimos a discutir.

Cada uno hizo lo que creía que correspondía.

La salita estaba casi vacía.El médico revisó la mano, la limpió.El peón hizo una mueca.

—No hace falta coser.

Sentí cómo se me aflojaban los hombros.

Le pusieron la antitetánica. un vendaje, reposo por ese día.

Nada más.

Cuando salimos, me quedé mirando el suelo.Había imaginado un escenario mucho peor.

Subimos a la camioneta.Esperé el comentario.

El “te lo dije”.

No llegó.Manejamos varios minutos en silencio.

La cafetería estaba en una esquina tranquila del pueblo.

Tomás miró por la ventana.

Sandra ya estaba adentro, sentada junto al vidrio esperándonos.

Respiró hondo.

—Bueno.

—¿Qué?

—Empieza el show.

Me extendió la mano.La miré apenas un segundo y después la tomé.

Antes de entrar, apreté sus dedos.

—Estamos juntos en esto.

Giró la cabeza.

Me miró.

Y algo cambió en su expresión.

Como si esa frase hubiera llegado a un lugar donde él no esperaba que llegara.

Asintió.

—Sí.

Entramos.

Sandra se levantó apenas nos vio.

Primero abrazó a Tomás fuerte para despúes abrazarme a mí.

—Al fin.

Tomás sonrió resignado.

—Hola, mamá.

—No me digas hola como si me hubieras visto ayer.

—Hablamos la semana pasada.

—Por teléfono.

Le dio un golpecito en el brazo.

—No cuenta.

Nos sentamos.Sandra juntó las manos sobre la mesa.

—Bueno.

Nos miró a los dos.

—Quiero saber todo.

Tomás suspiró.

—Mamá…

—No empieces.

Después me miró.

—Perdonalo. Siempre fue horrible para contarme las cosas.

Sonreí.

—Ya me di cuenta.

Tomás hizo una mueca.

—Traición.

Sandra soltó una carcajada.

—¿Ves? Ya me cae bien.

No tardó ni un minuto.

—¿Cómo se conocieron?

Tomás y yo nos miramos.

—En un supermercado —dije.

Sandra abrió los ojos.

—¿En serio?

—Bueno… técnicamente en el estacionamiento —agregó Tomás.

—Me tapó la salida con el auto.

Lo miré.

—Vos ocupabas dos lugares.

—Porque el de al lado estaba torcido.

Sandra ya se estaba riendo.

—¿Y así empezó todo?

—Nos cruzamos —dije.

—Después pasó un tiempo —agregó él.

—Nos reencontramos.

—Y decidimos casarnos.

Sandra negó con la cabeza.

—Ustedes dos son un caso.

Después siguió preguntando, quién había dado el primer paso, cómo era vivir juntos, si él seguía dejando la ropa tirada.Yo contestaba lo que podía.




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