La mañana de la yerra empezó antes de que saliera el sol.
Cuando abrí los ojos, todavía estaba oscuro.
Por un momento no recordé dónde estaba.
Después escuché el ruido de una camioneta arrancando afuera y todo volvió de golpe: Los Álamos, la yerra, y Tomás. Me incorporé despacio.
Había algo distinto en mí desde aquella tarde en la cafetería, aunque no sabía exactamente qué.
Quizás era la forma en que había apretado mi mano cuando dijo que estábamos juntos en esto.
Quizás era que, por primera vez, había sentido que alguien podía ver un pedazo de mi historia sin intentar arrancarme el resto.
O quizás simplemente estaba empezando a acostumbrarme a él.
A sus silencios.
A sus cargadas.
A esa sonrisa que cada vez veía más seguido.
Me vestí sin pensarlo demasiado, o eso quise creer. Me puse una bombacha de campo, una camisa clara y un chaleco de cuero. Después las botas y me solté el pelo.
Al salir de la habitación vi el sombrero. Estaba colgado en una de las paredes del living. Lo había visto desde que llegué. Era parte de la casa, decoración, hasta esa mañana.
Lo descolgué y me lo puse frente al espejo. No sabía si parecía una mujer de campo o alguien disfrazándose de mujer de campo. Decidí no pensarlo demasiado.
Tomé aire y salí.
Tomás estaba esperándome apoyado contra el marco de la puerta, con las llaves de la camioneta en una mano. Levantó la vista y se quedó quieto. Solo un segundo, después miró el sombrero, volvió a mirarme. La comisura de su boca se levantó.
— ¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Estoy evaluando.
— ¿Qué cosa?
Se separó del marco.
—Si finalmente entraste en personaje o directamente te mimetizaste con el lugar.
Bajé la mirada hacia mi ropa.
— ¿Está tan mal?
—No.
Me miró otra vez.
Esta vez sin disimular demasiado.
—Te queda bien.
— ¿El disfraz de paisana?
—No es un disfraz.
Hizo una pausa.
—Estás linda.
La frase salió tan sencilla que me quedé sin respuesta durante un segundo.
Tomás bajó la mirada hacia el sombrero.
—Aunque…
Esperé.
—Tengo que admitir que la decoración de la pared ganó bastante desde que te la pusiste.
Lo miré y me largué a reír.
— ¡Sos un idiota!
— ¿Qué?
—No podías dejarlo ahí.
— ¿Dónde?
—En el cumplido.
Sonrió.
—Estaba intentando que no se notara demasiado.
— ¿Qué cosa?
—Que te queda bien.
Negué con la cabeza.
—Ya decía yo que no podías hacer un cumplido completo.
—No quería arruinar mi primera impresión.
— ¿Qué primera impresión?
—La de hombre serio y desagradable.
— ¿Vos te acordas como nos conocimos?
— Perfectamente.
— Entonces sabes que esa impresión me la diste vos solo.
Tomás soltó una risa.
— ¿Y ahora?
Lo observé durante un segundo.
La verdad era que hacía varios días que había dejado de verlo así. Sí, podía ser seco. A veces respondía con monosílabos y tenía una paciencia bastante limitada cuando yo empezaba a hacer demasiadas preguntas. Pero desagradable ya no.
No con todo el mundo, al menos.
Y conmigo, definitivamente no.
—Ahora estoy reconsiderando mi opinión —respondí.
— ¿Eso es bueno?
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Lo miré sonriendo, el también sonreía. Hacía días que no lo veía sonreír tanto.
—Te queda bien la sonrisa.
Su expresión cambió apenas.
— ¿Qué?
—La sonrisa.
— ¿Qué tiene?
—Nada.
Me encogí de hombros.
—Que cuando no sos tan gruñón, sos bastante soportable.
Soltó una risa.
— ¿Bastante?
—No exageremos.
Tomó las llaves.
—Vamos antes de que te arrepientas.
—No me voy a arrepentir.
—Después no digas que no te avisé.
— ¿De qué?
—De que una cosa es mirar las vacas desde el otro lado del alambrado y otra muy distinta meterse en el corral.
Lo miré.
— ¿Me estás subestimando?
—Todavía no.
— ¿Todavía?
—Dame un rato.
Le sostuve la mirada.
—Ya vas a ver.
—Eso espero.
Salimos.
El campo parecía otro.
Había movimiento por todos lados. Camionetas entrando y saliendo, caballos, perros corriendo entre las piernas de los trabajadores.
Humo elevándose desde el lugar donde se preparaba el asado. Los corrales estaban llenos.
Y yo me quedé mirando todo desde unos metros de distancia.
Tomás apareció a mi lado.
— ¿Asustada?
—No.
— ¿Segura?
—Estoy observando.
—Eso dicen los que están asustados.
Lo empujé suavemente con el hombro.
—Andá a trabajar.
—Sí, señora.
Se alejó unos pasos.
Después volvió.
—No te metas sola en ningún corral.
— ¿Por qué?
—Porque todavía no sabes moverte ahí adentro.
—Pensé que acababas de decirme que no me estabas subestimando.
—No te subestimo.
Señaló los corrales.
—Al ganado, sí.
Lo miré.
— ¿Y qué se supone que tengo que hacer?
—Mirar.
— ¿Otra vez?
—Por ahora.
Sonreí.
—Me parece que te gusta dar órdenes.
—Me gusta que me hagan caso.
—Eso explica muchas cosas.
Se alejó riéndose.
Durante las horas siguientes descubrí que una yerra era mucho más que marcar animales.
Había una coordinación que no había imaginado. Cada persona sabía dónde estar, cuándo moverse, cuándo esperar.
Tomás iba de un lado al otro. Daba indicaciones, ayudaba, revisaba y yo empecé a seguirlo.
— ¿Qué están haciendo ahora? —pregunté.
—Separando los terneros.
— ¿Y después?
—Se revisan.
— ¿Todos?
—Todos.
— ¿Y cómo saben cuáles ya pasaron?
Me miró.
— ¿Querés una clase completa?
—Sí.
—Entonces prestá atención.
Me explicó cómo se organizaban. Qué se hacía primero, qué podía salir mal y qué había que mirar. Yo hacía preguntas y él respondía. A veces se burlaba de alguna y yo le devolvía la cargada.