CAPITULO XXXVI
MAXIMILIANO
Siete de la mañana en punto. Estoy sentado en la mesa más apartada del restaurante del hotel, una zona reservada donde el cristal del ventanal separa el lujo silencioso del caos matutino que se vive del otro lado. Tengo una taza de café negro frente a mí, pero no he probado ni un sorbo. Mis ojos están fijos en el ascensor.
Anoche le di una orden, que usara ese perfume. Fue un cebo, una forma de marcar territoriio, quiero saber si todavía tengo el poder de influir en sus decisiones más íntimas o si la muralla que construyó es tan alta como ella presume.
Las puertas se abren. Kathryn aparece como una diosa guerrera y el aire en mis pulmones parece estancarse. Camina con una seguridad que me golpea, lleva un traje sastre azul medianoche que se ajusta a sus curvas con una precisión matemática, su cabello que siempre esta suelto ahora está recogido en un moño perfecto, ni un mechón fuera de lugar.
Se acerca y el aroma llega antes que ella, no es el jazmín dulce que recordaba, es una fragancia cítrica, metálica, casi gélida como su actitud.
- Llegas a tiempo - digo, ocultando mi decepción tras una máscara de indiferencia mientras ella se sienta frente a mí sin saludar.
- La puntualidad es parte de mi tarifa, señor Alexander. No querrá desperdiciar su inversión - responde con una voz tan clara y fría que me irrita.
Se sirve un poco de agua, ignorando el despliegue de frutas y repostería que ordené. Abre su tablet y la coloca sobre la mesa como si fuera una trinchera.
- No hueles a lo que te pedí - suelto, inclinándome hacia adelante, tratando de romper esa distancia que ha impuesto.
- Ese perfume se quedó en el pasado, junto con otras cosas que ya no tienen lugar actualmente en mi vida - levanta la mirada y sus ojos son dos trozos de hielo - Ahora soy la Directora de Operaciones, tal como lo querías.
KATHRYN
Mi corazón late con fuerza, pero mis manos no tiemblan he pasado dos horas practicando esta expresión de vacío frente al espejo. Sentir su mirada recorriéndome lentamente me quema la piel, pero me obligo a concentrarme en los gráficos de la pantalla.
- ¿Tan rápido quieres saltar a los negocios? -Maximiliano deja su taza con un golpe seco que atrae la mirada de un camarero cercano - Anoche, en el pasillo, no parecías tan interesada en las gráficos.
- Anoche hubo un exceso de humedad y falta de oxígeno. Hoy hay luz natural y un contrato de por medio - le devuelvo el golpe sin pestañear - Si no va a revisar los puntos importantes, me retiraré a la oficina central para adelantar el resto del trabajo. No estoy aquí para rememorar naufragios, Maximiliano. Estoy aquí para lograr un acuerdo entre tu empresa y la empresa que represente que genere rentabilidad para ambos, porque aunque ahora soy parte temporal de tu nomina aún representó a mi cliente.
Él suelta una risa corta, llena de una arrogancia que me hace querer gritar. Estira la mano sobre la mesa, rozando apenas el borde de mi tablet, y su calor es un recordatorio constante de que, aunque yo diga que no, él sabe que miento.
- Mientes con una maestría admirable, Kathryn. Pero tus ojos te delatan. No has probado bocado y estás apretando los dientes. ¿Te pongo nerviosa? ¿O tienes miedo de que, si dejas de hablar de trabajo, la verdad te explote en la cara otra vez?
- Lo único que me pone nerviosa es la incompetencia - respondo cerrando la tablet con un clic sonoro - Y ahora mismo, estamos perdiendo diez minutos de estrategia en un coqueteo barato que no figura en ninguna de las cláusulas de mi contrato. ¿Vamos a trabajar o va a seguir perdiendo el tiempo intentando recuperar una propiedad que jamás le perteneció?
Él se levanta, imponente, y me ofrece su brazo con una caballerosidad que se siente como una amenaza.
- Después de usted, Directora. Pero ten presente una cosa la jornada laboral termina a las seis. Y después de esa hora, no hay contratos que te protejan de mí.
KATHRYN
Entramos a la sede central de Alexander & Asociados y el silencio se propaga como una onda expansiva a medida que avanzamos por el vestíbulo de mármol. Siento las miradas clavadas en nosotros, el CEO y su nueva Directora de Operaciones, llegando juntos, impecables, pero emano una frialdad que podría congelar el sistema de aire acondicionado.
Maximiliando me guía hacia la sala de conferencias principal, donde el equipo estratégico ya está sentado. Veo a Ima en un rincón, con una libreta y esa sonrisa de suficiencia que se le borra en cuanto nota que no solo no la saludo, sino que ni siquiera la registro en mi campo visual.
- Buenos días a todos - anuncia Maximiliano con su voz de mando y autosuficiencia, situándose en la cabecera - Como saben, la señorita Serrano se integra formalmente para liderar la ejecución del proyecto de Don Agustín. Kathryn, el piso es tuyo para que nos des tu visión periférica.
Él se reclina en su silla, cruzando los brazos, esperando que yo dé una charla motivacional o una presentación ligera que él pueda complementar con su vasta sabiduría empresarial. Pobre Maximiliano. No tiene idea de que hoy no vine a ser su mano derecha, vine a ser el cerebro de la operación.
Me pongo de pie y le sonrió, sin mirar la tablet, camino hacia la pizarra digital.
- Gracias, señor Alexander. Pero antes de hablar sobre la visión, vamos a hablar de viabilidad real - digo y con un gesto sincronizo mi dispositivo para que aparezca el informe geológico que él intentó ignorar - He auditado las propuestas de locación que este equipo aprobó la semana pasada. Específicamente, el terreno del sector norte que el señor Castañeda - miro a Harold, que se pone pálido - defendió con tanta vehemencia.
El ambiente se tensa. Maximiliano intenta intervenir
- Ese terreno está en fase de preventa, Kathryn, nosotros...
- Ese terreno es un pantano fiscal y geológico, Maximiliano - lo interrumpo con una precisión quirúrgica, proyectando los estudios de drenaje que realicé - Si construimos ahí, el hotel se hundirá literalmente en cinco años y figurativamente en dos, debido a los gravámenes ocultos que encontré en el registro de la propiedad.