Un Huracán para el lobo

CAPITULO XXXVIII

MAXIMILIANO

Sus palabras me golpean con más fuerza que sus puños. Me dueles, es una frase que retumba una y otra vez. Verla así, con las mejillas encendidas por la furia y los ojos empañados por unas lágrimas que se niega a seguir dejando caer, me rompe por dentro. He pasado semanas jugando al estratega, los últimos dias al hombre de hielo que todo lo controla, pero frente a este desastre que yo mismo provoqué, me doy cuenta de que soy un completo imbécil.

Le suelto las muñecas, pero no me alejo, mis manos viajan a su rostro, acunándolo con una ternura que me quema las palmas.

  • Perdóname, Kathryn... Perdóname por ser un cobarde - mi voz suena rota, despojada de toda arrogancia - Tienes razón. Te encerré, te manipulé y te traje de vuelta por la fuerza porque no sabía cómo decirte que no puedo respirar si no estás en la misma habitación que yo.

Ella intenta apartar la cara, pero no se lo permito, necesito que me escuche, necesito que vea al hombre detrás del monstruo corporativo.

  • Ima no es nada mío, Kathryn. Es la viuda de mi hermano. El incendio que quemó mis tierras... él murió allí intentando salvar lo que quedaba de nuestra familia. Ella tiene secretos, deudas que estoy pagando para que no la hundan, y me pidió silencio. Me alejé de todos para no arrastrar a nadie a esa oscuridad, pero entonces llegaste tú, barriendo con todo, y me dio pavor que si sabías quién soy realmente, saldrías huyendo.

KATHRYN

Sus palabras entran en mi pecho como dagas caliente, su hermano, el incendio. La vulnerabilidad en su voz es tan real, tan cruda, que mi furia empieza a mezclarse con un deseo punzante de consolarlo y destruirlo al mismo tiempo.

  • Me mentiste... me hiciste sentir que era un capricho - susurro, mientras mi respiración choca con la suya.
  • Fuiste lo único real en años - responde él, y sus ojos grises se clavan en los míos con una honestidad brutal - Y si tengo que quemar mi empresa entera para que me creas, lo haré. Porque te quiero, Kathryn. De una manera posesiva, enferma y desesperada, pero te quiero

La confesión actúa como el detonante final. La tensión acumulada durante semanas de desplantes y de interacciones gélidas, estalla en la cabina de la camioneta. No hay espacio para más palabras, Maximiliano me atrae hacia él con una fuerza que me deja sin aliento y nos estrellamos en un beso que sabe a sal, a lluvia y a una necesidad que raya en la locura.

Esta vez no hay lucha por el poder, hay una rendición mutua, un incendio que se propaga por los asientos de cuero. Sus manos arrancan los botones de mi blusa con una urgencia animal y yo le ayudo, desesperada por sentir su piel, por borrar el rastro de cualquier otra mujer de su memoria.

Nos movemos en el espacio reducido de la camioneta, golpeándonos con el volante, ignorando el frío que azota los cristales empañados. El encuentro es más explosivo, más hambriento y mucho más salvaje que el de la cabaña o el del jet. Es una colisión de dos personas que han tocado fondo y han decidido consumirse juntos.

Cuando se hunde en mí, el grito que escapa de mis labios se pierde en el rugido del mar allá abajo, me aferro a su espalda, enterrando mis uñas en su piel, marcándolo no como un contrato, sino como algo que me pertenece. Maximiliano me sostiene como si fuera su única ancla en el mundo, moviéndose con una desesperación que me lleva al borde del abismo una y otra vez.

El clímax nos golpea con una violencia tal que el mundo exterior deja de existir, solo somos nosotros, dos seres rotos encontrando paz en medio del caos.

Minutos después, el silencio regresa, estamos abrazados, envueltos en el calor de nuestros cuerpos mientras la penumbra nos rodea por completo. Maximiliano me besa la frente y por primera vez siento que sus manos no me están aprisionando, sino que me están sosteniendo.

  • No te vas a ir, ¿verdad? - me susurra al oído.

Me separo apenas para mirarlo, con el labio hinchado testigo de lo que acabamos de vivir y el alma expuesta.

  • Mañana a las siete, Maximiliano - le digo con un rastro de mi antiguo fuego - Pero esta vez, el desayuno lo pagas tú. Y olvídate del perfume gélido... voy a usar el que te vuelve loco, solo para recordarte quién tiene realmente el control de este desastre.

MAXIMILIANO

El rugido del mar en el acantilado ha quedado atrás, sustituido por el crujir rítmico de la madera en la chimenea de mi ático. Por primera vez, el silencio de estas paredes no se siente como una prisión de mármol, sino como un santuario. Kathryn está en mi cocina, vistiendo únicamente una de mis camisas de seda negra que le llega a mitad del muslo, preparando algo sencillo mientras tararea una melodía que no reconozco.

La observo desde el umbral, maravillado. No es la Directora de Operaciones blindada, ni la mujer furiosa que me golpeaba el pecho hace unas horas, es simplemente ella.

  • ¿Vas a quedarte ahí parado admirando tu propiedad o vas a ayudarme con el vino? -dice sin voltear, con esa chispa de intuición que siempre me desarma.

Me acerco y la rodeo por la cintura, apoyando mi barbilla en su hombro. El aroma de su piel, ahora libre de fragancias cítricas de batalla, es una mezcla de vainilla y el calor de la ducha que compartimos.

  • Admirando, definitivamente pero no ha mi propiedad sino a mi dueña - le susurro, besando el lóbulo de su oreja - El vino puede esperar. El mundo puede esperar.

KATHRYN

Por primera vez en mi vida, no siento la necesidad de mirar hacia la salida, no hay maletas listas, ni planes de escapes listos para ser ejecutados, ni la urgencia de limpiar los desastres de nadie. Maximiliano me sujeta y aunque sus manos siguen siendo posesivas, su toque ha cambiado hay una reverencia en sus dedos que me hace sentir, por fin, que he llegado a casa.

Cenamos en la alfombra, frente al fuego, ignorando la mesa de comedor que parece demasiado formal para lo que somos ahora. No hablamos de contratos, ni de terrenos, hablamos solo de nosotros por primera vez.




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