MAXIMILIANO
Cierro la puerta y me quedo un segundo apoyado en la madera fría del pasillo, escuchando el eco de sus palabras, Disfruta del silencio. Ella cree que el silencio representa una ausencia, pero no entiende que entre nosotros, el silencio es un conductor eléctrico que solo aumenta la tensión que ella trata de contener.
Me obligo a enderezar la espalda y caminar hacia el ascensor. Necesito aire, necesito espacio o voy a terminar echando la puerta abajo para demostrarle que ese clic metálico no significa nada para un hombre que ya ha memorizado el mapa de su piel.
Bajo al lobby del hotel, el lugar está sumido en esa penumbra elegante de las tres de la mañana. Me dirijo directamente al bar, que está casi desierto, y le hago una seña al barman. No necesito la carta.
El líquido me quema la garganta, pero es el único fuego que puedo controlar ahora mismo. Mi mente es un campo de batalla por un lado, el CEO frío que sabe que sabe como ganar las mejores batallas y cerrar contratos millonarios con precisión quirúrgica y por otro, el hombre que está perdiendo la cabeza por una mujer que lo mira con un odio que se parece demasiado a la pasión.
Me molesta que tenga razón, me molesta que sepa que usé el contrato para poder acorralarla pero más me molesta que incluso cuando la tengo así de cerca, sigue habiendo una parte de ella que se me escapa, una independencia salvaje que no puedo comprar y que ella se niega a ceder.
Ella piensa que mañana será solo negocios, cree que puede bajar a desayunar con su traje sastre y su mirada de hielo y usarla como un escudo y que yo voy a ser un espectador pasivo de su eficiencia, no me conoce. Si ella quiere una guerra profesional, se la daré pero en el proceso voy a encargarme de derretir ese iceberg que ha creado a su alrededor centímetro a centímetro.
Apuro el vaso y dejo un billete sobre la barra. Salgo a la terraza del hotel, la lluvia ha amainado, convirtiéndose en una llovizna persistente que refresca mi rostro, miro hacia arriba, hacia las ventanas de la suite ejecutiva ella está ahí, probablemente tratando de convencerse de que no siente nada.
Vuelvo a entrar, pero no subo a la suite me quedo en el pequeño gimnasio del hotel, castigando mi cuerpo en la cinta de correr hasta que el cansancio físico logre acallar el hambre desesperada que siento por ella. Mañana a las siete necesito estar impecable, mañana el Lobo no solo va a desayunar va a empezar a recuperar lo que es suyo por derecho de naturaleza, no de contrato.
El zumbido de la cinta de correr es lo único que compite con el latido sordo en mis sienes. He llevado mi cuerpo al límite, buscando ese punto de agotamiento donde la imagen de Kathryn empapada bajo la lluvia, desafiante y vulnerable a la vez deje de quemarme la retina pero es inútil, cada gota de sudor me recuerda al agua resbalando por su cuello, y cada bocanada de aire me trae de vuelta al beso en el que se rindió por un breve momento, en ese grito de su cuerpo queriendo fundirse con el mío que ella intentó callar con el eco de su perfume profesional sin mucho efecto, ese escudo de eficiencia y profesionalismo no le valio de nada cuando su memoria celular le recordó lo que somos.
Me detengo de golpe, apoyando las manos en los rieles de la máquina, jadeando. La intensidad que ella despierta en mí no es algo que se pueda disipar con ejercicio o alcohol. Es una fuerza de la naturaleza, un huracán que ha decidido estacionarse en el centro de mi vida y no tengo intención de buscar refugio.
Regreso al bar del lobby, que ya ha cerrado sus luces principales, y me sirvo un vaso de agua con hielo, usándolo para enfriar mi nuca. El silencio del hotel a las cuatro de la mañana es denso. Subo por el ascensor, pero esta vez no presiono el botón de mi piso de inmediato, me quedo mirando las puertas de acero, recordando cómo la arrinconé allí hace solo unas horas, disfrutando de ese momento en que su escudo estaba roto y su armadura presentaba grietas. Sé que fui un animal, sé que usé mi fuerza y mi posición para asfixiarla, pero su respuesta... ese fuego en sus ojos cuando me llamó arrogante, fue lo más vivo que he sentido en años.
Llego a la suite y entro con cautela, el salón está en penumbras, bañado apenas por la luz azulada de la ciudad que se filtra por los ventanales me detengo frente a la puerta de su habitación. Sé que está ahí, a escasos metros, protegida por ese doble cerrojo que exigió puedo imaginarla dormida, con el cabello desordenado sobre las sábanas de seda o quizás despierta, trazando planes para destruirme mañana en la oficina, sonrio ante el último pensamiento porque es precisamente esa resistencia lo que va hacer que pierda.
Me siento en el sofá del salón, dejando que la oscuridad me envuelva, saco mi teléfono y reviso el informe que ella envió desde el jet. Es impecable, su análisis de riesgos, su capacidad para detectar las grietas en mis propios planes... es brillante. Y eso es lo que la hace tan peligrosa porque no es solo la mujer que deseo con desesperación es la única mente capaz de desafiarme en mi propio terreno.
Mañana no seré el hombre que la besó bajo la lluvia, seré el CEO que le exige excelencia, el que la llevará al límite de su capacidad profesional. Me recuesto, cerrando los ojos por apenas un par de horas. El lunes se asoma por el horizonte de la ciudad con un tono gris metálico. A las siete de la mañana, el juego de poder dejará de ser físico para volverse estratégico. Ella cree que me va a costar una fortuna yo sé que ella es la única inversión por la que estoy dispuesto a perderlo todo.
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Editado: 30.04.2026