Un Huracán para el lobo

CAPITULO XLI

KATHRYN

La carretera hacia las montañas se retuerce como una serpiente de asfalto, alejándonos del rugido metálico de la ciudad mantengo los brazos cruzados, observando el tablero del coche con una mezcla de gratitud y exasperación.

  • Maximiliano esto es una locura - insistó por quinta vez - Tengo la junta de accionistas de Industrias Miller mañana a primera hora, no puedo simplemente desaparecer un miércoles porque decidiste que necesito... Realmente esto es absurdo.

Maximiliano ni siquiera desvió la vista del camino sus manos, expertas y relajadas sobre el volante de cuero manejan las curvas con la misma precisión con la que desmantela empresas rivales.

  • La junta puede esperar, Kathryn. Tu cordura, no - respondió él con esa calma autoritaria que no admitía réplicas - He hecho que tu asistente mueva las reuniones. Consideralo un decreto del CEO del Grupo Alexander.
  • Eres un dictador - bufó, aunque el peso en mi pecho empieza a aligerarse a medida que el aire se vuelve más puro.
  • Soy un hombre que sabe cuándo su mujer está a punto de romperse.

Cuando finalmente llegamos s la casa de troncos oscuros y ventanales inmensos el lugar donde había pasado los veranos de mi infancia estase encuentra bastante deteriorado parece que hubiera estado abandonada por años y no los últimos meses. Al bajar del coche, el silencio me golpea no hay notificaciones de correo, ni amenazas veladas, ni el eco de la voz ponzoñosa de mi madre. Cierro los ojos y siento que Maximiliano se acerca y me rodea por la cintura y apoya la barbilla en su hombro.

  • Entra - me susurra él - Abre esas cajas, llora si tienes que hacerlo o quémalo todo si te ayuda a dormir. Yo estaré en el porche nadie va a interrumpirte.

Lo miró, dándome cuenta de que debo enterrar las cenizas de mi pasado para empezar a tejer por fin mi propio camino.

No es fácil, cada psso tiene un significado y una historia viva pero se que Maximiliano esta esperándome, que ya no estoy sola. Caminó hacia el centro de la estancia, fijó mi mirada en el sofá de cuero desgastado ahora lleno de polvo pero que al igual que yo es testigo del desfile interminable de los hombres de Selene.

Selene nunca supo estar sola, su existencia solo se validaba a través del reflejo en los ojos de un hombre, puedo recordar los nombres, los rostros, los olores. Joshua, olía a perfume y tabaco caro y me traía muñecas que recibia y guardaba con desconfianza, sabiendo que él era solo un inquilino temporal en su vida. Julián era de otro de los buenos, uno que trataba de ser un padre pero su amabilidad y buena voluntad se evaporaba en cuanto Selene montaba una escena por un collar no regalado o una llamada no contestada.

Veo el sillon frente a dónde una vez estuvo la televisión y recuerdo a Ricardo, el olían a ginebra y a sudor agrio me miraba con una indiferencia que rozaba el desprecio, como si fuera un mueble estorbando en el camino hacia el dormitorio de su madre. El no traían juguetes, ni sonrisas traía una tensión que se me instalaba en la boca del estómago desde el momento en que giraban la llave en la cerradura.

Sigo caminando de forma instintiva hacia el rincón del salón y me detengo justo donde solía estar un pesado aparador de caoba y por unos segundos puedo volver a verlo, justo frente a mi.

  • Cinco, seis, siete... - susurró contando aquellos pasos que solía dar para ocultarme.

Recuerdo la textura de la pared contra mi espalda mientras me hacía un ovillo en aquel espacio angosto. Desde allí, el mundo siempre se reducía a un rectángulo de luz bajo el mueble y al sonido de la violencia verbal. Escuchaba a Selene gritar, usar su voz como un látigo, provocando, exigiendo, suplicando. Y escuchaba la respuesta el rugido de un hombre perdiendo el control, el impacto de una mano contra la mejilla, el estallido de un jarrón contra el suelo.

Aquel escondite era mi búnker, allí no era la hija de una socialité caída en desgracia era una sombra, algo invisible que esperaba a que la tormenta pasara pero lo más doloroso nunca fue era el ruido, sino el ritual que seguía cuando el silencio se apoderaba del lugar, cuando el hombre de turno se marchaba dando un portazo que hacía temblar los cimientos de mi mundo y yo salía de mi escondite.

No lloraba, no tenía permiso para llorar me dirigía al baño, arrastraba un taburete para alcanzar el botiquín y regresaba al salón, allí encontraba a Selene, en el suelo ya sea porque estaba mal herida o porque se había deslizado por la pared, un naufragio de seda y rímel corrido.

Puedo ver a la niña que con una precisión quirúrgica que ningún niño debería poseer, limpiar la sangre del labio de su madre o ponerle hielo en sus párpados hinchados.

  • Ya pasó, mamá. Se ha ido - le decía con una voz desprovista de emoción.
  • Me amaba, Kathryn... solo que es muy apasionado - era siempre la respuesta de Selene, buscando consuelo en una hija a la que estaba devorando viva.

Cierro los ojos y puedo volver a escuchar las sirenas y ver las luces azules y rojas que en más de una ocasión, se filtraron por las rendijas de las persianas. Los vecinos, cansados del escándalo o quizá movidos por una piedad tardía, llamaban a la policía y al abrir mis ojos aquella niña caminaba a la puerta como si llevará una armadura puesta.

Recuerdo una noche en particular, una que había olvidado tenía diez años, ese dia no había terminado con ella en el piso, Selene estaba histérica en la cocina y la policía golpeaba la puerta con autoridad, me alise el camisón, me limpie las manos todavía húmedas por el alcohol con el que había curado a mi madre y abrí la puerta.

  • ¿Está todo bien aquí, pequeña? Recibimos un aviso por gritos —dijo un oficial, mirando por encima de su hombro con una voz que no se ha desvanecido en el tiempo.

Puedo ver como aquella chiquilla lo mira, no hay miedo en ella su mirada está cargada con una frialdad que dejó al hombre descolocado.

  • Mi madre está ensayando para una obra de teatro, oficial. Es muy dramática, ya la conocen. Siento mucho que hayan tenido que venir por nada.




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