Un Huracán para el lobo

CAPITULO XLIII

GALA

El aire acondicionado del último piso del edificio Alexander zumbaba con una eficiencia silenciosa pero por primera vez el ambiente me resultaba asfixiante. Había caminado por esos pasillos durante años como la mujer mas importante de su vida esa que susurraba al oído del hombre más poderoso de la ciudad. Yo era mi propia institución aquí era su confidente, la única que entendía los silencios de Maximiliano Alexander o eso creía, hasta que Kathryn Serrano apareció para reclamar un territorio que me pertenecía por derecho de antigüedad.

Esa mujer no solo había destruido mi relación con Maximiliano había provocado que él destruyera a mi padre en el proceso pero yo no estaba dispuesta a ceder mi lugar y menos a olvidar. Ajusté mis emociones, me erguí mostré mi dulce sonrisa y empujé las puertas del despacho de Maximiliano sin llamar, nunca lo había hecho y no iba a empezar ahora solo porque una intrusa decidiera quedarse. Entré luciendo un vestido de seda color esmeralda que resaltaba la palidez de mi piel, cuidadosamente elegido para la ocasión.

Maximiliano estaba de pie frente al ventanal, con la ciudad a sus pies, el poder emanaba de sus hombros anchos de una manera casi física.

  • Gala - dijo, sin girarse él siempre me reconocía. Su voz de barítono resonó contra el cristal - Llegas justo a tiempo necesito tu opinión en algo que no tiene nada que ver con fusiones o trabajos de la empresas.

Me acerqué lentamente, arqueando una ceja con la complicidad de siempre.

  • Si Maximiliano Alexander está pidiendo consejos personales, el mundo debe de estar a punto de detenerse. ¿De qué se trata, Max?

Él se giró con una lentitud deliberada en su mano derecha sostenía una pequeña caja de terciopelo azul noche que hizo que contuviera la respiración y con un suave movimiento del pulgar, la abrió.

La luz de la mañana golpeó un diamante de talla esmeralda, flanqueado por dos zafiros de un azul tan profundo como el océano a medianoche. Era una pieza única, antigua, cargada de la autoridad que solo la familia Alexander poseía. El impacto me dejó sin aliento, pero obligué a mis labios a formar una sonrisa.

  • Voy a pedirle a Kathryn que se case conmigo - anunció, sus palabras sonaron como una sentencia - Ella ha pasado por demasiado. Su madre, ese pasado lleno de sombras... Quiero que este anillo sea el final de sus miedos. Quiero que sea una Alexander de forma oficial.

El suelo pareció inclinarse bajo mis pies ese anillo no era solo una joya representaba un contrato de exclusividad que me expulsaba definitivamente de la órbita íntima de Maximiliano por un segundo, el odio hacia Kathryn me quemó la garganta como ácido, quise gritar pero dominé el impulso. Con todas mis fuerzas pulí mi sonrisa hasta que pareció radiante y perfecta ante cualquier inspección superficial.

  • Max... es absolutamente impresionante -dije, dándome el masoquista placer de rozar la caja con la punta de los dedos - Es genial, te deseo toda la felicidad del mundo, de verdad. Después de todo, eres el hombre que más admiro, Kathryn tiene mucha suerte.

Maximiliano asintió, visiblemente aliviado y guardó la caja en el bolsillo de su chaqueta.

  • Gracias, Gala. Sabía que tú entenderías por qué necesito hacer esto ahora.

No van a disfrutar de esto a costa de mi sufrimiento, pensé fingiendo una repentina vulnerabilidad, di un paso hacia atrás me apoyé en el borde de su escritorio de caoba y solté un suspiro cargado de nostalgia.

  • Por supuesto que lo entiendo - le susurré, bajando la mirada - Aunque... no voy a mentirte, Max me resulta un poco agridulce pero estoy feliz por ustedes pero después de... bueno, de lo que pasó en la cabaña de tu hermano.

Maximiliano frunció el ceño de inmediato, la duda que había estado flotando y que planeaba hacer germinar a partir de ahora ya estaba en marcha.

  • ¿Lo que paso en la cabaña? - preguntó, confundido - Estuviste allí para evitar que cometiera una locura, Gala. Recuerdo que bebí más de la cuenta esa noche cuando Kathryn se fue apenas recuerdo cómo llegué a la cama.

Ahí estaba la laguna mental que había detectado ese amanecer y que yo usaría para destruir su idilio, acaricié mi vientre con un gesto casi imperceptible, pero lo suficientemente lento como para que él lo notara sin levantar aún sospechas.

  • Lo sé, Maximiliano estabas muy ebrio, la situación con Kathryn te estaba superando y no te culpo por no recordarlo todo con claridad. Fue una noche... intensa. Y aunque para ti quizá solo fuera el resultado del alcohol y el cansancio... Pero no hablemos de ello hoy debes concentrarte en los preparativos para que sea una noche increíble.

Lo miré a los ojos, fingiendo una honestidad desgarradora, conocía sus puntos débiles a la perfección.

  • Pero no te preocupes, no voy a ser un obstáculo lo que pasó entre nosotros esa noche se quedará allí, entre las cenizas de esa chimenea. Kathryn no tiene por qué saberlo nunca tú siempre serás mi mejor amigo.

Maximiliano se quedó rígido, una sombra de sospecha y horror cruzó su rostro y tuve que reprimir la sonrisa que se asomaba en mi rostro.

  • Gala, si sucedió algo... - empezó él con la voz notablemente tensa.
  • No, Max - lo interrumpí fingiendo una nobleza heroica mientras el veneno de mi mentira ya corría por sus venas - No hablemos de eso, no hoy. Hoy es el día de tu anillo. Solo... cuídala no permitas que ella sufra merecen ser felices ambos.

Hice un amago de mareo, llevándome la mano a la frente con dramatismo.

  • Perdona... no me he sentido muy bien últimamente. Debe ser el desayuno o quizá algún olor de la oficina, me voy a retirar.

Salí del despacho dejando tras de mí un silencio denso y emponzoñado, sentí la mirada de Maximiliano clavada en la puerta consiente que el peso de la joya que tenía en su saco se sentía completamente diferente.




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