GALA
El aire acondicionado del último piso del edificio Alexander zumbaba con una eficiencia silenciosa pero por primera vez el ambiente me resultaba asfixiante. Había caminado por esos pasillos durante años como la mujer mas importante de su vida esa que susurraba al oído del hombre más poderoso de la ciudad. Yo era mi propia institución aquí era su confidente, la única que entendía los silencios de Maximiliano Alexander o eso creía, hasta que Kathryn Serrano apareció para reclamar un territorio que me pertenecía por derecho de antigüedad.
Esa mujer no solo había destruido mi relación con Maximiliano había provocado que él destruyera a mi padre en el proceso pero yo no estaba dispuesta a ceder mi lugar y menos a olvidar. Ajusté mis emociones, me erguí mostré mi dulce sonrisa y empujé las puertas del despacho de Maximiliano sin llamar, nunca lo había hecho y no iba a empezar ahora solo porque una intrusa decidiera quedarse. Entré luciendo un vestido de seda color esmeralda que resaltaba la palidez de mi piel, cuidadosamente elegido para la ocasión.
Maximiliano estaba de pie frente al ventanal, con la ciudad a sus pies, el poder emanaba de sus hombros anchos de una manera casi física.
Me acerqué lentamente, arqueando una ceja con la complicidad de siempre.
Él se giró con una lentitud deliberada en su mano derecha sostenía una pequeña caja de terciopelo azul noche que hizo que contuviera la respiración y con un suave movimiento del pulgar, la abrió.
La luz de la mañana golpeó un diamante de talla esmeralda, flanqueado por dos zafiros de un azul tan profundo como el océano a medianoche. Era una pieza única, antigua, cargada de la autoridad que solo la familia Alexander poseía. El impacto me dejó sin aliento, pero obligué a mis labios a formar una sonrisa.
El suelo pareció inclinarse bajo mis pies ese anillo no era solo una joya representaba un contrato de exclusividad que me expulsaba definitivamente de la órbita íntima de Maximiliano por un segundo, el odio hacia Kathryn me quemó la garganta como ácido, quise gritar pero dominé el impulso. Con todas mis fuerzas pulí mi sonrisa hasta que pareció radiante y perfecta ante cualquier inspección superficial.
Maximiliano asintió, visiblemente aliviado y guardó la caja en el bolsillo de su chaqueta.
No van a disfrutar de esto a costa de mi sufrimiento, pensé fingiendo una repentina vulnerabilidad, di un paso hacia atrás me apoyé en el borde de su escritorio de caoba y solté un suspiro cargado de nostalgia.
Maximiliano frunció el ceño de inmediato, la duda que había estado flotando y que planeaba hacer germinar a partir de ahora ya estaba en marcha.
Ahí estaba la laguna mental que había detectado ese amanecer y que yo usaría para destruir su idilio, acaricié mi vientre con un gesto casi imperceptible, pero lo suficientemente lento como para que él lo notara sin levantar aún sospechas.
Lo miré a los ojos, fingiendo una honestidad desgarradora, conocía sus puntos débiles a la perfección.
Maximiliano se quedó rígido, una sombra de sospecha y horror cruzó su rostro y tuve que reprimir la sonrisa que se asomaba en mi rostro.
Hice un amago de mareo, llevándome la mano a la frente con dramatismo.
Salí del despacho dejando tras de mí un silencio denso y emponzoñado, sentí la mirada de Maximiliano clavada en la puerta consiente que el peso de la joya que tenía en su saco se sentía completamente diferente.
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Editado: 01.06.2026