Un Huracán para el lobo

CAPITULO XLIV

MAXIMILIANO

El peso de la caja de terciopelo azul noche en el bolsillo interior de mi saco se sentía diferente, cuando la saqué de la caja fuerte era un ancla de certeza, la promesa de un futuro libre de fantasmas. Ahora, después de la visita de Gala se había transformado en un trozo de plomo incandescente que me quemaba el pecho.

Gala miente, me repetí por milésima vez clavando la mirada en los ventanales de mi oficina mientras la tarde caía sobre la ciudad pero la duda, una vez sembrada tiene raíces malditas. Intenté reconstruir nuevamente los fragmentos de aquella noche en la cabaña de mi hermano. Recordaba el ardor del whisky de malta raspando mi garganta, la furia ciega por la ausencia de Kathryn, el dolor que amenazaba con destruirme. Recordaba haberme derrumbado en la cama, completamente asfixiado por el alcohol pero después de eso nada más.

No había imágenes, no había sensaciones, no había recuerdos de Gala en mis brazos pero mi laguna mental no hacía que eso fuera falso si Gala decía la verdad... si esa noche el despecho y el alcohol me habían llevado a tenerla en mi cama... Dios, la sola idea de destruir lo que apenas estaba construyendo con Kathryn me revolvía el estómago.

Miré el reloj de pared eran las seis de la tarde, el edificio Alexander ya estaba en silencio, sumido en esa penumbra ejecutiva que tanto me gustaba. Crucé el pasillo hacia el despacho de Kathryn a través del cristal esmerilado, vi su silueta recortada contra la luz de su lámpara de escritorio. Seguía allí, hermosa, impecable con su traje pero con los hombros ligeramente tensos.

Empujé la puerta con suavidad ella levantó la vista de inmediato sus ojos, habitualmente directos y desafiantes, sostuvieron los míos, pero detecté una barrera invisible, una distancia que no estaba allí cuando me ajusté la corbata por la mañana.

  • Has trabajado hasta tarde - le dije, modulando mi voz para recuperar el tono íntimo que compartíamos.
  • Había mucho que poner al día, Maximiliano -respondió. Cerró su computadora portátil con un golpe seco - Además, el ambiente en los pasillos estuvo... cargado hoy.

Me acerqué a ella rodeando el escritorio de caoba cada paso que daba se sentía como caminar sobre una cuerda floja. Quise tomar sus manos, pero ella se levantó antes de que pudiera hacerlo, caminando hacia el ventanal con una elegancia que de repente parecía defensiva.

  • ¿Gala estuvo aquí? - pregunté, tratando de sonar casual, aunque el corazón me golpeaba con fuerza contra las costillas.

Kathryn se giró lentamente, cruzando los brazos sobre el pecho su armadura gris humo seguía intacta.

  • Sí, vino a darme la bienvenida. Está muy preocupada por tu bienestar, Maximiliano. Y por su propia salud... mencionó que ha estado teniendo mareos matutinos bastante severos estas semanas.

El impacto de sus palabras me congeló la sangre, mareos matutinos. Sentí un impulso violento de negar todo, de gritar que era una maldita trampa, pero la maldita laguna mental me amordazó la lengua. ¿Cómo defenderte de un crimen que no recuerdas haber cometido?

  • Kathryn, no escuches a Gala - dije, dando dos pasos rápidos hacia ella. Esta vez le tomé las manos, obligándola a mirarme. Sus dedos estaban inusualmente fríos - Lo que sea que te haya insinuado...
  • Ella no insinuó nada, Maximiliano, fue muy sutil - me interrumpió y la forma que pronunció mi nombre fue como una bofetada de hielo - Pero me resulta curioso cómo el pasado siempre encuentra una forma de colarse en nuestras vidas.

Sostuve su mirada buscando desesperadamente la fe que nos había traído de vuelta, no podía perderla no ahora que la tenía de regreso en mi órbita. Si la duda nos consumía, Gala ganaría sin haber disparado una sola bala. Decidí jugar mi última carta, la que había planeado con absoluta devoción antes de que el veneno se esparciera.

Solté sus manos por un segundo y metí los dedos en el bolsillo de mi saco saqué la caja de terciopelo azul noche. Los ojos de Kathryn se abrieron ligeramente, fijos en el objeto.

  • Quería hacer esto en un lugar diferente, en una cena, lejos de las malditas paredes de este edificio - comencé, y mi voz de barítono vibró con una honestidad descarnada que me costó arrancar del pecho - Pero no voy a permitir que los fantasmas de nadie dicten los tiempos de lo que siento por ti.

Abrí la caja, el diamante de talla esmeralda y los zafiros profundos destellaron bajo la luz artificial de la oficina, reclamando su lugar en la historia.

  • Sé que tu pasado está lleno de sombras, Kathryn. Sé que el mío no es perfecto y que hoy el aire se siente denso pero este anillo perteneció a mi abuela, es el símbolo de la máxima autoridad de mi familia y no existe otra mujer en este mundo a la que yo quiera dárselo. Quiero que seas una Alexander. Quiero pasar el resto de mi vida demostrándote que eres la única. ¿Te casarías conmigo?

El silencio que siguió a mi propuesta fue agónico, Kathryn miró la joya y luego me miró a mí busqué en sus ojos la felicidad radiante que había imaginado por la mañana, pero solo encontré una tormenta silenciosa. Su mirada bajó a mi pecho el pánico implícito a que un descuido reproductivo en esa noche arruinara nuestras vidas flotaba en el aire, emponzoñando el brillo del diamante.

Finalmente, Kathryn dio un paso hacia delante acortando la distancia entre nuestros cuerpos. Extendió su mano derecha y rozó la superficie fría de la joya, pero no me sonrió. Su rostro era una máscara de absoluta y dolorosa lucidez.

  • Es hermoso, Maximiliano - susurró, con una voz que me caló hasta los huesos - Acepto. Seré tu esposa pero quiero que sepas algo... un anillo no borra las dudas ni las preguntas. Y si descubro que tu pasado me está construyendo un futuro sobre mentiras, esta armadura gris que llevo puesta se convertirá en la pared que nunca más vas a poder derribar.




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