KATHRYN
El anillo de la familia Alexander pesaba en mi dedo anular mucho más de lo que cualquier diamante de talla esmeralda debería pesar. Debajo de la luz blanca del vestier las facetas de la joya devolvían destellos azulados debido a los zafiros que la flanqueaban era una obra de arte, un símbolo de poder y se suponía que debía ser la congregación del nuevo comienzo que tanto anhelaba.
Pero cuando me miré al espejo, desabrochando el primer botón de mi traje no vi a una novia radiante vi a una mujer acorralada por el peor de los miedos.
Quería casarme con él lo amaba con una intensidad que a veces me asustaba y una parte de mí la que aún intentaba aferrarse a la felicidad, había vibrado de orgullo cuando Maximiliano abrió esa caja de terciopelo azul noche, él me había elegido me quería como su esposa frente al mundo entero, desafiando las sombras de nuestros pasados. Ese instante, el calor de sus manos grandes rodeando las mías y la vibración de su voz de barítono prometiéndome una vida juntos, había sido una inyección de pura adrenalina y triunfo. Por unos segundos, quise mandar al infierno a Gala y sus insinuaciones, quise creer que el amor de Maximiliano era un escudo impenetrable contra el mundo.
Pero el escudo tenía una grieta profunda y el veneno ya se estaba filtrando, las palabras que Gala me había soltado esa misma mañana en mi oficina volvían a reproducirse en mi cabeza como una cinta maldita. Había sido sutil, asquerosamente corporativa y ponzoñosa, los mareos matutinos, su mano presionando suavemente su vientre de manera protectora. Su comentario sobre las consecuencias de aquella noche.
Un frío helado me recorrió la columna, el mismo que me había paralizado frente a mi escritorio el verdadero terror que me atenazaba el pecho no era solo el hecho de que hubieran compartido una intimidad en el pasado lo que me estaba asfixiando, lo que me impedía respirar hondo tras recibir el anillo, era la pregunta que me había cobijado en un silencio cobarde frente a Maximiliano.
Aquellas palabras de Gala de que ellos querían un hijo, de que el quería un hijo semanas antes y que me había hecho huir se sentían tan vivas y quemaban igual que esa noche. La sola idea de imaginar un hijo de Maximiliano creciendo en el vientre de Gala me revolvía el estómago un hijo de la mujer que pretendía recuperar un territorio que consideraba suyo por derecho de antigüedad.
Si Gala estaba embarazada no habría anillo, ni boda, ni armadura capaz de salvar nuestro futuro. Ese niño sería un vínculo indestructible entre ellos para el resto de sus vidas, un recordatorio diario de una unión que duraría para siempre y que destruiría cualquier cimiento de confianza entre nosotros.
¿Por qué no se lo preguntaste en ese momento?, me reproché a mí misma en un susurro, porque tenía pánico de la respuesta. Tenía pánico de ver en los ojos grises de Maximiliano la duda o peor aún la confirmación de lo mucho que significaba Gala en su vida, ellos tenían una historia antigua, recuerdos que yo jamás podría borrar y que aunque me estuviera desgarrando yo no podría competir.
Si le preguntaba directamente, estaría abriendo una puerta que tal vez nunca podría volver a cerrar y si él intentaba justificarse o evadirlo, la sospecha me volvería loca y era algo que sabía perfectamente que no podría manejar.
Me miré de nuevo al espejo y me obligué a erguirme pasé la yema del dedo sobre el diamante frío. Había aceptado el compromiso, había decidido ser una Alexander y no iba a permitir que Gala me viera flaquear en los pasillos de la empresa. Mañana volvería a ponerme mi traje, volvería a mirar a Maximiliano con la devoción que él esperaba, pero la tregua era superficial.
Iba a averiguar la verdad no por la boca de Maximiliano, quien parecía tan perdido en su propia ignorancia como yo en mis temores. Iba a observar a Gala analizaría cada uno de sus gestos, cada uno de sus supuestos malestares. Si estaba jugando conmigo, pagaría un precio muy alto por usar la sombra de un hijo como arma pero si resultaba ser real... Ya no podría haber un futuro entre Maximiliano Alexander y yo.
El anillo brillaba en la penumbra, hermoso y letal el compromiso estaba sellado, pero el suelo bajo mis pies nunca se había sentido tan inestable.
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Editado: 27.06.2026