GALA
El jarrón de cristal de Murano se estrelló contra la pared de caoba de mi apartamento, reduciéndose a un millar de fragmentos brillantes que salpicaron la alfombra persa. El estruendo no alivió la presión que sentía en el pecho al contrario, alimentó la humillación que me quemaba las entrañas.
No esperé a que cerrara la puerta, me acerqué al ventanal y clavé las uñas en las palmas de mis manos con tanta fuerza que sentí el dolor punzante en la piel.
Maldita seas, Kathryn Serrano pensé, mientras el odio me amordazaba la garganta como ácido. No lo entendía, no me cabía en la cabeza. Había diseñado la trampa de la mañana con una precisión quirúrgica. Había ido a su oficina, me había tragado mi orgullo para sonreírle y derramar el veneno gota a gota me aseguré de que viera mi mano en el vientre, me aseguré de forzar ese amago de mareo, de mencionar las consecuencias de aquella noche en que supuestamente Maximiliano y yo éramos felices y buscábamos ser una familia.
Mi veneno había sido esparcidos semanas antes, era perfecto y había envuelto su duda en un sello muy bien confeccionado implorándole que no le dijera nada a él porque él era demasiado protector conmigo y no les quería arruinar su momento, había sido comprensiva al aceptar ser remplazada por ella, cualquier mujer con un mínimo de dignidad o amor propio habría abofeteado a Maximiliano o al menos habría arrojado sus sospechas sobre su escritorio de caoba antes de aceptar una joya familiar.
Pero Kathryn Serrano no era cualquier mujer era una trepadora como su madre dispuesta a soportar la sombra de un hijo bastardo con tal de quedarse con el imperio Alexander o peor aún... era una estratega más fría de lo que yo había calculado.
Caminé de un lado a otro el vestido de seda color esmeralda parecía reirse de mi, la rabia me cegaba pero mi mente entrenada para los negocios y la supervivencia empezó a desglosar la situación. El anillo estaba en su dedo, el compromiso era un hecho si me quedaba de brazos cruzados, la boda se llevaría a cabo y yo sería desplazada definitivamente de la órbita íntima de Maximiliano.
Pasaría de ser la socia e íntima amiga indispensable a una simple empleada de alto rango, observando desde la periferia cómo la mujer que destruyó a mi padre se convertía en la dueña absoluta del apellido Alexander.
No iba a permitirlo, eso jamás pasaria.
Si Kathryn había decidido ignorar las alarmas del embarazo para asegurar el contrato de exclusividad que representaba ese anillo, yo tendría que aumentar la dosis de veneno. Ya no bastaba con las insinuaciones sutiles ni los mareos fingidos en su despacho. Si ella quería jugar a la prometida perfecta y ciega yo la obligaría a mirar la realidad de frente.
Me detuve ante el espejo de mi baño privado, retocando el carmín rojo de mis labios con una calma fría que logré arrancar de mi propio caos. Miré mi reflejo mi piel seguía pálida, mis ojos perfectamente delineados, pero la mirada transmitía una determinación asesina.
Maximiliano no recordaba nada de la cabaña, su laguna mental debida al whisky de malta lo hacía vulnerable, un blanco perfecto. Él estaba asustado, lo había visto en sus ojos grises cuando le mencioné y Kathryn estaba aterrada, aunque fingiera demencia portando ese diamante de talla esmeralda frente a los empleados. Ambos caminaban sobre un campo minado que yo misma había sembrado y solo hacía falta un pequeño empujón para que todo volara por los aires.
¿Quieres un anillo, Kathryn? susurré para mi propio reflejo, sonriendo con una malicia que me devolvió el control, Disfrútalo mientras puedas porque voy a encargarme de que ese diamante se convierta en la soga que termine de asfixiar tu hermosa historia de amor.
Salí de mi apartamento con la frente en alto, los tacones resonando contra el suelo de mármol del pasillo, era hora de la fase dos. Era hora de que mis supuestos malestares salieran del ámbito privado de sus despachos y se convirtieran en una verdad pública que ni la armadura gris de Kathryn pudiera ignorar.
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Editado: 27.06.2026