MAXIMILIANO
La mesa de la sala de juntas, una imponente superficie de vidrio templado y acero, reflejaba la luz implacable de las lámparas del techo. A mi alrededor, una docena de directivos del grupo Alexander discutían los márgenes de ganancia del último trimestre, pero sus voces eran un zumbido distante. Toda mi atención estaba dividida en dos puntos fijos de la habitación.
A mi derecha, Kathryn, llevaba un vestido básico negro que contrastaba con la palidez decidida de su rostro y en su mano anular, el diamante de talla esmeralda destellara cada vez que pasaba una página de los informes fiscales se veía imponente, la viva imagen de una futura Alexander. Sin embargo, su postura contenía una quietud que me alarmaba no había cruzado una sola mirada conmigo desde que entramos a la sala
Frente a nosotros, Gala.
Ella revisaba una tableta electrónica con una calma que me resultaba sospechosa, llevaba un vestido gris perla de cuello alto, minimalista y severo. Cada cierto tiempo, se pasaba una mano por la frente, de manera sutil pero lo suficientemente notoria como para que los ejecutivos más cercanos lo percibieran, lo que había soltado en mi despacho sobre la cabaña seguía quemándome el pecho.
Me obligué a enfocar la mirada en el documento frente a mí.
El director financiero se detuvo a mitad de una frase. Todos los ojos de la mesa se dirigieron hacia ella. Gala había soltado la tableta sobre el vidrio con un golpe seco. Tenía los ojos cerrados y ambas manos apoyadas en el borde de la mesa, como si el mundo estuviera dándole vueltas. Su piel, usualmente perfecta, lucía de una palidez alarmante.
No llegó a dar dos pasos, sus rodillas flaquearon. Soltó un quejido ahogado y su cuerpo se fue hacia delante, sosteniéndose apenas con una mano del respaldo de la silla antes de desplomarse parcialmente sobre la alfombra.
El caos en la sala de juntas fue instantáneo.
Por puro instinto de protección hacia mi amigame puse de pie de inmediato, rodeando la mesa con zancadas rápidas. Mi corazón latía con fuerza, atrapado entre la alarma por su salud y una alarma interna mucho más peligrosa. Llegué a su lado al mismo tiempo que dos directivos intentaban ayudarla a incorporarse.
Gala abrió los ojos lentamente, su mirada cargada de una vulnerabilidad desgarradora se clavó en la mía. Llevó una de sus manos directamente a mi solapa, aferrándose a mí con una familiaridad que disparó los murmullos reprimidos de los ejecutivos que nos rodeaban.
Sentí como si el aire de la habitación se congelara. La referencia implícita de la intimidad en la cabaña flotó en el ambiente como una declaración de guerra, Gala soltó un suspiro trémulo, llevando su otra mano hacia su vientre bajo en un gesto protector que destrozó el poco control que me quedaba.
Levanté la vista hacia el otro extremo de la mesa y la vi Kathryn seguía sentada, inmóvil. En su rostro no había reproches ni desdén cortante lo que reflejaban sus ojos grises era el dolor sordo al entender al igual que yo las palabras de Gala, ver la resignación en la mirada de Kathryn me hizo comprender, con una claridad espantosa, cómo algo vital entre nosotros se estaba rompiendo sin hacer ruido.
El director financiero carraspeó, quebrando el silencio sepulcral de la sala.
Kathryn se puso de pie con una lentitud deliberada, su voz no fue áspera al dirigirse a la junta sonó apagada, arrastrando una madurez triste que me heló la sangre.
Me dedicó una última mirada una donde el brillo del diamante en su mano parecía apagarse bajo el peso de su decepción y salió de la sala de juntas de forma pausada, dejando que el silencio devorara lo que quedaba de nuestro compromiso.
Me obligué a mantener la compostura frente a los pocos testigos que quedaban la ayudé a ponerse en pie y prácticamente sosteniéndola del brazo, la conduje fuera de la sala directo a su despacho privado. En cuanto la puerta doble se cerró detrás de nosotros, solté su agarre con una brusquedad que la hizo tambalearse ligeramente contra su escritorio de caoba.
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Editado: 27.06.2026