Un Huracán para el lobo

CAPITULO XLIX

GALA

En cuanto el eco del portazo de Maximiliano se extinguió en el pasillo, dejé caer la cabeza hacia atrás y solté una carcajada limpia, desprovista de toda la fragilidad que había fingido minutos antes en el suelo de la sala de juntas. Me puse de pie sin el menor rastro de mareo, caminé hacia el mueble bar de mi despacho y me serví dos dedos de coñac. El licor me raspó la garganta, pero el verdadero calor que me recorría las venas era la absoluta satisfacción del triunfo.

Había sido una obra maestra ver la rigidez en la mandíbula de Maximiliano y sobre todo esa mirada de silenciosa devastación en el rostro de Kathryn Serrano había valido cada segundo de mi humillación pública. Kathryn no había gritado, no había hecho una escena cortante simplemente se había quebrado por dentro de una forma pacífica y definitiva su mirada hacia el anillo de los Alexander reflejaba la certeza de que su maravilloso contrato de exclusividad se estaba desintegrando.

  • Disfruta tu diamante, querida - susurré hacia el vacío de la oficina, saboreando el trago - Te va a pesar tanto que tú misma te lo vas a arrancar.

Sin embargo, la adrenalina del momento no me cegaba Maximiliano estaba asustado, acorralado por su laguna mental y por esa culpa caballeresca que tanto lo caracterizaba, pero no pasaría mucho tiempo antes de que su mente analítica empezara a exigir respuestas concretas. Si él o Kathryn decidían presionar para obtener una confirmación médica, mi castillo de naipes volaría en pedazos. Tenía que blindar la mentira de inmediato.

Dejé la copa de coñac sobre el escritorio, saqué mi teléfono personal del bolso y busqué un contacto que había mantenido bajo estricta reserva. Julián Méndez. No solo era uno de los ginecólogos más prestigiosos de la clínica central del grupo Alexander, sino también un hombre que arrastraba una deuda de honor y una cantidad considerable de dinero conmigo desde hacía años por encubrir ciertos deslices de su carrera.

El teléfono repicó tres veces antes de que una voz masculina y tensa respondiera al otro lado de la línea.

  • ¿Gala? No es un buen momento, estoy entre consultas.
  • Para mí siempre es un buen momento, Julián -respondí, mi voz modulada en ese tono pausado que no admitía réplicas - Necesito un favor, uno de los grandes.

Se escuchó un suspiro pesado del otro lado.

  • Dime qué necesitas.
  • Quiero un historial clínico completo, un ultrasonido y una prueba de laboratorio positiva -solté sin rodeos, apoyándome en el borde de mi escritorio - Con mi nombre, por supuesto. Necesito que los documentos certifiquen un embarazo de aproximadamente seis semanas. Las fechas deben ser exactas, Julián. Ni un día más, ni un día menos.

Hubo un silencio sepulcral en la línea pude escuchar el ritmo acelerado de la respiración de Julián antes de que lograra articular palabra.

  • Gala, estás loca eso es falsificación de documentos médicos oficiales si el comité o el departamento legal del grupo Alexander revisa mis registros, perderé mi licencia. No puedo hacer algo así, es ir demasiado lejos.
  • Lo que fue demasiado lejos fue la auditoría que desvié de tu consultorio el año pasado, Julián - le recordé, hilando las palabras con una calma venenosa - Si yo caigo, tú te vas conmigo y te aseguro que el desempleo será el menor de tus problemas si Maximiliano Alexander se entera de dónde salieron esos fondos desviados. Así que vas a preparar esos papeles hoy mismo los quiero impresos y sellados en un sobre cerrado para cuando yo decida usarlos.
  • Está bien... está bien - cedió él, con la voz rota por la derrota - Pero mantén mi nombre fuera de cualquier confrontación familiar te enviaré los resultados digitales por la tarde.
  • Sabía que entenderías. Que tengas un buen día, doctor.

Colgué la llamada con una sonrisa triunfal flotando en mis labios, la tercera fase del plan estaba lista la ciencia respaldaría mi palabra. Ahora tocaba la estrategia de campo, no podía quedarme en el edificio Alexander a enfrentar el interrogatorio inmediato de Maximiliano, ni tampoco podía permitir que me vieran recuperada como si nada hubiera pasado. La ausencia alimenta la paranoia y el silencio es el mejor amplificador de la duda.

Tomé mi tableta, mi computadora portátil y mi bolso de diseñador ne miré una última vez en el espejo, acomodándome el cabello con absoluta parsimoniosa.

Iba a desaparecer de la oficina por los próximos días dejaría que Maximiliano se ahogara en la culpa de su laguna mental de la cabaña y obligaría a Kathryn a pasar las noches mirando su brillante diamante de talla esmeralda mientras se preguntaba si el vientre de la socia de su prometido albergaba al futuro heredero del imperio. Volvería solo cuando la tensión entre ellos fuera lo suficientemente insoportable como para dar el golpe de gracia.

Salí por la puerta privada de mi despacho, evitando el área de las secretarias y caminé con paso firme hacia el ascensor privado. La semilla de la duda ya no solo estaba plantada ahora tenía un registro médico falsificado que la convertiría en una verdad indiscutible.




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