Un Huracán para el lobo

CAPITULO L

MAXIMILIANO

Abrí la puerta de su despacho con una urgencia que no pude ni quise ocultar, la calma depredadora que siempre me acompañaba por los pasillos corporativos se había evaporado por completo. Al entrar, la escena me golpeó, Kathryn estaba sentada frente a su escritorio con la espalda perfectamente recta y la mirada fija en los informes como si el escándalo de la sala de juntas jamás hubiera ocurrido.

  • Kathryn - pronuncié. Mi voz sonó más áspera de lo habitual, cargada con el peso de la culpa y la desesperación.- Tenemos que hablar.

Me acerqué a grandes zancadas, rodeando el mueble para acortar la distancia entre los dos. Necesitaba tocarla, necesitaba sentir la calidez de sus manos para convencerme de que no la estaba perdiendo pero en cuanto estiré los dedos, ella hizo un movimiento milimétrico, tomando una pluma con una parsimonia que me congeló el impulso.

  • Maximiliano - dijo ella, levantando sus ojos.

No había lágrimas en sus pupilas, tampoco la altanería o el desdén cortante que utilizaba cuando el mundo exterior intentaba herirla. Había algo mucho peor, una resignación pacífica y madura que me heló la sangre. El diamante de talla esmeralda de mi abuela destellaba en su dedo anular, pero su brillo parecía el de una estrella muerta.

  • Sé lo que vas a decir - continuó Kathryn, modulando su voz con una serenidad pasmosa que me descolocó - Y de verdad no es necesario que lo hagas, entiendo perfectamente lo que sucedió.

Me quedé rígido, con las palabras atascadas en la garganta la miré, buscando descifrar lo que se escondía detrás de esa fachada de mármol. Mi laguna mental de la cabaña me convertía en un rehén de las circunstancias, yo no recordaba haber tocado a Gala, pero el peso del whisky de malta y la insinuación pública de mi amiga me hacían sentir culpable de un crimen que no podía desmentir.

Lo que yo no alcanzaba a leer en la mente de Kathryn era el hilo exacto de su razonamiento ella no me estaba reclamando un engaño actual.

  • Kathryn, escúchame - insistí, dando un paso más, desesperado por romper esa barrera invisible que se estaba volviendo infranqueable - Gala es mi amiga... Lo que pasó esa noche en la cabaña fue un error difuso, yo estaba...
  • Max, detente - me interrumpió, extendiendo una mano con la palma hacia el frente, un gesto suave pero implacable que me amordazó por completo - Dije que lo entiendo, no tienes que justificarte conmigo sobre tu pasado pero en este preciso momento, tengo un informe terminar y entregar además de llamadas pendientes con clientes de Nueva York. Tengo mucho trabajo.

Su tono no arrastraba veneno, solo una fría eficiencia ejecutiva que me dolió más que cualquier grito. Comenzó a ordenar las carpetas sobre el escritorio con una delicadeza extrema, ignorando por completo mi presencia física, deshaciéndose de mí de la forma más sutil y destructiva posible relegándome al estatus de un simple colega de trabajo.

  • Por favor, retírate - concluyó, sin volver a levantar la mirada - Asegúrate de que Gala esté bien. Es lo que corresponde.

Me quedé de pie en mitad de su oficina, sintiendo el vacío de la derrota. Sabía que si presionaba más en ese instante, la armadura que Kathryn llevaba puesta se cerraría para siempre con el pecho apretado por la impotencia, asentí en silencio di media vuelta y salí del despacho.




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