GALA
Los tres días en mi casa de campo habían sido el retiro perfecto para pulir los últimos detalles de mi ejecución, regresé al edificio Alexander a media mañana caminando por los pasillos del último piso con una parsimonia ensayada. Vestía un vestido color crema, suave, impecable, la viva imagen de una mujer que venía en busca de paz, no de guerra. En mi mano derecha, sostenía un sobre de manila sellado con el logotipo de la clínica central del grupo dentro estaba el historial clínico y la ecografía que el doctor Julián Méndez había falsificado siguiendo mis órdenes milimétricas, seis semanas exactas de gestación.
Me detuve frente a las puertas dobles del despacho de Maximiliano antes de empujarlas, saqué mi teléfono personal del bolso. Deslicé el dedo por la pantalla y marqué la línea directa del despacho de Kathryn Serrano sabía perfectamente que su secretaria estaba fuera de su escritorio por el descanso del café y que la llamada entraría directo a su altavoz si no respondía. En cuanto escuché el primer repique, descolgué discretamente y metí el teléfono en el bolsillo exterior de mi saco de sastre, con el micrófono apuntando hacia fuera. Kathryn escucharía cada maldita palabra.
Ajusté mi rostro en una máscara de triste madurez y entré sin llamar.
Maximiliano estaba de pie junto al ventanal, ak escuchar la puerta, se giró con una rapidez violenta. Sus ojos rodeados por las sombras del cansancio de estos tres días de silencio, se clavaron en mí con una mezcla de rabia y desesperación contenida.
Vi cómo la mandíbula de Maximiliano se tensaba al mirar el sobre, su laguna mental lo dejaba completamente indefenso ante el documento. Dio un paso hacia atrás, pasándose una mano por el cabello, asfixiado por la culpa de un descuido que su mente no lograba recordar.
Maximiliano frunció el ceño, confundido por mi repentina nobleza.
La palabra niño flotó en el aire del despacho con un peso emponzoñado, el sacrificio heroico que estaba fingiendo era el golpe de gracia más perfecto que podía diseñar. Al mostrarme dispuesta a deshacerme del supuesto fruto de nuestra noche para salvar su compromiso, estaba logrando dos cosas blindar la veracidad del embarazo ante los ojos de un Maximiliano asfixiado por el remordimiento y, al mismo tiempo, destruir por completo a Kathryn Serrano.
Sabía perfectamente cómo funcionaba la mente de Kathryn, ella creía con dolorosa madurez que nosotros habíamos intentado buscar ese bebé en el pasado, que era un proyecto de vida de nuestra antigua historia antes de lo suyo. Escucharme decir que iba a sacrificar a ese hijo planificado solo para no estorbar en su altar no la haría sentir victoriosa la haría sentir como la intrusa destructora que había llegado a romper una familia. Ninguna armadura gris de dignidad soportaría el peso de saber que su boda se construiría sobre el cadáver del hijo que su prometido tanto había deseado en su pasado.
Maximiliano se quedó completamente rígido, mirándome con una mezcla de horror y gratitud culposa que me provocó ganas de sonreír. El silencio en la oficina era denso, pero el silencio que imaginaba al otro lado del teléfono, en el despacho de Kathryn, era el verdadero triunfo de mi mañana. La boda seguía en pie, el diamante de talla esmeralda seguía en su dedo, pero la soga que había diseñado alrededor de su historia de amor acababa de cerrarse de forma definitiva.
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Editado: 20.07.2026