KATHRYN
El altavoz de mi línea directa se apagó con un leve chasquido digital cuando la comunicación se cortó, pero las palabras de Gala se quedaron flotando en el aire de mi despacho como gas venenoso. El silencio que se instaló después fue absoluto, espeso, casi físico.
Me quedé completamente inmóvil en mi silla ejecutiva mis manos estaban apoyadas sobre la superficie de mi escritorio rígidas. No lloré, no sentí la urgencia de romper a gritos ni de golpear las paredes. Lo que me invadió fue una claridad tan devastadora que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. El rompecabezas que Gala había soltado en los pasillos de forma sutil finalmente se había completado de la manera más dolorosa posible ante mis propios oídos.
"Pienso abortar, Maximiliano... Tu felicidad y tu paz están por encima de mí y están por encima de este niño"
Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos por un segundo para poder respirar. En mi mente, la realidad se consolidó como una verdad irrefutable, escucharla hablar con esa trágica nobleza, ofreciéndose a sacrificar la vida de ese bebé para no interferir en nuestro compromiso, no me hizo sentir aliviada al contrario, me destruyó los cimientos. Confirmó que ese embarazo no había sido un desliz descuidado ni un accidente borroso de una noche de copas, había sido un proyecto real de su pasado.
Ellos habían estado buscando construir esa familia, sembrando la semilla de un futuro juntos, mucho antes de que Maximiliano decidiera que yo era la mujer a la que quería entregarle el anillo de su abuela. Al sugerir que iba a interrumpir el embarazo por nuestro bien, Gala me acababa de arrebatar la única carta que me quedaba, mi dignidad.
Si yo permitía que está boda continuara, si caminaba hacia el altar luciendo un vestido asombroso, no sería una novia victoriosa, sería la intrusa. Sería la mujer egoísta que construyó su matrimonio sobre las cenizas de un hijo planificado que Maximiliano y Gala alguna vez desearon en su historia. Sabía perfectamente que si ese aborto se llevaba a cabo, la sombra de ese niño sacrificado se sentaría con nosotros a la mesa para el resto de nuestras vidas.
Cada mirada de Maximiliano, cada silencio en nuestro apartamento y cada una de sus noches se teñirían del remordimiento de saber lo que se destruyó para dejarme el camino libre. Yo amaba a Maximiliano Alexander con una fuerza que me desgarraba el pecho, pero mi amor propio y mi respeto por la vida que ellos habían iniciado estaban por encima de cualquier imperio corporativo.
Lentamente, abrí los ojos y bajé la mirada hacia mi mano derecha.
El diamante de talla esmeralda destelló bajo los focos de la oficina, flanqueado por los zafiros profundos. Ayer era un contrato de exclusividad; hoy parecía una burla grotesca, un grillete que me ataba a un futuro edificado sobre mentiras y sacrificios de sangre. No había odio en mi corazón hacia Gala, ni sed de venganza. Sentía una madurez triste, una resignación pacífica que me dictaba exactamente cuál era el siguiente paso. Había luchado con todas mis fuerzas por lo que sentía y por el pasado de él antes de mí, pero esta vez la marea era demasiado alta.
Llevé los dedos de mi mano izquierda hacia la joya, sentí el metal frío contra la piel mientras lo deslizaba suavemente, pulgada a pulgada, hacia fuera de mi dedo anular. El anillo cedió sin resistencia.
Lo coloqué en el centro exacto de mi escritorio justo encima de los informes financieros que ya no me importaba revisar. Me puse de pie, me ajusté los botones de mi traje por última vez y caminé con paso firme hacia la puerta. Mi armadura seguía intacta, pero el nuevo comienzo que Maximiliano me había prometido acababa de terminar antes de empezar. Era hora de entregárselo en sus propias manos.
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Editado: 20.07.2026