Un Huracán para el lobo

CAPITULO LV

MAXIMILIANO

  • Pienso abortar, Maximiliano. Lo haré por tu bien y por el de tu futuro.

Las palabras de Gala cayeron en el despacho con la fuerza de un mazo de demolición. El aire acondicionado, habitualmente silencioso, pareció detenerse dejándome atrapado en una atmósfera asfixiante. Mi mirada bajó de inmediato hacia el sobre de manila que descansaba sobre mi escritorio. Los resultados de la clínica, las seis semanas de gestación que confirmaba ese sobre era la prueba irrefutable de que algo irreversible había ocurrido aquella noche en la cabaña.

Sentí que el estómago se me revolvía mientras una oleada de culpa salvaje me devoraba por dentro.

¿Qué demonios hice? me pregunté, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Intenté forzar a mi mente a perforar la maldita niebla, a rescatar una sola imagen, un roce, un susurro que confirmara que había tocado a Gala pero mi memoria seguía siendo un lienzo en blanco, un vacío negro y miserable que me convertía en el peor de los jueces de mí mismo. El remordimiento me arañaba el pecho, Gala no me estaba gritando ni exigiendo que dejara a Kathryn al contrario, me estaba ofreciendo un sacrificio trágico, una salida sangrienta vestida de nobleza para no estorbar en mi altar.

  • Tu felicidad y tu paz están por encima de mí -continuó ella, con la voz quebrada - Y están por encima de este niño.

Escuchar la palabra niño me provocó un escalofrío helado, no era un error corporativo, no era una mala inversión era una vida. Y Gala estaba dispuesta a cargar con el peso de destruirla solo por la lealtad y la profunda amistad que nos había unido durante años, antes de que Kathryn Serrano reescribiera las reglas de mi mundo. Me pasé una mano por el rostro, asfixiado por la impotencia si permitía que Gala siguiera adelante con esa decisión, si me cobijaba en su silencio heroico para salvar mi boda, me convertiría en un monstruo.

Ningún matrimonio con Kathryn prosperaría si los cimientos se construían sobre el cadáver de un hijo que por mi propia irresponsabilidad y falta de control, ahora existía.

  • Gala, detente... No digas eso - logré articular. Mi voz sonó rota, despojada de toda la autoridad que solía ostentar en este edificio - Un aborto no es la solución, no puedo permitir que cargues con algo así tú sola por proteger lo mío.

Di un paso hacia atrás, apoyándome en el ventanal, sintiendo que el imperio Alexander se tambaleaba bajo mis pies, yo amaba a Kathryn con una devoción que me asustaba, la quería como mi esposa y el diamante de mi abuela en su mano era el símbolo del único futuro que deseaba pero en este preciso instante, la culpa me tenía de rodillas. Sabía perfectamente que el pasado que Kathryn tanto temía que invadiera nuestra vida acababa de plantar una bandera indestructible, si Gala sacrificaba a ese bebé por mí, la sombra del remordimiento me perseguiría en cada silencio, en cada mirada y en cada rincón de nuestro apartamento.

Gala me miró con esos ojos cargados de una tristeza perfecta, estirando la mano como si quisiera reconfortarme en mi propia miseria.

En ese microsegundo de absoluto desborde emocional, una alarma instintiva se encendió en mi cabeza, miré la puerta de mi despacho pensé en Kathryn, a solo unos metros por el pasillo, lidiando con su propia y madura reasignación cuando se enterará. Un presentimiento atroz me golpeó las entrañas tenía que ir a buscarla, tenía que mirarla a los ojos y contarle la verdad de este horror antes de que la distancia terminara de devorarnos.

No podía ocultarle el sobre de manila, ni la propuesta de Gala, porque si nuestro nuevo comienzo iba a morir al menos caería con la verdad por delante.




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