KATHRYN
Empujé las puertas dobles del despacho de Maximiliano con una tranquilidad que heló el ambiente de inmediato no necesité gritar, ni golpear la madera, ni exhibir el dolor que me estaba triturando las entrañas. Mi armadura seguía intacta, abotonada con una precisión matemática, pero por dentro yo era pura lucidez.
Al entrar, la escena se congeló ante mis ojos. Maximiliano estaba apoyado contra el ventanal, con el rostro desencajado y devorado por una culpa salvaje que nunca antes le había visto, Gala permanecía a unos pasos de él vestida con ese impecable vestido crema, luciendo como una mártir perfecta que acababa de ofrecer su mayor sacrificio en el altar de nuestra felicidad. Sobre el escritorio reposaba el sobre de manila de la clínica central reposaba como un acta de defunción para nuestro futuro.
Los dos se giraron hacia mí de golpe, Maximiliano dio un paso al frente con los ojos grises abiertos por la sorpresa y el temor.
No le permití continuar no podía hacerlo, caminé con paso firme, el sonido de mis tacones marcando un ritmo fúnebre sobre el suelo y me detuve frente al escritorio, ignorando esa mirada cargada de un triunfo camuflado que Gala intentaba ocultar pero que yo pude ver. Extendí mi mano derecha y en el centro de mi palma, el diamante de talla esmeralda y los zafiros profundos brillaron bajo la luz artificial, despojados de todo su poder.
Maximiliano bajó la vista hacia la joya y juraría que en ese instante dejó de respirar.
Gala entreabrió los labios, forzando una expresión de absoluto desconcierto, mientras Maximiliano abría los ojos con horror al comprender que su conversación privada había sido pública para mí.
Sus palabras me sonaban tan hipócritas, aunque no podía culparla por estar embarazada todo mi cuerpo gritaba que no era sincera pero no podía hacer nada.
Miré a Maximiliano una última vez, viendo cómo el hombre más poderoso de la ciudad se desmoronaba en silencio frente a su escritorio su laguna mental lo dejaba indefenso, lo habia convertido en un rehén de su pasado pero yo ya no tenía las fuerzas para salvarlo de sus propias sombras.
Me giré y caminé hacia las puertas dobles del despacho con la frente en alto, mi armadura no se había roto, pero el nuevo comienzo que habíamos planeado con esta promesa de matrimonio se había quedado sepultado bajo el peso de un pasado que no me pertenecía. Dejé atrás el anillo de compromiso, el imperio Alexander y al único hombre que había amado, sabiendo que Gala había ganado la guerra sin necesidad de disparar una sola bala.
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Editado: 20.07.2026