Un Huracán para el lobo

CAPITULO LVII

KATHRYN

El silencio del ático de Maximiliano era tan denso que podía escuchar el eco de mis propios pasos sobre el suelo de madera oscura. Hacía apenas unas horas, este lugar representaba mi refugio, el escenario de un nuevo comienzo que había decidido construir a su lado. Ahora, se sentía como un museo de promesas rotas.

Caminé directo al vestidor principal, no encendí las luces generales la penumbra de la tarde que se filtraba por los ventanales era más que suficiente. Saqué una maleta rígida de color negro del fondo del armario y la coloqué sobre la otomana de cuero mis movimientos eran metódicos, lentos, casi coreográficos, me mantenía de pie de una forma visiblemente impecable, pero cada vez que doblaba una prenda, sentía un crujido invisible en el pecho.

Estaba empacando mi vida, mis sueños nuevamente como tantas veces lo había hecho en el pasado, no me detuve no podia darle tiempo a la duda de paralizarme, no me podía permitir dudar.

Ningún compromiso real se sostiene sobre el cadáver de un hijo, me repetí mentalmente una vez mas sintiendo como el frío de mis propias palabras pensaban enormemente.

Mientras colocaba mis vestidos y trajes en la maleta, reviví la escena del despacho. Recordé los ojos grises de Maximiliano desorbitados por el pánico, su voz rota y despojada de toda esa calma depredadora que tanto lo caracterizaba. Él me amab lo sabía con una certeza que hacía que el dolor fuera aún más insoportable, él no buscaba hacerme daño pero el hecho de que no me mintiera no cambiaba la realidad de las sombras que arrastraba.

Gala y él compartían un pasado íntimo, un capítulo de su antigua vida que ocurrió antes de que lo nuestro fuera real. Yo había hecho las paces con esa idea lo que mi dignidad no podía tolerar era construir mi felicidad sobre el sacrificio trágico que Gala había ofrecido en esa llamada. Escucharla decir que abortaría por el bien de nuestro compromiso me colocaba en una posición monstruosa, si me quedaba con Maximiliano, si permitía que esa boda siguiera en marcha, me convertiría en la razón por la que un niño dejó de existir.

Ese remordimiento destruiría cualquier intento de futuro juntos se sentaría con nosotros a la mesa, contaminaría cada beso y transformaría nuestro apartamento en un mausoleo de culpa repartidas no dichas.

Cerré la primera maleta con un golpe seco el sonido resonó en la habitación vacía, marcando el fin definitivo de nuestra historia.

Bajé la mirada a mi mano anular derecha la piel donde antes descansaba el diamante de esmeralda se sentía extrañamente ligera, desnuda. Había luchado por lo que sentía, había defendido nuestro amor frente a los rumores del edificio y frente al mundo entero, pero la marea de su pasado había sido implacable. No sentía odio hacia Gala, ni deseos de ver el mundo arder solo experimentaba una madurez triste, una resignación pacífica que me obligaba a poner mi amor propio por encima de mi devoción hacia Maximiliano Alexander.

Tomé las asas de mis maletas y caminé hacia la salida del ático. No dejé notas sobre las encimeras de la cocina, ni reproches en los espejos mi silencio sería mi última declaración de principios. Antes de abrir la puerta principal, miré el apartamento una última vez, despidiéndome del hombre que me había devuelto la fe, pero cuyas sombras terminaron por asfixiar nuestro altar.

Crucé el umbral y dejé que la puerta se cerrara detrás de mí con un clic definitivo, el compromiso había terminado y mi nueva historia comenzaría muy lejos de la órbita de los Alexander.




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