Un Huracán para el lobo

CAPITULO LVIII

GALA

El silencio en el despacho de Maximiliano era música para mis oídos mientras él permanecía de espaldas, apoyado contra el ventanal con la frente pegada al cristal yo contemplaba la reliquia familiar que Kathryn había dejado sobre el escritorio, el diamante de talla esmeralda destellaba bajo la luz artificial, abandonado, despojado de su propósito.

Me costó un esfuerzo sobrehumano reprimir la sonrisa triunfal que amenazaba con dibujarse en mis labios, había sido una actuación con ejecución perfecta, milimétrica y letal al marcar la línea directa de Kathryn y meter el teléfono en mi bolsillo, sabía que estaba activando la soga definitiva. Su mentalidad orgullosa y su absurda madurez habían reaccionado exactamente como lo planeé, en lugar de pelear por su hombre, decidió apartarse para no construir su felicidad sobre la interrupción de un embarazo.

Kathryn Serrano creía que se marchaba con la frente en alto, salvando su dignidad pero la realidad era que yo la había expulsado de nuestro territorio sin necesidad de levantarle la voz, ella juraba que había tomado una decisión basada en sus estúpidos e inservibles valores.

Ajusté mis emociones, borré el destello de júbilo de mis ojos y caminé hacia Maximiliano con pasos lentos y silenciosos, adopté mi papel de amiga incondicional, de la confidente trágica que cargaba con la culpa de haber destruido el futuro de ellos dos. El poder que emanaba de sus hombros anchos se sentía quebrado, el hombre más poderoso de la ciudad parecía un gigante de arcilla desmoronándose en su propia oficina.

  • Max... - susurré, deteniéndome a una distancia prudente y colocando una mano suave sobre su hombro. Sentí la tensión extrema de sus músculos a través de la tela de su saco - Lo siento tanto, Dios, lo siento en el alma. Jamás imaginé que ella reaccionaría así... que nos estaría escuchando.

Maximiliano no se movió, su respiración era pesada, lenta. La culpa de su laguna mental sobre lo sucedido en la cabaña lo estaba devorando vivo, él creía que su propia irresponsabilidad había desencadenado esta tragedia y que él era el único culpable de lo sucedido.

  • Ella me dejó, Gala - dijo, y su voz sonó arrastrada, rota, desprovista de toda esa calma depredadora que tanto lo caracterizaba - Devolvió el anillo, se marchó.
  • Sé que duele, Maximiliano y tienes todo el derecho de estar furioso conmigo y lo entiendo si es así -continué forzando un temblor en mi voz para sonar desgarradora. Deslicé mi mano por su espalda en un gesto que pretendía ser un consuelo puro pero que en realidad era la reclamación física de mi espacio - Fui egoísta al venir aquí a decirte que iba a interrumpir el embarazo, pero solo quería proteger tu compromiso. Quería que fueras feliz con ella, incluso si eso significaba que yo tuviera que cargar con el secreto de este niño sola. No quería que ella sufriera.

Mentir con esa nobleza heroica era un placer adictivo que había empezado a disfrutar, sabía que cada palabra que pronunciaba reforzaba la veracidad del historial clínico falsificado que el doctor Julián me había enviado y que ahora descansaba en el sobre de manila. Maximiliano estaba demasiado aturdido por el dolor de la pérdida como para cuestionar la lógica de mis síntomas o auditar los papeles médicos, su mente analítica estaba apagada, sepultada bajo el remordimiento de haber destruido el nuevo comienzo que tanto le había prometido a Kathryn.

  • No te culpes a ti misma - articuló él finalmente, girándose a medias. Su rostro lucía demacrado, sus ojos grises fijos en la nada - La culpa es mía. Yo crucé esa línea esa noche.
  • Estamos juntos en esto, Max - le aseguré, mirándolo a los ojos con una devoción ensayada - Kathryn tomó su decisión y demostró que no tenía la fuerza para aceptar tu historia completa pero yo no me voy a ir a ninguna parte. Tu amistad y tu bienestar son lo más importante para mí. Voy a estar a tu lado, cuidándote, tal como lo he hecho durante todos estos años.

Él asintió levemente abrumado, aceptando mi apoyo como el náufrago que se aferra a la única tabla disponible en mitad de la tormenta. Mientras lo estrechaba sutilmente contra mí, simulando un abrazo de consuelo amigo, miré por encima de su hombro hacia la puerta del despacho.

La fase más difícil había terminado, Kathryn estaba fuera de la empresa y fuera de su vida, empacando sus cosas como una mártir mientras se envolvía en su silenciosa tristeza. El anillo de compromiso estaba de vuelta en el escritorio, ahora solo era cuestión de tiempo para que el fantasma de ese supuesto bebé terminara de limpiar el terreno, permitiéndome recuperar el lugar que me pertenecía por derecho de antigüedad en el imperio Alexander.




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