MAXIMILIANO
El dolor de saber que me amaba y que aun así había tenido la fuerza para arrancar el anillo de compromiso de su dedo por puro amor propio, me desgarró las entrañas. Me erguí lentamente, con las piernas pesadas como el plomo y caminé por el vestidor vacío. Cada rincón de este ático, que hace apenas unas horas se sentía como el refugio donde construiríamos nuestro nuevo comienzo, ahora parecía un mausoleo dedicado a un futuro que se había desintegrado en mis propias manos. Miré el espacio exacto donde solían colgar sus trajes ordenados con esa precisión matemática que tanto la caracterizaba y una oleada de frío me golpeó el pecho.
Kathryn se había marchado de inmediato, no había dado espacio al titubeo, ni a los reproches, ni a las lágrimas. Su silencio era su última declaración de principios y ese vacío era la prueba más contundente de mi derrota, ella nos había dejado.
Me pasé las manos por el rostro, arrastrando el cansancio y la frustración que me venían asfixiando desde que salio de mi oficina. La culpa me devoraba vivo, arañándome las entrañas con una violencia salvaje. Yo no era un mentiroso ni un hombre de dobles juegos, pero mi propia ignorancia me estaba condenando a muerte. Intenté, por milésima vez, perforar la niebla de aquella maldita noche en la cabaña de mi hermano, recordar aunque fuera algo pero mi memoria solo registraba el ardor del whisky raspando mi garganta, el dolor ciego por la distancia con Kathryn, la sensación de que el mundo se me caía a pedazos como ahora.
Recordaba haberme derrumbado en la cama, completamente asfixiado por el alcohol, nada más. No había imágenes de Gala en mis brazos, no había sensaciones, no había un solo recuerdo que confirmara que la había tocado pero el hecho que no lo recordara y que mi mente tuviera la laguna no lo hacía menos irreal y el embarazo de Gala, esa hoja donde reposaba la palabra positivo era la prueba irrefutable que había sucedido.
¿Cómo defenderte de un crimen que tu propia mente se niega a recordar?
Gala me había ofrecido un sacrificio que me parecía genuino en su dolor, su propuesta en el despacho de interrumpir el embarazo solo para salvar mi felicidad demostraba, a mi juicio, la lealtad incondicional de la amiga y socia que había estado a mi lado durante años, mucho antes de que Kathryn Serrano reescribiera las reglas de mi existencia. Gala no buscaba destruirnos simplemente estaba lidiando con la misma pesadilla que yo, dispuesta a cargar con el peso de una decisión trágica en su propio cuerpo para no estorbar en mi felicidad.
Los papeles de la clínica central del grupo Alexander, sellados y firmados con seis semanas de gestación, respaldaban su palabra de forma irrefutable. No había motivos para dudar de ella, ella también era una víctima de mi irresponsabilidad y de esa total falta de protección en una noche de ebriedad.
Caminé hacia el gran ventanal del salón, contemplando las luces de la ciudad que se extendía a mis pies. El imperio Alexander seguía allí, brillando con su opulencia ejecutiva, pero en este instante no significaba absolutamente nada. Sentí un vacío helado en el estómago al recordar las últimas palabras de Kathryn en mi oficina. Ningún compromiso real se sostiene sobre el cadáver de un hijo, Maximiliano y tenía razón. Su madurez trágica y pacífica la había llevado a apartarse no por un arrebato de celos contra mi presente, sino por el respeto que le tenía a la vida y a su propia dignidad.
Pero mientras la soledad del apartamento se me cerraba encima, la desesperación comenzó a mutar en algo más frío, más enfocado. Yo amaba a Kathryn Serrano con una devoción salvaje, una intensidad que nunca había sentido por ninguna otra mujer y me negaba a aceptar que nuestra historia terminara bajo el peso de una resignación pacífica.
Si el alcohol me había hecho cruzar la línea esa noche, asumiría mis obligaciones con Gala y con esa criatura como el hombre que soy les daría mi apellido, mi respaldo y no les faltaría jamás el amparo de mi familia. Pero no podía simplemente dejar que Kathryn se desvaneciera de mi órbita sin luchar por el hilo invisible que aún nos unía.
Necesitaba entender qué había pasado realmente en esa cabaña. No por desconfianza hacia mi amiga sino por mi propia cordura y por el futuro que me habían arrancado del pecho. Tenía que reconstruir esa laguna mental que me tenía de rodillas, regresaría a la oficina en mitad de la noche, revisaría las bitácoras de seguridad de esa fecha, hablaría con el personal que estuvo a cargo del mantenimiento del lugar y analizaría cada hora de ese fin de semana. Tenía que haber un cabo suelto, un detalle, una llamada, algo que me permitiera comprender cómo terminé destruyendo el único mañana que de verdad me importaba.
La boda se había cancelado y el diamante de mi abuela estaba de vuelta en mi mano pero la guerra por recuperar a mi prometida y entender mi propio pasado acababa de comenzar.
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Editado: 20.07.2026