KATHRYN
El segundero del reloj de pared de la recepción avanzaba con una regularidad implacable. Me ajusté los puños de un traje sastre negro azabache que había elegido meticulosamente esa mañana era el tributo, un uniforme de luto para despedir el futuro que nos habían arrebatado. Crucé el pasillo principal del último piso con la frente en alto, ignorando las miradas curiosas y los murmullos apagados del personal, que sin duda ya se habían percatado de la ausencia del diamante esmeralda en mi mano derecha.
Me detuve ante las puertas dobles del despacho de Maximiliano. Inspiré hondo, llenando mis pulmones de ese aire acondicionado helado y corporativo, y empujé la madera sin titubear.
Maximiliano estaba sentado detrás de su escritorio al verme entrar, se puso de pie de un salto con una rapidez violenta. Su silueta, habitualmente imponente y dominada por esa calma depredadora, lucía desgastada. Tenía la corbata ligeramente floja y unas sombras oscuras rodeaban sus ojos grises, delatando que no había pegado el ojo en toda la noche tras encontrar nuestro apartamento vacío.
Él obedeció lentamente, sin apartar sus ojos de los míosbcomo si temiera que me desvaneciera si parpadeaba. Caminé hacia el centro del despacho colocándome frente a la mesa, pero no me senté. Quería que esta distancia física fuera el reflejo exacto de la distancia que ahora separaba nuestras vidas.
Maximiliano apretó la mandíbula y vi cómo sus manos se cerraban en puños sobre el escritorio, conteniendo el impulso de rogarme porque sabía que yo tenía razón, si me obligaba a quedarme me destruiría.
Me preparé mentalmente para su negativa, conocía el carácter posesivo de Maximiliano Alexander, su necesidad absoluta de control y esa intensidad salvaje con la que solía aferrarse a lo que consideraba suyo. Esperaba que alzara la voz, que invocara la legalidad del contrato o que me suplicara que me quedara en el piso ejecutivos para tener una oportunidad de arreglar las cosas.
Pero para mi absoluta sorpresa, él simplemente asintió.
Lo miré fijamente, buscando alguna trampa o un rastro de ironía en sus facciones pero solo encontré una honestidad desgarradora. No estaba rindiéndose lo sentía, había algo en la fijeza de sus ojos grises que me indicó que estaba respetando mi dolor, dándome el espacio que le pedía porque entendía que obligarme a estar cerca de las consecuencias del embarazo de Gala era una crueldad que mi dignidad no merecía.
No había dado un paso mas cuando la puerta se abrio, no habían tocado pero yo sabía quién era. Evidentemente ella ya se había coronado como la próxima señora Alexander y actuaba como tal
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Editado: 20.07.2026