Un Huracán para el lobo

CAPITULO LX

KATHRYN

El segundero del reloj de pared de la recepción avanzaba con una regularidad implacable. Me ajusté los puños de un traje sastre negro azabache que había elegido meticulosamente esa mañana era el tributo, un uniforme de luto para despedir el futuro que nos habían arrebatado. Crucé el pasillo principal del último piso con la frente en alto, ignorando las miradas curiosas y los murmullos apagados del personal, que sin duda ya se habían percatado de la ausencia del diamante esmeralda en mi mano derecha.

Me detuve ante las puertas dobles del despacho de Maximiliano. Inspiré hondo, llenando mis pulmones de ese aire acondicionado helado y corporativo, y empujé la madera sin titubear.

Maximiliano estaba sentado detrás de su escritorio al verme entrar, se puso de pie de un salto con una rapidez violenta. Su silueta, habitualmente imponente y dominada por esa calma depredadora, lucía desgastada. Tenía la corbata ligeramente floja y unas sombras oscuras rodeaban sus ojos grises, delatando que no había pegado el ojo en toda la noche tras encontrar nuestro apartamento vacío.

  • Kathryn... - pronunció, su voz vibró con una mezcla de alivio y pánico contenido. Dio un paso hacia mí, pero mi postura estática lo obligó a detenerse a mitad del camino.
  • Vine a hablar de trabajo, Maximiliano. Por favor, siéntate - le pedí, modulando mi voz con una serenidad pasmosa que me costó jirones de alma mantener.

Él obedeció lentamente, sin apartar sus ojos de los míosbcomo si temiera que me desvaneciera si parpadeaba. Caminé hacia el centro del despacho colocándome frente a la mesa, pero no me senté. Quería que esta distancia física fuera el reflejo exacto de la distancia que ahora separaba nuestras vidas.

  • He revisado las cláusulas de mi vinculación con el grupo Alexander —comencé, entrelazando mis dedos descalzos de joyas frente a mí - Sé perfectamente que el alcance mi contrato exige que esté presente en esta oficina para liderar las operaciones. Sin embargo, dadas las circunstancias, necesito mantener distancia contigo. No te odio, Maximiliano de verdad no lo hago. Sé que no buscabas esto, pero realmente necesito este espacio para poder respirar.

Maximiliano apretó la mandíbula y vi cómo sus manos se cerraban en puños sobre el escritorio, conteniendo el impulso de rogarme porque sabía que yo tenía razón, si me obligaba a quedarme me destruiría.

  • Seguiré al frente del proyecto de Don Agustín - continué, manteniendo una madurez pacífica que me helaba la sangre - Es un compromiso profesional que no voy a abandonar pero gran parte de la gestión la haré desde casa. Solo vendré al edificio para las reuniones de junta directiva que sean estrictamente indispensables. No mezclaré lo que siento con mis obligaciones pero no puedo pretender que nada ha pasado ni que no me afecta mientras compartimos el mismo aire todos los días.

Me preparé mentalmente para su negativa, conocía el carácter posesivo de Maximiliano Alexander, su necesidad absoluta de control y esa intensidad salvaje con la que solía aferrarse a lo que consideraba suyo. Esperaba que alzara la voz, que invocara la legalidad del contrato o que me suplicara que me quedara en el piso ejecutivos para tener una oportunidad de arreglar las cosas.

Pero para mi absoluta sorpresa, él simplemente asintió.

  • Está bien, Kathryn - respondió. Su voz sonó apagada, arrastrando una trágica aceptación que me descolocó por completo. Bajó la mirada hacia la mesa, donde el anillo que le había devuelto el día anterior ya no estaba a la vista - Acepto tus condiciones. Si necesitas trabajar desde casa, tienes mi autorización absoluta. El departamento de sistemas configurará tus accesos remotos antes del mediodía.

Lo miré fijamente, buscando alguna trampa o un rastro de ironía en sus facciones pero solo encontré una honestidad desgarradora. No estaba rindiéndose lo sentía, había algo en la fijeza de sus ojos grises que me indicó que estaba respetando mi dolor, dándome el espacio que le pedía porque entendía que obligarme a estar cerca de las consecuencias del embarazo de Gala era una crueldad que mi dignidad no merecía.

  • Gracias, Maximiliano. Agradezco tu comprensión - añadí, dando media vuelta con una lentitud deliberada.
  • Kathryn - me llamó, me detuve pero no me giré - Dijiste que no me odias... ¿lo dices en serio?
  • Lo digo en serio, Maximiliano - contesté, mirando fijamente la madera de la entrada - El odio requiere una energía que prefiero usar para sanar lo que se me rompió ayer por dentro, cuida de Gala. Haz lo correcto por ese bebé.

No había dado un paso mas cuando la puerta se abrio, no habían tocado pero yo sabía quién era. Evidentemente ella ya se había coronado como la próxima señora Alexander y actuaba como tal




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.