Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXI

MAXIMILIANO

  • Max, tenemos que hablar ya mismo y empezar a planificar cómo vamos a manejar lo de nuestro bebe con los directivos y con la clín...

La voz de Gala, que había entrado con una alegria desbordante, se vio cortada en seco. Sus palabras se congelaron en el aire en el milisegundo exacto en que sus ojos repararon en la silueta de Kathryn, de frente a escasos centímetros de ella. El silencio que se instaló en el despacho se volvió instantáneamente denso, asfixiante, casi físico.

Ninguno de los dos pasó por alto lo que sucedió a continuación. No para mí, que observaba cada detalle con una fijeza quirúrgica, ni para Kathryn, que se tensó en su sitio. Fue un acto reflejo, un movimiento instintivo y primitivo, Gala llevó ambas manos a su vientre, cubriéndolo de una manera marcadamente protectora, como si la sola presencia de mi ex prometida representara una amenaza directa para el niño que llevaba dentro.

Ver a Kathryn bajar la mirada lentamente y clavar sus ojos grises en esa dirección, en las manos de Gala presionando su traje crema, me partió el alma. Fue un golpe devastador. Vi cómo los hombros de Kathryn, siempre erguidos bajo su impecable sastre negro, cedían de forma casi imperceptible bajo el peso de esa confirmación visual. Era la materialización de su peor pesadilla, el recordatorio físico de que el pasado se interponía ahora en cada intento de futuro.

Gala, reaccionando a la defensiva de su propio tropiezo, cambió el semblante de inmediato. Sus ojos se llenaron de lágrimas con una facilidad que me desconcertó y dio un paso atrás, despegando las manos de su cuerpo.

  • Oh... Kathryn... Dios, lo siento tanto - comenzó a decir Gala, con la voz quebrada por un temblor trémulo - No sabía que estabas aquí, de verdad... no era mi intención interrumpir ni...

Kathryn no se rebajó a la confrontación, ni siquiera emitió un reproche con una madurez pacífica que me heló la sangre, simplemente esquivó la figura de Gala, intentando abrirse paso hacia el pasillo para abandonar el edificio de una vez por todas. Toda aquella escena se sentía profundamente dolorosa, una herida abierta en mitad de mi oficina que yo no sabía cómo suturar debido a mi propia ignorancia que me amordazaba la lengua.

Estaba a punto de dar un paso al frente para detener a Kathryn, dispuesto a romper mi promesa de darle espacio, cuando las siguientes palabras de Gala me congelaron los pies al suelo.

  • Kathryn, por favor, no te vayas así - sollozó Gala, dándose la vuelta para mirarla mientras Kathryn ya pisaba el mármol del pasillo - Sé que estás dolida, pero... tú eres la mujer que Max eligió. Yo he decidido no interponerme por eso... por el gran aprecio que te tengo y por lo que significas para él, quiero que sepas que... que tú serás la madrina de nuestro hijo. Es lo mínimo que puedo hacer para que formes parte de su vida.

El aire pareció evaporarse por completo de la habitación. Me quedé rígido, mirando la espalda de Gala con una mezcla de desconcierto y horror contenido. Aquella propuesta, vestida de una supuesta y heroica nobleza, era el dardo más demente que se podía lanzar. Ofrecerle a Kathryn el papel de madrina del hijo de la mujer que había arruinado su futuro no era un gesto de paz, era una sentencia de muerte para su dignidad. Era obligarla a mirar las consecuencias de esa noche en la cabaña en cada bautizo, en cada cumpleaños, atándola a un recordatorio perpetuo de lo que nunca pudo ser suyo.

Clavé mi mirada en Kathryn, esperando la explosión, pero su reacción me desgarró el pecho una vez más. Se detuvo solo un instante, sin girar la cabeza manteniendo la frente en alto. No respondió a la evidente provocación simplemente reanudó su marcha con paso firme y pausado, dejando que el eco de sus tacones marcara el final definitivo de nuestra tregua.

En cuanto Kathryn desapareció por el pasillo, Gala cerró las puertas dobles con suavidad. Su llanto se contuvo en un segundo y la aptitud de mártir trágica dio paso a una expresión concentrada, la de una socia analítica que volvía a tomar las riendas de la situación. Se giró hacia mí, caminó con paso firme hacia las sillas frente a mi escritorio y se sentó, cruzando las piernas con elegancia.

  • Sé que ha sido un momento terrible, Max, pero ya no podemos seguir evadiendo la realidad - comenzó Gala, con una voz que recuperaba su habitual firmeza. Apoyó los brazos sobre la caoba, mirándome con absoluta fijeza - Kathryn ya tomó su decisión y te devolvió el anillo de compromiso, ahora tenemos que ser maduros. Tenemos que hablar seriamente de este bebé y de cómo vamos a estructurar nuestra propia convivencia a partir de hoy.

Me quedé helado en mi sitio, con las manos apoyadas contra el ventanal, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. La frialdad con la que pasaba del llanto por Kathryn a la planificación de nuestra vida juntos me dio un vuelco en el estómago.

  • ¿Convivencia, Gala? - repetí y mi voz vibró con una tensión peligrosa, ante la mujer desconocida que tenía enfrente. La Gala que conocía, la amiga con la que había crecido y superado muchas cosas no era esa mujer fría que tenía sentada en mi oficina.
  • Sí, Max. Convivencia - asintió ella, inmutable - Este niño es un Alexander, no podemos ocultar su existencia ni pretender que no afectará la dinámica de esta empresa y de nuestras vidas privadas. Tu apartamento es lo suficientemente grande o si lo prefieres podemos buscar una propiedad neutral. Necesito que estés presente en cada revisión médica, que organicemos los horarios de la oficina para que las largas noches de trabajo no afecten mi salud por el bienestar del niño y sobre todo, que definamos qué lugar voy a ocupar yo a tu lado frente a los medios y los inversionistas. No te estoy exigiendo un matrimonio ahora pero sí un compromiso real con la familia que nos guste o no, acabamos de iniciar

Escucharla hablar de departamentos compartidos, de revisiones médicas y de una vida entrelazada me provocó una profunda asfixia. Para mí, Gala seguía siendo mi amiga incondicional de toda la vida, la mujer que creía que estaba sufriendo por mi propia irresponsabilidad en la cabaña. No dudaba de su palabra, el sobre con los exámenes de la clínica central del grupo seguía ahí, validando su estado de gestación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.