MAXIMILIANO
Eran las dos de la mañana cuando el silencio del edificio Alexander se volvió absoluto. Las luces automáticas del piso ejecutivo se habían atenuado, dejando mi despacho sumido en una penumbra fría que encajaba perfectamente con el estado de mi mente. Me había quitado el saco y me había aflojado la corbata, pero la opresión en mi pecho no disminuía.
Sobre el escritorio descansaban dos cosas, la caja de terciopelo azul noche con el anillo de compromiso que Kathryn me había devuelto y el sobre de manila con el reporte médico de Gala. Los miré fijamente, dos verdades contradictorias. El amor de mi vida se había marchado a trabajar desde casa para proteger su salud mental asfixiada por la idea de convertirse en la intrusa de una familia que ella creía que era mi futuro y Gala, mi amiga incondicional, me había ofrecido horas antes una convivencia forzada para criar a un heredero Alexander, recordándome que el tiempo corría.
Gala es tu amiga, no mentiría me repetí por enésima vez pero el acto reflejo de mi mente analítica no respondía a la lealtad sino a los hechos. Y los hechos de aquella noche en la cabaña seguían enterrados bajo una laguna mental que me rehusaba a aceptar sin pelear.
Encendí la pantalla de mi computador y accedí al servidor privado Alexander. Esa cabaña arrastraba una carga trágica que me oprimía el corazón con solo evocarla, mi hermano había muerto en el incendio voraz que devoró parte de la propiedad original. Años después de aquella desgracia, yo mismo me había encargado de reconstruir el lugar y de instalar el circuito cerrado de cámaras de alta definición en el perímetro exterior por simple seguridad. La propiedad no utilizaba cerraduras electrónicas ni registros biométricos en el interior para preservar la privacidad de los recuerdos familiares; todo el control dependía de esos ojos digitales exteriores que yo había colocado. Tecleé mis códigos de acceso y busqué las grabaciones correspondientes al fin de semana de hace exactamente seis semanas, la fecha crítica que el doctor Julián Méndez había certificado en el historial médico de Gala.
Mis dedos se movieron con rapidez sobre el teclado, seleccionando el canal de la cámara que apuntaba directamente a la entrada principal y al porche de la cabaña. Una barra de reproducción de video iluminó mi rostro con un brillo azulado. Adelanté la grabación hasta las horas de la noche.
De pronto, la pantalla me devolvió una imagen que me hizo contener el aliento, en la grabación vi cuando llegué a la cabaña con Kathryn. Su silueta era inconfundible, cada escena era nitida en mi memoria.
La silueta de ella afuera del porche bajo la luz tenue junto a su terquedad de quedarse afuera, si entrada a la casa, mi intento de abrir ese pasado que tanto dolía mientras ella se mantenía distante esa noche, el ambiente estaba cargado de reproches y dolores no resueltos.
Continué reproduciendo el video. Poco tiempo después la grabación captó la llegada de Gala. El contador de la pantalla avanzaba lento mientras su auto se detenía en el camino. Se vio una larga vacilación por su parte, las luces de sus faros permanecieron encendidas, recortando las sombras de los árboles, como si estuviera debatiéndose antes de dar el siguiente paso. Finalmente, tras esos minutos de tensa espera vi a Gala bajar y entrar decidida a la cabaña. Llevaba una botella de vino en la mano, un escudo con una clara intención distraerme, cambiar de tema a toda costa para evitar que yo continuara con la dolorosa conversación sobre mi hermano difunto y mi cuñada, interrumpiendo lo que estaba ocurriendo en el interior.
Apenas unos minutos después de ver a Gala entrar, la puerta principal volvió a abrirse de golpe. La cámara captó a Kathryn salir huyendo de la cabaña, desbordada, corriendo hacia mi coche con una urgencia desesperada. Encendió el motor y se perdió en la oscuridad de la noche a toda velocidad, escapando de la propiedad.
A partir de ahí, me vi a mí mismo poco después en la grabación. Salí al porche, completamente quebrado por la huida de Kathryn y me quedé allí afuera, tomando alcohol directamente de la botella bajo un frío incesante que entumecía los árboles. Se notaba a leguas mi andar errático y la desesperación salvaje que me dominaba. La llame y poco después, Gala apareció en el encuadre, se acercó a mí y tomándome por el hombro, me llevó hacia adentro de la cabaña totalmente ebrio, incapaz de sostenerme por mi propia cuenta.
La cámara continuó registrando la quietud exterior de la finca. Yo no veía un engaño evidente de Gala todavía la narrativa de su historia seguía pareciendo real pero 25 minutos después de haberme metido a la casa, la puerta principal volvió a abrirse. El reloj digital en la esquina de la pantalla mostraba exactamente las 3:45 AM.
Gala salió al porche, caminó con paso firme hacia su coche en mitad de la madrugada para buscar algo en el interior del vehículo. Me incliné hacia el monitor, forzando la vista. Lo que me congeló la sangre no fue lo que buscaba, sino su lenguaje corporal no mostraba ningún síntoma de estar siquiera mareada o afectada por el alcohol. Se movía con una lucidez asombrosa, con una pulcritud fría que no encajaba con el relato de una noche de impulsos descontrolados y copas compartidas. Tras cerrar la puerta del auto, regresó sobre sus pasos y volvió a entrar a la cabaña, cerrando tras de sí.
Me quedé completamente rígido en la silla ejecutiva, con el cursor congelado y la respiración contenida. Aunque las seis semanas de gestación seguían impresas en el papel firmado por el doctor Julián Méndez y Gala seguía pareciendo la amiga fiel que cargaba con una consecuencia dolorosa, esa extrema lucidez a las 3:45 AM abrió una grieta incómoda en mi mente. Algo en la perfecta coreografía de esa madrugada simplemente no cuadraba.
Apoyé los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos mientras una frustración helada me llenaba las venas, Kathryn estaría a salvo en su casa a partir de mañana, avanzando en el proyecto de Don Agustín lejos de este nido de víboras, creyendo con una madurez trágica que probablemente yo intentaba formar una familia. No iba a llamarla para sembrar dudas débiles que solo ensancharían nuestra distancia pero mañana por la mañana, mi primera acción no sería planificar ninguna estructura familiar con Gala, iría a la clínica central del grupo.
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Editado: 20.07.2026