Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXII

GALA

La taza de porcelana fina descansaba entre mis dedos con una ligereza celestial. Desde el gran ventanal de mi despacho, contemplaba la ciudad sintiendo que por primera vez en años, el aire del edificio Alexander no me resultaba asfixiante. Al contrario, el zumbido del aire acondicionado ahora me parecía el suave murmullo de una orquesta celebrando mi victoria.

Había sido una ejecución perfecta, milimétrica. Kathryn Serrano ya no caminaba por estos pasillos, su mirada de silenciosa devastación se había mudado a la periferia, confinadas al aislamiento del trabajo remoto desde su casa tal como lo había previsto. Ella creía que se marchaba por decisión propia pero la realidad era que yo la había expulsado de nuestro territorio sin necesidad de levantarle la voz.

La sola propuesta de convertirla en la madrina del bebé había sido el dardo venenoso definitivo, su absurdo orgullo y su dolorosa madurez habían reaccionado exactamente como lo había planeado. Ninguna mujer con su rectitud soportaría construir su compromiso sobre el sacrificio de un hijo que ella creía verídico. El diamante de talla esmeralda estaba de vuelta en el cajón de Maximiliano, y la intrusa fuera del mapa

«Un compromiso real, la familia que acabamos de iniciar, me repetí en voz baja, saboreando el coñac que había mezclado con mi café me hacian sentir orgullosa de mi alcance.

Cuando acorralé a Maximiliano en su escritorio tras la huida de Kathryn, vi el pánico en sus ojos grises. Estaba completamente quebrado por la culpa, arrastrando el peso muerto de una laguna mental que su propia memoria se negaba a reconstruir. Su caballerosidad y su estricto código de honor lo tenían contra las cuerdas aunque me habíañ dicho que no pensaba convivir conmigo yo conocía a Maximiliano Alexander mejor que nadie, conocía perfectamente su talón de Aquiles.

Él jamás desampararía a un heredero de su propia sangre y mucho menos después de que me ofrecí como una mártir trágica dispuesta a abortar por su felicidad. El remordimiento terminaría por doblarle las rodillas, era solo cuestión de días para que el silencio de su apartamento vacío lo asfixiara lo suficiente como para aceptar la estructura familiar que yo misma le había diseñado. Terminaría cediendo a la convivencia, no por amor sino por la implacable inercia de sus responsabilidades corporativas y familiares.

Lo mejor de todo era la absoluta tranquilidad con la que manejaba los hilos de la ciencia a mi favor. Julián Méndez, el ginecólogo de la clínica central del grupo, era el único cabo suelto que podría ponerme en riesgo si Maximiliano decidía presionar de manera analítica, él era un negociador implacable y su mente siempre buscaba auditar los detalles, pero yo ya me había encargado de blindar esa salida con una jugada maestra.

A primera hora de la mañana antes que el día empezará, le transferí una jugosa suma de dinero para los viáticos de un simposio internacional de ginecología avanzada en Ginebra. El vuelo había salido hacía un par de horas, a está hora ya Julián estaría fuera del país, incomunicable en conferencias y paneles médicos durante las próximas dos semanas. Para cuando regresara, la farsa del embarazo ya estaría tan integrada en la rutina pública de Maximiliano y los asesores de imagen del consorcio ya habrían manejado tanto la noticia de nuestra convivencia frente a los inversionistas, que cualquier intento de buscar una verdad sería inútil. La distancia y el tiempo jugarían a mi favor, desgastando la poca resistencia que a Maximiliano le quedaba.

Apoyé la taza sobre mi escritorio y sonreí para el despacho vacío, brindando porque la victoria era un hecho consumado. Kathryn estaria en su casa ocupada lidiando con el dolor de la ruptura, Julián estaba cruzando el Atlántico blindando mi secreto y Maximiliano no tenía más opción que hundirse en la culpa de su noche de whisky en la cabaña.

Todo era perfecto, ellos pagarían por lo que nos habían hecho a mi padre y a mi, por culpa de Kathryn había perdido al único familiar que me quedaba y yo le había devuelto el favor quitándole lo que mas amaba, a Maximiliano Alexander.




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