KATHRYN
Las primeras tres semanas de aislamiento en mi apartamento pasaron en una penumbra ejecutiva y silenciosa. Configuré mi oficina remota frente al gran ventanal que daba al jardín, decidida a que el trabajo fuera el único anclaje que me mantuviera en pie. Sepultarme en las proyecciones financieras del proyecto de Don Agustín era mi forma de sanar o al menos, de adormecer el dolor sordo que me presionaba el pecho cada mañana. El proyecto avanzaba a un ritmo impecable, mi mente analítica seguía funcionando con una frialdad matemática que despertaba la admiración de los inversionistas. Cumplía con mis entregas, lideraba las videollamadas con el equipo de Don Agustín y mantenía mi palabra de no mezclar lo profesional con la devastación de mi vida privada.
Mantuve mi armadura puesta, incluso en la soledad de mi casa. No me permitía llorar ni reprocharle nada al universo. Mi lucha siempre había sido contra el peso de la historia de Maximiliano antes de mí y me había apartado con una madurez trágica y pacífica para no ser la intrusa que destruyera una oportunidad de familia.
Sin embargo, el mundo corporativo del edificio Alexander no conocía el respeto ni la distancia, a través de los correos internos desfiltrados y los mensajes discretos de algunas asistentes que aún me guardaban lealtad, los rumores de la oficina llegaban a mi pantalla como ráfagas de gas venenoso. El edificio entero no hablaba de otra cosa, el hijo de Gala y Maximiliano. Los pasillos eran un hervidero de comentarios sobre los malestares de la nueva vicepresidents, las atenciones protectoras que Maximiliano tenía con ella y las reuniones de los asesores de imagen para estructurar cómo se anunciaría la noticia ante los medios para mantener la estabilidad de las acciones. Escuchar que su pasado finalmente se había convertido en un presente público y corporativo me calaba hasta los huesos pero me obligaba a tragarme el nudo de la garganta y a seguir tecleando sobre los informes de Don Agustín.
Hasta que mi propio cuerpo decidió romper el pacto de silencio.
Comenzó como un cansancio inusual que atribuí a las largas noches frente a la computadora, seguido por una sutil pero persistente náusea matutina que intenté ignorar durante días. Me repetí a mí misma que era el estrés, la gastritis provocada por el café amargo y el desgaste emocional de asimilar el fin de mi compromiso. Pero esta mañana, el mareo fue tan violento que me obligó a sostenerme del borde del lavabo del baño, exactamente de la misma manera protectora en que vi a Gala hacerlo semanas atrás en mi oficina.
El impacto de la sospecha me congeló la sangre, con las manos temblorosas, abrí el cajón del botiquín y saqué una prueba de laboratorio casera que había comprado en un arrebato de puro pánico la tarde anterior.
Los minutos de espera frente al pequeño objeto de plástico sobre el mármol frío fueron la tortura más agónica de mi vida. Cuando finalmente me armé de valor para mirar, dos líneas rosadas y nítidas me devolvieron la mirada desde el visor.
Positiva.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un sollozo que finalmente rompió mi armadura. Las lágrimas, contenidas durante semanas de orgullo y dignidad, me nublaron la vista mientras caía de rodillas contra el suelo del baño. Estaba embarazada. Un hijo mío y de Maximiliano Alexander venía en camino, concebido en los últimos días de nuestra felicidad absoluta, justo antes de que el episodio de la cabaña lo destruyera todo.
El terror me atenazó el pecho. Mientras la oficina de los Alexander celebraba al heredero de Gala, la ironía más cruel de mi destino se materializaba en mi vientre. Ahora la encrucijada era desgarradora. Si le decía a Maximiliano que estaba esperando un hijo suyo, él vendría corriendo a mí, impulsado por ese salvaje instinto de protección que lo caracterizaba. Pero, ¿a qué costo? Regresaría arrastrando la culpa de abandonar el bebé de Gala, obligándome a construir mi nido sobre el cadáver del hijo que ella estaba dispuesta a sacrificar por nosotros. Me negaba a usar a mi bebé como un arma de negociación en una guerra de pasados.
Me erguí lentamente, limpiándome las lágrimas con una determinación nueva, miré mi reflejo en el espejo. Mi piel estaba pálida, pero mis ojos recuperaron un brillo de absoluta lucidez. No iba a decir nada, no todavía. Seguiría trabajando de forma remota, cerrando el proyecto de Don Agustín desde el aislamiento de mi hogar, protegiendo este secreto con mi propia vida. Maximiliano seguiría creyendo que nuestra historia estaba sellada, sin tener la menor idea de que la única verdad que de verdad me importaba crecía en absoluto silencio lejos de su imperio corporativo.
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Editado: 20.07.2026