Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXV

GALA

Observé las velas consumirse lentamente sobre el centro de mesa, proyectando sombras alargadas en las paredes de mi comedor privado. El ambiente era perfecto, una cena íntima en mi apartamento, luz cálida, música suave y un menú exclusivo que había ordenado con meticulosidad para celebrar la ausencia definitiva de Kathryn Serrano. Ella ya llevaba tres semanas confinada al aislamiento de su apartamento trabajando de manera remota y yo no iba a desperdiciar esa ventaja.

Frente a mí, Maximiliano sostenía una copa de vino tinto sin beber, con la mirada perdida en el reflejo del cristal. Su silueta, habitualmente imponente, cargaba con el peso muerto de la culpa que yo misma le había inyectado en las venas. Estaba demacrado, atrapado en la farsa de su laguna mental de la cabaña.

Decidí que era el momento exacto para cerrar la soga.

Deslicé sobre el mantel de lino un documento encuadernado en piel negra. El acuerdo de convivencia corporativa y familiar que mis abogados habían redactado bajo mis estrictas instrucciones.

  • Sé que estás abrumado, Max, han sido dias difíciles pero no podemos seguir viviendo en el limbo - comencé, modulando mi voz en un tono de trágica y dulce madurez - Kathryn ya no está en el edificio, los directivos están haciendo preguntas incómodas y el tiempo corre. Este documento es el compromiso real que nuestra nueva situación familiar necesita estructura nuestra convivencia, organiza los tiempos de la oficina para cuidar mi salud y define mi lugar a tu lado frente a los medios. Solo falta tu firma para traer un poco de orden a este caos.

Maximiliano apartó la mirada del vino y fijó sus ojos grises en el papel. Vi la rigidez en su mandíbula, esa tensión extrema que delataba cuánto le costaba aceptar que el futuro que planeó con Kathryn se había desvanecido. Suspiró con una pesadez que me causó una profunda satisfacción.

  • Gala, escúchame bien - pronunció, su voz sonó apagada, pero arrastrando una firmeza implacable - Te lo dije en el despacho y te lo repito hoy. Yo me haré cargo de ti, me haré cargo de este bebé, él tendrá mi apellido, el respaldo absoluto de mi parte y no le faltará jamás el amparo de todo el imperio Alexander. Cumpliré con mi responsabilidad como el hombre que soy.

Se inclinó hacia delante, cruzando los brazos sobre la mesa, mirándome con una frialdad que me congeló los labios.

  • Pero no puedo ofrecerte más que eso, no habrá mudanzas conjuntas, ni vidas compartidas, ni voy a fingir una relación sentimental que jamás ha existido. Mi compromiso con Kathryn se rompió, pero mi amor por ella sigue intacto. No voy a firmar un acuerdo que me ate a una farsa en mi vida privada.

Apreté los dedos debajo de la mesa, sintiendo una punzada de rabia salvaje quemándome la garganta. ¿Cómo se atrevía a seguir invocando el fantasma de esa trepadora estando yo embarazada de su supuesto heredero? El rechazo me dolió, pero mi mente entrenada para los negocios de alto riesgo, tomó el control de inmediato. No iba a echar a perder semanas de actuación impecable por una rabieta de orgullo.

Forcé una mirada de comprensión infinita, permitiendo que mis ojos se humedecieran con una facilidad ensayada. Esbocé una sonrisa triste y agaché la cabeza, luciendo como la amiga incondicional que aceptaba su destino con heroica nobleza.

  • Lo entiendo, Max. De verdad lo entiendo - susurré, estirando la mano para rozar la suya sobre la mesa de forma sumisa - Perdóname si te presioné demasiado rápido. Estás herido y lo último que quiero es convertirme en una carga o en una obligación para ti. Tienes razón, lo primero es la estabilidad del consorcio y el bienestar del niño. No te forzaré a firmar nada que te haga infeliz. Me basta con saber que mi hijo tendrá a su padre presente.

Maximiliano suavizó la mirada, visiblemente aliviado al creer que volvía a ser la confidente comprensiva de siempre, cediendo ante sus condiciones. Retiró la mano con delicadeza, disculpándose por tener que retirarse temprano debido al cansancio acumulado de la empresa. En cuanto la puerta principal de mi apartamento se cerró tras su salida, mi rostro se transformó por completo. Borré la debilidad de mis facciones, me puse en pie y apagué las velas de un solo soplido violento, dejando la estancia sumida en la oscuridad.

  • Disfruta tu pequeña victoria de esta noche, Maximiliano - susurré para el comedor vacío, sirviéndome un trago puro de coñac - Sigue creyendo que puedes ponerme límites.

Fingir que lo entendía era parte del juego, pero mi mente ya estaba planificando una estrategia contundente, una que no dependería de sus remordimientos ni de su caballerosidad. Si Maximiliano se negaba a firmar el acuerdo de convivencia por las buenas, lo obligaría por las malas. Mañana mismo utilizaría a los asesores de imagen para filtrar de forma anónima a la prensa de negocios los detalles de mi "embarazo de riesgo" y los rumores de nuestra próxima unión familiar. Desataría una presión mediática y bursátil tan brutal sobre el apellido Alexander que él no tendría más opción que mudarse conmigo para salvar las acciones del grupo.




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