KATHRYN
El contraste de mi realidad era una ironía desgarradora mientras el edificio Alexander celebraba y planificaba el futuro del hijo que Gala llevaba en su vientre, la única verdad que me quedaba a mí crecía en absoluto secreto, lejos de su órbita corporativa. Yo no dudaba de la palabra de Gala mi madurez y mi lógica no me permitían buscar consuelos falsos ni fantasías convenientes. Había escuchado aquella llamada en el altavoz de mi línea directa, la trágica nobleza con la que ella se ofrecía a interrumpir su embarazo para no estorbarnos y sabía que Maximiliano arrastraba el peso muerto de esa noche en la cabaña. Gala estaba verdaderamente embarazada de él, esa era una realidad implacable que yo aceptaba con una tristeza pacífica, una consecuencia real de una antigua historia en la que no me cuidaron. Y era precisamente por el peso de esa verdad que mi silencio debía ser inquebrantable en las semanas por venir.
Regresé a mi auto con la frente en alto y la armadura intacta, acomodando el bolso en el asiento del copiloto. Arrancé el motor y me incorporé al tráfico de la ciudad, sintiendo el peso del sobre con mi ecografía legítima golpeando contra mis pertenencias. Las calles se extendían ante mí desdibujadas por la llovizna, pero en mi mente todo se mantenía con una lucidez quirúrgica.
No iba a usar mi embarazo para competir contra el de Gala, no iba a rebajar la dignidad de mi hijo convirtiéndolo en una moneda de cambio en una guerra de reclamos o un escudo para recuperar un anillo de compromiso que ya había devuelto. Si Maximiliano se enteraba de que yo también esperaba un hijo suyo, su salvaje instinto de protección y ese carácter posesivo que tanto lo caracterizaba lo harían romper cualquier acuerdo con Gala para correr de inmediato a mi lado pero lo haría arrastrando el remordimiento eterno de haber abandonado a su otro hijo o de haber obligado a Gala de manera indirecta a cometer una locura. Nuestro nuevo comienzo nacería muerto, emponzoñado por la sombra de un bebé sacrificado o relegado por mi culpa. Yo amaba a Maximiliano con una intensidad que me desgarraba el pecho, pero mi amor propio y el respeto por la vida que ellos habían iniciado en su pasado estaban por encima de mis propios deseos de felicidad.
Llegué a mi apartamento y me despojé del abrigo largo oscuro, colgándolo en el recibidor. Caminé hacia el salón principal y me senté de nuevo frente al ventanal que daba al jardín, donde las primeras flores de la temporada empezaban a brotar ajenas a las tormentas ejecutivas del consorcio. Encendí la computadora y abrí las carpetas del proyecto de Don Agustín. Mis manos, que aún conservaban un ligero temblor por la impresión de la consulta médica, se asentaron sobre el teclado con una frialdad matemática.
Revisé las bitácoras fiscales, los contratos de expansión hotelera y los informes de riesgos que debía enviar al piso ejecutivo antes de las cinco de la tarde. Cumpliría con cada entrega de forma impecable. Lideraría las videoconferencias con la frente en alto, manteniendo esa cordialidad pacífica que tanto descolocaba a Maximiliano en nuestras breves interacciones profesionales. Seguiría trabajando desde el aislamiento de mi hogar, protegiendo este secreto con mi propia vida, blindando mis emociones detrás de la pantalla para que nadie en el edificio Alexander pudiera notar la sutil transformación de mi cuerpo.
Maximiliano continuaría atrapado en las redes de la responsabilidad, él seguiría asumiendo el destino que su antigua historia le había marcado con fuego, lidiando con la culpa y organizando la estructura familiar que Gala le exigía para calmar las aguas corporativas. Dejaría que él hiciera lo correcto por ese niño, tal como se lo pedí el día que le entregué el diamante en su despacho. No interferiría en su camino ni sembraría dudas sobre un pasado que ya había echado raíces. Él seguiría su marcha en el consorcio, creyendo que nuestro mañana estaba sentenciado y definitivo, sin sospechar ni por un segundo que el único futuro que de verdad me importaba crecía en absoluto silencio y en secreto, muy lejos de su alcance y de su imperio corporativo.
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Editado: 20.07.2026