MAXIMILIANO
El motor del auto roncaba en un ralentí pausado mientras esperaba frente a la entrada principal del edificio de Gala. No apagué el contacto. Hoy era el día de su primera consulta oficial de seguimiento en la clínica central del grupo Alexander y tal como me había comprometido pasé a buscarla puntual. Sin embargo, me quedé al volante con la mirada fija en las puertas de cristal del vestíbulo. No iba a subir a su apartamento me negaba a darle motivos para que se hiciera más ilusiones o para que malinterpretara mi presencia, mi asistencia era un acto de estricta responsabilidad con el heredero de mi apellido, no el preámbulo de la convivencia forzada que ella pretendía estructurar.
La puerta del copiloto se abrió y Gala entró al vehículo con esa elegancia que la caracterizaba. Llevaba un vestido de punto color beige y una gabardina ligera. Me dedicó una sonrisa cargada de esa dulzura que últimamente me ponía en guardia.
Puse el auto en marcha y me incorporé al tráfico de la avenida principal. El silencio duró apenas un par de calles antes de que ella decidiera romperlo, girándose ligeramente hacia mí con un entusiasmo que me resultó asfixiante.
Escucharla hablar de compras de cunas, de ropa y de una planificación conjunta me provocó una opresión violenta en el pecho. Mantuve la vista fija en el asfalto pero en ese microsegundo de debilidad, la defensa de mi mente falló. Dejé que mi cerebro me traicionara por completo.
La imagen me golpeó con la fuerza de un impacto físico, no era Gala la que iba en el asiento del copiloto. Era Kathryn.
Gala me miró sorprendida por la aspereza de mi respuesta pero la verdad era que yo apenas la estaba escuchando. Mi mente se había negado a regresar por completo al interior del auto. La traición de mi propio cerebro había sido demasiado profunda, demasiado vívida y el dolor de la fantasía seguía quemándome el pecho con la fuerza de un impacto físico.
Me obligué a mantener los ojos fijos en el asfalto de la avenida pero la imagen mental se negó a borrarse al contrario, cobró una nitidez tortuosa. En ese segundo de debilidad absoluta, no solo imaginé a Kathryn Serrano sentada a mi lado discutiendo sobre pañales o cunas con esa espontaneidad que tanto la caracterizaba. La imaginé vestida con ropa materna. Visualicé su figura, habitualmente estilizada adaptada a la suave curva de un embarazo real.
Me pareció verla con un vestido holgado de algodón fino, de esos que abrazan el cuerpo con delicadeza y con una de sus manos descansando sobre su vientre de manera verdaderamente protectora. Una protección nacida del amor puro, de la complicidad absoluta que solíamos compartir en la intimidad de nuestro apartamento antes de que las sombras nos asfixiaran.
Ese pensamiento la sola idea de un heredero Alexander gestado por la única mujer que me pertenecía me provocó una oleada de felicidad tan intensa que me costó respirar, seguida de inmediato por una culpa salvaje que me revolvió el estómago. Ese era el hijo que de verdad me hubiera hecho feliz. Un hijo que simbolizaba un nuevo comienzo real y no el ancla de remordimiento y sospechas que ahora me ataba al asiento de al lado.
Apreté el volante con tanta fuerza que sentí el cuero crujir bajo la presión de mis palmas. Los nudillos se me volvieron completamente blancos mientras me obligaba a tragarme el nudo de la garganta. Era una tortura maldita. Kathryn estaba en su casa, cumpliendo con su palabra de trabajar de forma remota en el proyecto de Don Agustín para resguardar su dignidad, lidiando en absoluto aislamiento con la dolorosa creencia de que Gala y yo estábamos planeando una familia. Ella se estaba sacrificando en silencio por lo que creía una verdad inevitable y yo me encontraba aquí, atrapado en el papel de un hombre responsable que llevaba a la futura madre de su hijo a una revisión médica.
No le contesté. El carro se detuvo frente al semáforo en rojo y aproveché para soltar el volante por un segundo, frotándome las sienes con frustración. Gala creía que mi rechazo era solo un arrebato de orgullo herido y que la inercia del embarazo terminaría por doblarme las rodillas ante su propuesta de convivencia.
Estaba completamente ajena a que esa extraña e incómoda inconsistencia que había descubierto en los vídeos de la cabaña a las 3:45 AM seguía dándome vueltas en la cabeza por otra parte Julián Méndez continuaba en Ginebra en su oportuno simposio, pero la cita de hoy la atendería el médico de guardia de la clínica central del grupo. Entraría a ese consultorio dispuesto a cumplir con mi deber de padre, pero con los ojos bien abiertos, buscando la anomalía que me permitiera rasgar la red que me estaba separando del único mañana que de verdad deseaba.
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Editado: 10.08.2026