GALA
Observé de reojo el perfil rígido de Maximiliano mientras mantenía la vista fija en el asfalto. Su mandíbula tensa y el agarre violento con el que estrujaba el volante me indicaban que su mente seguía atrapada en el fantasma de Kathryn Serrano. Él creía que su aparente frialdad y su negativa a acompañarme de compras eran una victoria de su orgullo, pero yo no me inmuté. Al contrario, sentí una oleada de profunda satisfacción recorriéndome las venas. Mi red estaba perfectamente tejida y éla pesar de toda su famosa calma depredadora, estaba caminando directo hacia el centro de mi telaraña.
Maximiliano se creía un estratega implacable pero subestimaba mi capacidad de anticipación. Él asumía que la partida de Julián Méndez a Ginebra había sido una simple coincidencia que me dejaría a merced del médico de guardia de la clínica central del grupo. Qué ingenuo. Yo tenía todo planeado al milímetro, Julián no estaba en el país porque yo misma lo había sacado del tablero pero no iba a dejar un cabo tan suelto como un doctor aleatorio de la empresa que pudiera exponer el expediente falsificado.
Desde el mismo momento que llamé a Julián me había encargado de buscar a otro médico dentro de la misma clínica. Un especialista con una reputación impecable pero con debilidades financieras muy específicas, al que le había pagado muchísimo dinero para mantener esta farsa intacta. Cada informe, cada supuesta ecografía y cada síntoma anotado en el servidor privado del consorcio Alexander en el futuro estaba blindado bajo su firma corrupta.
Después de tanta insistencia de mi parte para que Maximiliano me acompañara a la consulta, finalmente lo había conseguido. Lo tenía aquí, sentado a mi lado en el auto, cumpliendo con su papel de hombre responsable. Hoy saldría de esa consulta médica con Maximiliano Alexander pidiéndome por el bienestar y la seguridad de ese pequeño inexistente que supuestamente crecía en mi vientre, que me mudara con él. Su estricto código de honor caballeresco y la presión del expediente que estaba a punto de ver no le dejarían otra opción. Doblaría las rodillas ante la inercia de sus responsabilidades y la convivencia que me correspondía por derecho de antigüedad sería un hecho consumado.
El auto se detuvo en el estacionamiento subterráneo de la clínica. Maximiliano bajó de inmediato, rodeó el vehículo y me abrió la puerta con una cortesía fría y distante, la misma que usaría con un socio de negocios incómodo. Subimos en el ascensor en un silencio sepulcral hasta el cuarto piso, el área de obstetricia de alta prioridad. Al llegar al mostrador, la recepcionista nos indicó que el doctor nos recibiría en cinco minutos.
Nos sentamos en las sillas de cuero de la sala de espera. Miré a Maximiliano, mantenía los brazos cruzados sobre el pecho con los ojos grises fijos en la puerta del consultorio, analizando el entorno como si estuviera a punto de cerrar una fusión hostil. Su mente seguía despierta y eso representaba un peligro. Aunque el médico estaba firmemente en mi bolsillo, no podía arriesgarme a que Maximiliano entrara al consultorio y empezara a hacer preguntas técnicas de manera directa antes de que yo pudiera alinear los últimos detalles con mi aliado.
Necesitaba alejarlo, necesitaba unos minutos a solas con el doctor para asegurarme de que la actuación de hoy fuera perfecta y que el sobre con las imágenes falsificadas se entregara en el momento exacto de máxima tensión emocional. Me llevé una mano a la frente, fingiendo un sutil mareo y solté un suspiro trémulo que captó su atención de inmediato.
Maximiliano me miró con una mezcla de fastidio ejecutivo y esa culpa caballeresca que lo obligaba a reaccionar ante mis supuestos malestares. Se puso de pie de inmediato, ajustándose el saco de sastre.
Lo observé caminar hacia los ascensores con paso firme y rápido. En cuanto las puertas de metal se cerraron tras él, borré la fragilidad de mis facciones de un solo golpe. Me puse de pie con una lucidez absoluta, me arreglé la gabardina crema y caminé directo hacia la puerta del consultorio privado, empujándola sin llamar. Era hora de dar las últimas instrucciones a mi costoso empleado antes de que el gigante de arcilla regresara con mi dulce, completamente ajeno a que el escenario ya estaba listo para el tiro de gracia.
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Editado: 10.08.2026