MAXIMILIANO
Bajé las escaleras mecánicas hacia la salida con el encargo de Gala pesando en mi mente de una forma casi física. Trataba de concientizarme de la realidad que el destino me había impuesto, forzándome a asimilar que la madre de mi hijo era ella. Habíamos sido amigos desde hacía muchísimos años conocía sus silencios, sus ambiciones y sus flaquezas. No la odiaba, pero la sola idea de construir una convivencia a su lado me provocaba una profunda asfixia. Mi estricto código de honor me obligaba a cumplir, a proteger a ese heredero que venía en camino tras la noche de la cabaña pero mi alma seguía perteneciendo a la mujer que se había marchado para salvar la vida de ese niño.
Crucé la calle dispuesto a ir a la cafetería a comprar lo que Gala me había pedido, el lugar se encontraba en un pequeño centro comercial de dia pisos con oficinas de diferentes áreas, al entrar en el pasillo principal que conectaba la cafetería con el área de laboratorios, el mundo pareció detenerse de golpe.
Vi a Kathryn bajarse de su auto.
Caminaba un poco más adelante, de espaldas a mí. Llevaba un abrigo largo oscuro que no lograba ocultar la elegancia majestuosa de su porte. Estaba tan hermosa que el corazón me dio un vuelco violento contra las costillas, rompiendo en un segundo la fría compostura que tanto me había costado mantener. El instinto salvaje de tenerla cerca me dominó, aceleré el paso, dispuesto a acortar la distancia a aprovechar esa coincidencia bendita para saludarla, mirarla a los ojos y preguntarle si estaba bien, si su aislamiento en casa no la estaba destruyendo tanto como a mí.
Pero antes de que pudiera pronunciar su nombre, ella se detuvo. Miró a ambos lados del pasillo con una cautela que me pareció extraña, empujó la puerta de madera y entró directamente a un consultorio privado.
Me quedé petrificado a mitad del pasillo. Avancé unos pasos lentos, como si caminara sobre un campo minado, hasta quedar frente a la entrada donde ella acababa de desaparecer. Clavé los ojos en la placa de acero inoxidable atornillada a un costado de la puerta. Las letras grabadas en el metal me dejaron completamente helado, Dra. Elena Rostova – Ginecóloga Obstetra.
El aire se evaporó de mis pulmones. Inspiré hondo, sintiendo un torbellino de emociones contradictorias golpeándome las entrañas con una violencia salvaje. ¿Qué hacía Kathryn Serrano en una consulta de obstetricia, en un consultorio totalmente ajeno a la red médica de nuestra empresa y en absoluto secreto? Mi primer impulso, primitivo y posesivo, fue girar la manija, irrumpir en la habitación y exigir una respuesta.
Pero me detuve en seco. La fría lucidez de mi mente tomó el control justo a tiempo, no podía cometer una locura, no iba a hacer una escena humillante que terminara por destruir el último hilo de respeto que nos unía. Debía confirmar mis sospechas con absoluta certeza antes de dar un solo paso.
Obligué a mis piernas a dar media vuelta. Con el pulso acelerado y la cabeza dándome vueltas, caminé hacia el mostrador de la cafetería, compré el dulce que Gala me había pedido para su baja de presión y subí de regreso al consultorio donde me esperaban.
Llegué justo a tiempo. Las puertas del ascensor se abrieron y vi a Gala esperándome en la sala de espera, luciendo esa máscara de fragilidad que ahora me causaba un profundo recelo. Le entregué el pastelillo sin pronunciar palabra y en ese mismo instante la enfermera pronunció su nombre, indicándonos que podíamos ingresar al consultorio.
Pasamos al chequeo médico. Gala se acomodó en la camilla mientras el especialista un doctor nuevo al que no conocía comenzaba a revisar los expedientes en la pantalla y a hablar sobre los niveles hormonales, las semanas de gestación y los cuidados que debíamos mantener debido a sus mareos matutinos.
Yo estaba físicamente allí, de pie al lado de la camilla cumpliendo con mi papel de hombre responsable y protector pero la realidad era que no escuchaba absolutamente nada de lo que decía el médico. Su voz era un zumbido lejano, un eco borroso que mi cerebro descartaba por completo. Mi mente, mis ojos grises y cada una de mis fibras analíticas estaban enfrente clavadas en esa placa de metal y en la silueta de Kathryn oculta detrás de una puerta.
Una sospecha monumental, mil veces más poderosa que cualquier farsa corporativa, acababa de encenderse en mi pecho y me encargaría de mover el cielo y la tierra para descubrir qué verdad me estaba ocultando la única mujer que de verdad amaba.
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Editado: 10.08.2026