GALA
El monitor de la clínica emitía un pitido rítmico, pero el verdadero sonido que llenaba el consultorio era el peso de una ausencia intolerable. Mientras el médico detallaba con una seriedad impecable el supuesto estado de mi delicada salud, enumerando las repercusiones críticas que el estrés podría tener en mi embarazo, yo no apartaba los ojos de Maximiliano.
Estaba allí, de pie junto a la camilla con su impecable traje y los brazos cruzados sobre el pecho. Su imponente silueta proyectaba la autoridad de siempre, pero era una cáscara vacía. Su mirada estaba fija en la pared del fondo, completamente perdida, como si las palabras del especialista fueran el zumbido molesto de un insecto. No hizo una sola pregunta, no mostró un atisbo de esa alarma protectora que yo había planeado arrancarle con su culpa de la cabaña.
Tuve que respirar hondo, tragándome la oleada de rabia que me quemaba la garganta, y fingir que no pasaba nada. Obligué a mis labios a mantener esa expresión trágica y sumisa de la madre que teme por su hijo, esperando el golpe maestro del doctor, la recomendación de que nos mudáramos juntos por monitoreo médico.
Pero Maximiliano se adelantó con una jugada fría que me desarmó por completo.
Me quedé helada. Tuve que forzar una sonrisa de agradecimiento mientras por dentro sentía ganas de gritar. Una enfermera. Una profesional de la salud metida en mi casa las veinticuatro horas del día, supervisando mis supuestos síntomas, midiendo mi presión y vigilando un vientre que no albergaba absolutamente nada. Cada plan que tejía con tanta minuciosidad parecía fracasar contra el muro de su gélida racionalidad.
Máximiliano estaba cumpliendo con su papel de hombre responsable al milímetro, blindando al heredero Alexander con recursos financieros pero alejándome físicamente de su órbita con una precisión quirúrgica.
Respira, Gala. Respira. Me repetí a mí misma mientras salíamos de la clínica y bajábamos al estacionamiento subterráneo. No podía perder los estribos ahora.
El viaje de regreso a mi departamento fue una tortura silenciosa. Maximiliano conducía con los ojos fijos en el asfalto, acelerando por las avenidas de la ciudad con una prisa contenida que me ponía los pelos de punta. Yo me giré ligeramente en el asiento del copiloto e intenté retomar el control de la narrativa. Le hablé de las recomendaciones del doctor, del descanso que debía tomar, de la necesidad de que él estuviera presente en la cena del consorcio de la próxima semana para acallar los rumores de los inversionistas tras la salida de Kathryn.
Fue inútil. Él avanzaba con el auto de cuerpo presente, pero totalmente ausente de lo que yo hablaba. No asintió, no me rebatió, ni siquiera me miró de reojo cuando mencioné el nombre de su exprometida. Estaba a kilómetros de distancia, sumido en un torbellino interno que yo por primera vez, no lograba descifrar.
Cuando el coche se detuvo frente a la entrada de mi edificio, ni siquiera apagó el motor. Me abrió la puerta desde el control central con una cortesía ejecutiva que dolió más que una bofetada.
Bajé del auto sintiendo el frío de la tarde calarme los huesos. Mientras observaba sus luces traseras perderse a toda velocidad por la avenida principal, una sospecha incómoda me atenazó las entrañas. Yo tenía el tablero bajo control, Julián Méndez en Ginebra y mi nuevo médico comprado blindaban mi farsa a la perfección mientras Kathryn Serrano se marchitaba en su aislamiento en casa pero la total ausencia de Maximiliano durante la consulta era otra cosa, no era indiferencia ni orgullo herido, su mente había dejado de estar desde que había vuelto de la cafetería.
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Editado: 10.08.2026