Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXII

MAXIMILIANO

En cuanto las puertas del edificio de Gala se cerraron tras ella, puse el auto en marcha con una prisa contenida y un zumbido eléctrico recorriéndome las venas. La total ausencia que ella había sentido de mi parte durante la consulta no era indiferencia era el frío preludio de una cacería, no iba a esperar dos semanas a que el doctor Julián regresara de Ginebra, ni iba a mendigar información en pasillos ajenos.

Sostuve el volante con la mano izquierda mientras que con la derecha marcaba directamente a mi jefe de operaciones financieras y adquisiciones confidenciales. No medié saludos. Mi voz cortó el aire con la fuerza de una orden militar.

  • Quiero la compra de la clínica del segundo piso del centro médico de la avenida principal, que queda enfrente del centro médico. La quiero firmada y estructurada antes de que termine el día pero bajo una sociedad instrumental de máxima discreción. No uses mi nombre ni el del grupo Alexander, no quiero alertar a nadie. Muevan los fondos de reserva ahora mismo.

El proceso tomó exactamente veinticuatro horas de transacciones silenciosas y presión legal corporativa. Para la tarde del día siguiente, el consorcio médico ya nos pertenecía en absoluto secreto. En cuanto mi jefe de operaciones me confirmó que yo era el dueño real y mayoritario de la propiedad, colgué el teléfono, encendí la computadora de mi despacho y solicité el acceso inmediato y prioritario a los servidores encriptados de las historias médicas de ese centro.

Un solo nombre me importaba, uno solo justificaba haber comprado una clínica entera en menos de un día, Kathryn Serrano.

Tecleé los caracteres en la barra de búsqueda y el sistema parpadeó antes de desplegar el archivo digitalizado. Al abrir el documento de la doctora Elena Rostova, mis sospechas iniciales se volvieron una realidad aplastante. Llevaba un día consumido por la duda, repitiéndome la imagen de Kathryn entrando a ese consultorio de ginecología obstetricia y allí estaba. La confirmación científica me golpeó el pecho con la fuerza de un impacto físico.

Embarazo de evolución normal. Aproximadamente 4 semanas y media de gestación.

Me incliné hacia la pantalla, con la respiración contenida y los ojos grises fijos en el archivo adjunto. Al abrir la imagen digitalizada de la ecografía, el pequeño punto parpadeante en el centro de ese monitor en blanco y negro hizo que toda mi vida se replanteara de golpe. Ese era mi hijo, un hijo real, concebido en el calor de nuestra felicidad absoluta, semanas antes de que el veneno de la cabaña destruyera nuestro compromiso. Ver el eco de esa criatura me devolvió la fe que creía perdida, borrando de un plumazo la asfixia de Gala. Otro heredero Alexander nacido del amor verdadero estaba en camino.

Pero a la par de la inmensa conmoción, una furia salvaje y posesiva comenzó a crecerme en las entrañas, entintando mi mirada de una frialdad peligrosa.

Kathryn lo sabía. Llevaba semanas lidiando con los síntomas en absoluto aislamiento en su casa, yendo a consulta médica sola en el extremo opuesto de la ciudad para ocultármelo. Me había mirado a la cara en las pocas juntas directivas virtuales que habíamos tenido por el proyecto de Don Agustín, sosteniéndome la mirada con esa madurez trágica y esa resignación pacífica que tanto me descolocaba, mientras me exigía mantener la distancia profesional. Había guardado un silencio inquebrantable, devolviéndome el anillo de mi abuela y dejándome atrapado en el remordimiento de una laguna mental, dispuesta a sacrificar nuestro futuro y a criar a nuestro hijo lejos de mi órbita con tal de no interferir en lo que ella creía un deber familiar con Gala.

¿Pensabas ocultármelo para siempre? me pregunté en un susurro cargado de rabia contenida, cerrando la laptop de un golpe seco que sacudió el escritorio.

Su absurdo orgullo y su dolorosa rectitud la habían llevado demasiado lejos esta vez. Entendía su dolor, entendía que ella creía firmemente que el bebé de Gala era un proyecto real de mi vida que yo debía asumir pero no iba a permitir que jugara a la mártir a costa de mi sangre. Ella no se iba a desvanecer de mi mapa, ni iba a privarme del derecho de proteger lo único que de verdad me importaba en este mundo.

Me puse el saco de sastre con movimientos lentos y calculados, acomodándome los puños con una parsimonia implacable. La docilidad y el espacio que le había prometido en su despacho se acababan de terminar en este preciso segundo. El juego del silencio y la distancia iba a acabar hoy mismo. Iba directo a su apartamento, dispuesto a derribar la armadura gris que Kathryn Serrano llevaba puesta y a reclamar el futuro que nos pertenecía por derecho absoluto.




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