Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXIII

MAXIMILIANO

Extendí la mano hacia las llaves de mi auto pero mis dedos se detuvieron a milímetros del metal. El impulso primitivo y posesivo de salir corriendo del edificio Alexander, manejar como un demente hacia su apartamento y tirar abajo su puerta para exigirle respuestas se congeló en el aire. Me quedé completamente inmóvil de pie en mitad de mi despacho, con la respiración contenida y la mirada fija en la nada, quería respuestas pero sabía por experiencia propia que obligarla a dármelas solo haría que levantará un muro como en el pasado ya lo había hecho.

En mi memoria se repetía, el pequeño punto parpadeante de la ecografía de Kathryn, ese punto seguía brillando en blanco y negro, era mi hijo.

Una furia salvaje me quemaba las entrañas al pensar que llevaba semanas ocultándomelo, yendo a consultas sola en el extremo opuesto de la ciudad y sosteniéndome la mirada con esa madurez trágica en las videoconferencias del proyecto de Don Agustín. Estaba dispuesta a borrarme de su mapa, a criar a nuestro hijo en el absoluto aislamiento de su casa con tal de no interferir en lo que ella creía que era mi deber familiar con Gala. Su orgullo y su dolorosa rectitud la habían llevado a convertirse en una mártir silenciosa.

Pero irrumpir en su apartamento con una copia ilegal de su historial médico no iba a solucionar nada. Si la acorralaba ahora, utilizando el poder corporativo que acababa de conseguir al comprar esa clínica, era solo que volviera a cerrarse y quizás esta vez sería para siempre. Se defendería, me acusaría de invadir su privacidad y la distancia entre los dos se volvería un abismo insalvable. Kathryn Serrano no cedía ante la fuerza, yo lo sabía ella reaccionaba ante los hechos con una frialdad matemática.

Retiré la mano de las llaves y me dejé caer lentamente en mi sillón nuevamente sin apartar los ojos de la laptop que yacía en el escritorio, la abri lentamente y deslicé el cursor hacia abajo en el expediente confidencial de la doctora Elena Rostova hasta encontrar lo que buscaba, la agenda de control obstétrico.

Próxima cita de seguimiento: Jueves, 10:00 AM.

Una calma fría, peligrosa y perfectamente calculada reemplazó la rabia en mis venas. Tomé una decisión definitiva. No iba a buscarla hoy, ni mañana. Iba a esperar. Dejaría que pasaran los días, mantendría la distancia que ella misma me había exigido en este despacho y la dejaría creer que su farsa de aislamiento funcionaba como un escudo perfecto. No sospecharía absolutamente nada.

Pero el jueves a las diez de la mañana, yo no estaría en el piso del consorcio revisando cierres fiscales. Estaría justo en esa clínica de la avenida principal, esperándola dentro del consultorio de la doctora Rostova. Cuando Kathryn abriera esa puerta pensando que entraba a una revisión médica en secreto, lo primero que encontraría sería mis ojos grises esperándola en la penumbra. Desarmaría su silencio en su propio terreno, frente a la especialista y con la verdad de nuestro hijo sobre la mesa. El juego de la distancia que ella había diseñado para protegernos del pasado se iba a terminar bajo mis propias condiciones, y no habría armadura en el mundo capaz de salvarla de mi reclamo




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