GALA
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí un crujido en la mandíbula. Tuve que respirar hondo varías veces, tragándome la oleada de rabia salvaje que me quemaba la garganta para no estampar el vaso de cristal contra la pared de mi sala.
La mujer era una enfermera obstétrica de jornada completa con un uniforme blanco impecable, rígido y un calzado que emitía un chirrido insoportable contra el suelo de madera oscura de mi apartamento, asintió sin una sola emoción en el rostro. Anotó los datos en una tableta digital conectada directamente con el servidor de la clínica central del grupo Alexander y se retiró hacia el pasillo de invitados, donde Maximiliano le había ordenado instalarse.
Me dejé caer en el sofá de terciopelo hundiéndome en los cojines con una sensación de asfixia que no me había abandonado en los últimos tres días.
"Maldito seas, Maximiliano", pensé clavando las uñas en las palmas de mis manos para tratar de mantenerme tranquila y no hacer una escena frente al robot con título de enfermería que me habían impuesto.
El estricto código de honor y su estúpida culpa caballeresca de Maximiliano por la supuesta noche de la cabaña me estaban saliendo demasiado caros. Yo había diseñado la farsa médica con una precisión quirúrgica, convencida de que mi actuación de mártir dispuesta a abortar lo obligaría a firmar el acuerdo de convivencia familiar para proteger las acciones del consorcio, esperaba que se mudara conmigo, que el silencio de su apartamento vacío tras la huida de Kathryn lo arrastrara a mis brazos por pura inercia.
Pero Maximiliano se había defendido con una jugada de ajedrez tan bien diseñada que me tenía ahora completamente atada de manos. Al contratar a esta maldita profesional de la salud de jornada completa y meterla en mi casa, él estaba cumpliendo al milímetro con su papel de padre responsable y protector. Estaba blindando al supuesto heredero Alexander con recursos financieros ilimitados pero al mismo tiempo me estaba alejando físicamente de su órbita con una frialdad que me ponía los pelos de punta porque cada jugada que planeaba el respondía con una evasiva que me era imposible replicar sin dejarme en evidencia.
Lo peor era la vigilancia constante, la enfermera Mendoza no era una asistente complaciente era una profesional estricta que vigilaba cada uno de mis supuestos síntomas hora tras hora. Controlaba mis horarios de comida, vigilaba lo que ingería y me obligaba a tomar vitaminas que terminaba escupiendo en el lavabo en cuanto se daba la vuelta. No podía moverme con libertad, no podía recibir visitas sospechosas y sobre todo, no podía permitir que se acercara demasiado a un vientre vacío, que no albergaba absolutamente nada.
Mi propio departamento, el refugio donde planeaba celebrar mi victoria definitiva sobre Kathryn Serrano, se había transformado en una prisión de alta seguridad pagada por los Alexander y lo peor era que yo misma había dado autorización para convertirme en su prisionera.
Cada plan que tejía parecía tropezar contra la gélida racionalidad de Maximiliano. Él seguía de cuerpo presente en las pocas llamadas de trabajo pero totalmente ausente de mi vida privada, sabía que Kathryn estaba en su casa, cumpliendo con su palabra de trabajar de forma remota mientras durará el proyecto de Don Agustín y yo solo podía confiar que mi blindaje con el doctor Julián Méndez en Ginebra era perfecto.
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Editado: 10.08.2026