Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXV

MAXIMILIANO

Los últimos seis días habían sido un ejercicio de contención brutal, una tortura psicológica que puso a prueba cada gramo de mi disciplina, tuve que sentarme en las juntas del consorcio, revisar los informes financieros del proyecto de Don Agustín y escuchar una y otra vez a Gala hablar a través de llamadas quejarse de la enfermera Mendoza, todo mientras fingía normalidad. Me había asegurado que nadie en el edificio Alexander sospechara nada, Kathryn seguía trabajando de forma remota, convencida de que su farsa de aislamiento funcionaba como un escudo perfecto para proteger el secreto de su vientre pero en mi mente, la imagen de ese pequeño punto parpadeante en blanco y negro de su ecografía se había convertido en un fuego constante que me quemaba el pecho.

Cada hora de estos últimos días había sido un recordatorio salvaje de lo cerca que estuve de perder el único futuro que de verdad deseaba. La furia por su silencio seguía allí, era una corriente fría que alimentaba mi paciencia, Kathryn se estaba sacrificando dispuesta a ser la mártir que se apartaba para dejarle el camino libre a Gala pero su juego de distancia se terminaba hoy.

A las nueve y cuarenta y cinco de la mañana del jueves, crucé el pasillo del segundo piso de la clínica privada. No llevaba guardaespaldas, ni secretarias, ni el séquito habitual del consorcio Alexander que solía acompañarme. Vestía un traje de sastre gris oscuro y caminaba con esa calma depredadora que tanto me caracterizaba pero que esta vez arrastraba una fijeza implacable. Como dueño absoluto del centro médico tras la compra confidencial que ordené días atrás, no tuve que dar explicaciones para entrar al lugar.

Empujé la puerta del consultorio privado de la doctora Elena Rostova. La especialista se puso de pie de inmediato, con una expresión de respeto y desconcierto al ver al presidente del consorcio entrar sin previo aviso.

  • Señor Alexander... no esperaba su visita hoy - comenzó ella, acomodándose los anteojos con evidente nerviosismo - La junta de accionistas me notificó de manera confidencial la adquisición de la clínica, pero...
  • Doctora Rostova, siéntese - la interrumpí con mi voz grave pero cargada de una autoridad absoluta que no admitía réplicas - La paciente de las diez de la mañana, Kathryn Serrano, es mi prometida. Sé perfectamente que está embarazada de un par de semanas y he venido a presenciar su consulta de control.

La doctora parpadeó, asimilando la magnitud de la situación y asintió en silencio, regresando a su sillón detrás del escritorio. Caminé hacia la esquina más apartada del consultorio, cerca del ventanal que daba a la avenida, donde las sombras de las persianas me cubrían parcialmente. Me crucé de brazos, apoyando la espalda contra la pared, y fijé mis ojos grises en la madera de la puerta de entrada.

Faltaban cinco minutos para las diez. El tic-tac del reloj de pared era el único sonido que llenaba la habitación, marcando el compás de mi tensa espera. Podía sentir el pulso acelerado en mis sienes pero mi rostro permanecía inmóvil, una máscara de mármol pulido. Había comprado este lugar entero solo para tener el derecho legítimo de estar en esta habitación hoy para desarmar el silencio de Kathryn en su propio terreno y frente a la ciencia.

Imaginé el momento exacto en que la manija giraría. Visualicé a Kathryn cruzando el umbral, impecable con su abrigo oscuro, con esa cautela y esa lucidez que usaba para proteger su dignidad. Pensaría que entraba a su revisión médica semanal en absoluto secreto, completamente ajena al control que yo ya tenía sobre su entorno. Pero lo primero que encontraría en la penumbra de esta consulta sería mi mirada, no habría armadura capaz de salvarla de mi reclamo, ni contrato que justificara su distancia. El eco de nuestro hijo nos pertenecía a los dos, y hoy me encargaría de recordarle que un Alexander nunca renuncia a lo que es suyo por derecho absoluto.




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