Un Huracán para el lobo

CAPITULO LXXVIII

MAXIMILIANO

El sonido del cierre de las puertas al activarse sonó como un veredicto definitivo dentro de mi auto. El motor roncaba con suavidad, aislado del ruido del tráfico exterior de la clínica. Kathryn permanecía sentada en el asiento del copiloto, con la mirada fija en el limpiaparabrisas. Su abrigo largo y oscuro seguía perfectamente abrochado, una barrera textil que pretendía mantener su distancia conmigo. En su regazo, sus dedos descalzos de joyas apretaban el bolso donde descansaba la ecografía de nuestro hijo de cuatro semanas y media.

Puse el vehículo en marcha y salí del estacionamiento subterráneo con una prisa contenida. Conducía con la mano izquierda, mientras la derecha descansaba sobre la palanca de cambios, a escasos centímetros de la suya. La furia posesiva que me había traído a esta clínica había mutado en una necesidad visceral de romper el silencio que nos estaba desangrando.

  • ¿Pensabas ocultármelo para siempre, Kathryn? - mi voz rompió el mutismo del auto, sonando grave y cargada del remordimiento que me carcomía por haber permitido que se alejara.

Ella no se movió. Ni siquiera parpadeó. Mantuvo esa serenidad pasmosa que me helaba la sangre.

  • No tenía sentido decírtelo, Maximiliano -respondió. Su voz sonó apagada, arrastrando esa madurez que tanto me desarmaba - Te pedí que hicieras lo correcto por el bebé de Gala y asumo que lo estás haciendo. Mi silencio era la única forma de darte la paz necesaria para asumir tu destino familiar.

Un vuelco violento me revolvió el estómago, frené bruscamente en el carril de servicio frente a un parque desierto, apagué el contacto y me giré por completo en mi asiento hacia ella. La rigidez de mi fachada se rompió por completo.

  • ¿Paz? - repetí, y la vibración de mi tono delató la desesperación salvaje que llevaba conteniendo durante cuatro días - ¿De qué maldita paz me hablas? Me has dejado vivir en un desierto de hielo durante un mes, mirándome a la cara en las videoconferencias con una indiferencia mientras cargabas sola con mi hijo. ¡Es mi sangre, Kathryn! Tenías la obligación de decírmelo en el instante en que esa prueba dio positivo.

Fue en ese microsegundo cuando la armadura de Kathryn finalmente cedió, se giró hacia mí de golpe y vi cómo sus ojos grises se llenaban de unas lágrimas que se negó a dejar caer, destilando una lucidez dolorosa que me caló hasta los huesos. Kathryn no sabía nada de la enfermera obstétrica que yo le había impuesto a Gala en su apartamento para vigililarla , ni de los sutiles movimientos de control que yo ya había empezado a desplegar debido a mis dudas de lo que realmente había pasado esa noche. Para ella, la realidad seguía dictada por los rumores que emponzoñaban los pasillos de mi empresa.

  • ¡¿Y qué ibas a hacer si te lo decía, Maximiliano?! - exclamó, y por primera vez en semanas escuché la grieta del sufrimiento real en su voz - Sé perfectamente cómo funciona tu instinto de protección, sé que en cuanto te enteraras de que yo también estaba embarazada, habrías tirado al infierno cualquier acuerdo. Habrías venido corriendo a mi apartamento, obligándote a borrar tu propia historia por mí,por este bebé

Se le cortó la respiración, pero se obligó a continuar, clavándome la mirada con una honestidad desgarradora.

  • No iba a usar a mi hijo como una moneda de cambio para recuperar un anillo de compromiso. El terror que me asfixia cada mañana no es que me hayas olvidado, Maximiliano. Lo que realmente me aterra, lo que me obligó a guardar este secreto bajo llave, es el miedo a que mi bebé destruya la oportunidad de familia de Gala. Ella está esperando un hijo tuyo como consecuencia de una antigua historia en la que no se cuidaron. Ellos ya existían antes de que me entregaras el diamante de tu abuela, si yo te reclamo ahora, nuestro nuevo comienzo nacería muerto, edificado sobre el remordimiento de saber que obligué a tu otro hijo a crecer sin su padre. Yo me convertiría en la intrusa que rompió una familia, y mi dignidad no está en venta en el edificio Alexander.

Escuchar su razonamiento me partió el alma en un millar de fragmentos. Me quedé completamente rígido, mirándola con una mezcla de horror y una devoción profunda, Kathryn no se estaba defendiendo de un engaño, estaba sacrificando su propia felicidad y la mía por puro respeto a la vida y al embarazo de otra mujer. Su dolorosa rectitud la había llevado a asumir que Gala y yo teníamos un proyecto inevitable, una consecuencia real surgida de esa antigua historia.

Me acerqué a ella con lentitud, rompiendo finalmente la barrera del asiento. Extendí la mano y coloqué mis dedos sobre los suyos, obligándola a soltar el agarre del bolso. Su piel estaba inusualmente fría.

  • Mírame, Kathryn - le pedí, obligando a mi voz a recuperar una calma que estaba muy lejos de sentir pero que ella la necesitaba en ese momento más que yo - Escúchame muy bien lo que te voy a decir, tu sacrificio termina hoy en este auto. No eres ninguna intrusa. Las cosas van a cambiar drásticamente a partir de esta tarde.

La acerqué milimétricamente hacia mí, fijando mis ojos grises en los suyos con una fijeza que no admitía réplicas. El dilema era brutal, tenía dos hijos en camino, dos responsabilidades inmensas que asumir. Si Gala estaba embarazada realmente debido a esa noche borrosa en la cabaña, cumpliría con mis obligaciones financieras, legales y familiares con ese niño, asegurándome de que tuviera mi apellido y el amparo del imperio Alexander pero el lugar a mi lado, mi vida privada y mi amor te pertenecían únicamente a la mujer que tenía enfrente.

  • Asumiré lo que tenga que asumir con el bebé de Gala, cueste lo que cueste. No me desentenderé de mis obligaciones con mi sangre pero tú no vas a volver a encerrerte en tu casa sola a lidiar con las náuseas y el proyecto de Don Agustín. Te vendrás conmigo al ático hoy mismo, si tengo que poner mi consorcio de cabeza para estructurar esta situación y demostrarte que este hijo nuestro es la única verdad que me importa, lo haré. La tregua se terminó.




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