MAXIMILIANO
El sonido del cierre de las puertas al activarse sonó como un veredicto definitivo dentro de mi auto. El motor roncaba con suavidad, aislado del ruido del tráfico exterior de la clínica. Kathryn permanecía sentada en el asiento del copiloto, con la mirada fija en el limpiaparabrisas. Su abrigo largo y oscuro seguía perfectamente abrochado, una barrera textil que pretendía mantener su distancia conmigo. En su regazo, sus dedos descalzos de joyas apretaban el bolso donde descansaba la ecografía de nuestro hijo de cuatro semanas y media.
Puse el vehículo en marcha y salí del estacionamiento subterráneo con una prisa contenida. Conducía con la mano izquierda, mientras la derecha descansaba sobre la palanca de cambios, a escasos centímetros de la suya. La furia posesiva que me había traído a esta clínica había mutado en una necesidad visceral de romper el silencio que nos estaba desangrando.
Ella no se movió. Ni siquiera parpadeó. Mantuvo esa serenidad pasmosa que me helaba la sangre.
Un vuelco violento me revolvió el estómago, frené bruscamente en el carril de servicio frente a un parque desierto, apagué el contacto y me giré por completo en mi asiento hacia ella. La rigidez de mi fachada se rompió por completo.
Fue en ese microsegundo cuando la armadura de Kathryn finalmente cedió, se giró hacia mí de golpe y vi cómo sus ojos grises se llenaban de unas lágrimas que se negó a dejar caer, destilando una lucidez dolorosa que me caló hasta los huesos. Kathryn no sabía nada de la enfermera obstétrica que yo le había impuesto a Gala en su apartamento para vigililarla , ni de los sutiles movimientos de control que yo ya había empezado a desplegar debido a mis dudas de lo que realmente había pasado esa noche. Para ella, la realidad seguía dictada por los rumores que emponzoñaban los pasillos de mi empresa.
Se le cortó la respiración, pero se obligó a continuar, clavándome la mirada con una honestidad desgarradora.
Escuchar su razonamiento me partió el alma en un millar de fragmentos. Me quedé completamente rígido, mirándola con una mezcla de horror y una devoción profunda, Kathryn no se estaba defendiendo de un engaño, estaba sacrificando su propia felicidad y la mía por puro respeto a la vida y al embarazo de otra mujer. Su dolorosa rectitud la había llevado a asumir que Gala y yo teníamos un proyecto inevitable, una consecuencia real surgida de esa antigua historia.
Me acerqué a ella con lentitud, rompiendo finalmente la barrera del asiento. Extendí la mano y coloqué mis dedos sobre los suyos, obligándola a soltar el agarre del bolso. Su piel estaba inusualmente fría.
La acerqué milimétricamente hacia mí, fijando mis ojos grises en los suyos con una fijeza que no admitía réplicas. El dilema era brutal, tenía dos hijos en camino, dos responsabilidades inmensas que asumir. Si Gala estaba embarazada realmente debido a esa noche borrosa en la cabaña, cumpliría con mis obligaciones financieras, legales y familiares con ese niño, asegurándome de que tuviera mi apellido y el amparo del imperio Alexander pero el lugar a mi lado, mi vida privada y mi amor te pertenecían únicamente a la mujer que tenía enfrente.
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Editado: 18.08.2026