KATHRYN
El cuero del asiento del copiloto se sentía frío pero no tanto como el silencio que se había instalado entre nosotros mientras el auto avanzaba por las avenidas de la ciudad. Maximiliano conducía con una fijeza implacable, con los ojos grises fijos en el asfalto y esa calma depredadora que tanto lo caracterizaba, ahora convertida en una determinación de hierro. No me había dado opción, no me había permitido discutir, ni apelar a las cláusulas de distancia de mi contrato, ni regresar a mi propio auto. Simplemente me había guiado fuera de la clínica bajo el peso de su autoridad protectora y ahora me llevaba de vuelta al ático. Al lugar que, hasta hacía unas semanas, había sido nuestro refugio.
Me apoyé contra el respaldo, mirando de reojo el perfil rígido de su mandíbula. En mi regazo, mis manos seguían apretando con fuerza el bolso donde descansaba el sobre con la ecografía de nuestro hijo.
Mi mente, entrenada para desglosar crisis financieras con frialdad matemática, intentaba asimilar la demoledora decisión que Maximiliano acababa de tomar en el auto. Sus palabras seguían resonando en mi cabeza con el eco de una sentencia absoluta: "Asumiré lo que tenga que asumir con el bebé de Gala... Pero tú te vendrás conmigo al ático hoy mismo".
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. La realidad de nuestra situación era brutal, un dilemaen todos los sentidos que me asfixiaba el pecho, Maximiliano parecía dudar del embarazo de Gala pero los papeles firmados por el doctor Méndez eran un documento indiscutible que validaba esas seis semanas de gestación. Maximiliano se debatia en asumir la carga de su propia responsabilidad por la noche en la cabaña de ser cierto, estaba dispuesto a cumplir con su apellido, a dar respaldo financiero y a proteger a esa criatura como el hombre de honor que era.
Pero al mismo tiempo, se negaba a dejarme ir. Había roto mi aislamiento de un solo golpe, decidiendo que cargaría con el peso de ambos embarazos paralelos con tal de no perder el único futuro afectivo que le importaba.
Giré la cabeza hacia el ventanal, viendo las luces de los rascacielos desdibujarse bajo la llovizna de la tarde. El terror que me había cobijado en un silencio cobarde durante semanas seguía allí, arañándome las entrañas. ¿Cómo íbamos a convivir bajo la sombra de dos verdades tan masivas? Gala llevaba un hijo legítimo suyo, una consecuencia real de su antigua historia y la idea de regresar a su apartamento me hacía sentir una profunda contradicción interna.
Quería el amparo de sus brazos, anhelaba la seguridad salvaje con la que Maximiliano me estaba blindando en este asiento pero el miedo a convertirme en la intrusa que rompiera una oportunidad de familia me pesaba más que mi propio egoísmo si Gala seguía adelante con aquella decisión de sacrificar al bebe y nosotros nos recluyéramos en el ático a celebrar nuestro propio eco, el remordimiento se sentaría con nosotros a la mesa en cada cena.
El auto se detuvo finalmente en el estacionamiento subterráneo del edificio Alexander. El motor se apagó, dejando que el silencio se volviera denso, casi físico, Maximiliano soltó el volante, se giró hacia mí y me miró con esa fijeza gris que no admitía réplicas ni espacio para las evasivas.
Bajé del vehículo asimilando sus palabras y acomodándome el abrigo sobre el cuerpo. Mientras caminábamos hacia el ascensor privado que nos llevaría directo al ático, comprendí que la distancia que con tanto esmero había sostenido frente a la junta directiva y frente a mis propios síntomas ya no me servía de escudo.
Maximiliano Alexander había tomado el control absoluto del tablero, obligándome a regresar al epicentro de su mundo. Él estaba dispuesto a poner su consorcio de cabeza para estructurar este caos y proteger el futuro que crecía en mi vientre.
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Editado: 18.08.2026