Un Inesperado Mate

13 - Nail Kingahan

-Maldición... -soltó una pequeña queja, su voz rasposa como si estuviera agotado, mientras sus facciones se contraían en una mueca de dolor. Su cabello cenizo estaba completamente revuelto, la señal de que la noche había sido más que agitada. Sus ojos, aunque ligeramente entrecerrados, intentaban enfocarse, pero algo en su mirada me decía que aún no había terminado de aterrizar en la realidad.

-En la mesa de noche están las aspirinas -dije de manera natural, tratando de mantener mi tono lo más neutral posible, aunque mi corazón latía a mil por hora. No podía evitarlo. Era como si cada segundo, cada respiración que él tomaba de forma irregular, estuviera afectando mi propia estabilidad. Me crucé de brazos, como si esa barrera entre nosotros pudiera ayudarme a calmar los latidos acelerados de mi corazón. Mis propios pensamientos iban a mil por hora, pero me obligué a enfocarme en él.

Él abrió los ojos de golpe, como si finalmente estuviera despertando de algún sueño confuso. Soltó otra pequeña maldición mientras se sentaba en la cama, y una parte de mí quiso seguirlo con la mirada, pero me mantuve firme. Ya sabía lo que pasaría. Su expresión era el reflejo de la confusión, pero también de un arrepentimiento que se sentía demasiado familiar.

-¿Cómo llegué aquí? -preguntó, mirándome. Sabía que no recordaba nada de lo que había pasado. La pregunta era solo una formalidad. ¿Cómo no iba a serlo? Cada vez que estaba borracho, su mente tendía a vaciarse, a borrar todo lo que había pasado antes del despertar doloroso. Pero aún así, algo dentro de mí se tensó con la decepción. No se rompió esta vez, pero lo sentí... apretado, como si alguien hubiera presionado un tornillo en lo más profundo de mi pecho, haciendo que mi respiración se volviera más difícil por un instante.

Me enrojecí por un segundo, pero lo mantuve en control. No podía mostrar mi debilidad. Él no tenía idea de cómo sus palabras afectaban mi estabilidad, cómo su ignorancia, sus fallos, me calaban hondo. Al final, todo lo que me quedaba era lo que había aprendido a hacer con el tiempo: ocultar lo que sentía, seguir adelante sin dejarme arrastrar por lo que me pasaba por dentro.

-Me enviaste un texto casi a las doce de la madrugada, estabas más que borracho en el bar Estrella Fugaz -le expliqué con una calma que no sentía, acercándome a la cama. Mis piernas temblaban un poco, y mi mente no dejaba de hablar en voz baja, diciéndome que me alejara, que no debía quedarme en esa habitación. Pero no podía hacerlo. -¿Recuerdas por qué? -indagué, y mi tono se volvió más suave, más cercano, casi como si me importara realmente si recordaba. Pero sabía que no lo haría. Simplemente no lo sabía.

Me puse de cuclillas junto a la cama, flexionando los brazos sobre el colchón mientras mi rostro descansaba sobre ellos. Lo miraba fijamente, tratando de comprender qué pasaba por su cabeza, de desentrañar lo que sus ojos no querían mostrar. Las preguntas, las inseguridades se desbordaban en mí, pero me concentré en su rostro, buscando algo que me ayudara a seguir adelante. No me gustaba verlo así, ni siquiera un poco. Verlo con esa tristeza, con ese vacío, me hacía preguntarme, una vez más, si realmente importaba lo suficiente para él.

Sus piernas se flexionaron, y vi cómo las palmas de sus manos se apoyaron en sus rodillas. Apretó el edredón entre sus puños, y de alguna manera, esa simple acción me hizo sentir aún más distante. No lo comprendía del todo. Pero la tristeza en sus ojos... esa mirada baja, nublada, esa carga invisible de dolor que no podía soltar... Me hizo preguntarme si alguna vez entendería lo que estaba sucediendo entre nosotros.

-Te juro que si derramas una lágrima más por esa zorra, me va a valer mierda que sea mujer, y le voy a partir los huesos ahora mismo -amenacé, mi voz un poco más fría, más dura, mientras me levantaba lentamente. Cada palabra me quemaba al salir de mi boca, pero era lo que necesitaba decir. Era lo que tenía que hacer para que no se siguiera hundiendo en esa espiral de autodestrucción. No quería más lágrimas, no quería más sufrimiento de su parte. No por ella. No cuando tenía a alguien tan importante como él frente a mí, tan quebrado y vulnerable.

Él sorbió la nariz, secándose los ojos con el dorso de su mano, y aunque intentó sonreír, esa sonrisa no llegó a sus ojos. Me hizo pensar que había algo más, algo que no quería compartir conmigo. Algo que lo estaba rompiendo por dentro.

-Y... yo... lo siento. Perdí todo tu dinero -dijo, su voz temblorosa, y negué con la cabeza. Ya no lo miraba. Estaba demasiado cansada para seguir con esa conversación. Había demasiadas cosas que me rondaban la cabeza. Demasiadas preguntas y dudas que ni siquiera él podía resolver.

-Por eso no te preocupes -respondí sin más, mientras me acercaba a la mesa de noche para coger el vaso y las aspirinas. Era algo trivial, pero sentía que debía hacer al menos eso por él. Extendí el vaso con agua y las pastillas. Él levantó la mirada, y sus ojos, a pesar de las lágrimas, brillaron con algo que no pude definir. Tal vez gratitud. Tal vez algo más. Sabía lo suficiente para entender que mis palabras no eran solo palabras. No le dije lo que le dije sin razón. Había algo detrás de esas palabras, algo que no podía decir en voz alta.




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