Un Inesperado Mate

16 - Anghelo Rachman

-Desaparece antes de que cambie de idea -gruñó él con voz grave, fría como el hielo.

Ella no esperó a una segunda advertencia. Salió despavorida, con pasos torpes, como si sus piernas temblaran del miedo. Al pasar a mi lado, sus hombros chocaron con los míos. Sentí su desesperación impregnada en ese roce. Nail frunció el ceño, irritado, y con un bufido frustrado sacó su chaqueta del locker. Cerró la puerta con fuerza, haciendo que el metal resonara por todo el pasillo.

Yo lo observaba en silencio, sin saber muy bien cómo sentirme. Parte de mí estaba confundido... pero otra parte, extrañamente, se sentía feliz. Me miró de repente, con esa intensidad tan suya que me atravesó como un rayo. Luego, sin decir nada, se acercó y me tomó de la muñeca, con el mismo gesto brusco que había usado esa mañana, cuando me había jalado por los pasillos como si el mundo se le viniera abajo.

-Carajo -me quejé en voz baja al sentir cómo su agarre me apretaba la piel. Me dolió, pero no dije más. Él lo notó, aflojó su presión de inmediato y, en su lugar, entrelazó nuestros dedos.

Me tomó de la mano.

Y no me soltó.

Lo seguí, un poco desorientado por lo que acababa de pasar, mientras atravesábamos el instituto. Nuestros pasos resonaban en los pasillos, y la gente nos miraba. Algunos cuchicheaban. Otros simplemente nos seguían con la mirada, pero Nail no parecía notar -o importarle- nada de eso. Su única intención era llegar a algún lugar.

-Nail... -lo llamé, agotado. Ya habíamos pasado por varios pasillos, escaleras, puertas. Me arrastraba más que caminar.

-Solo un poco más -murmuró con la voz ronca, como si llevara mucho tiempo guardándose palabras que por fin estaban a punto de explotar.

Apretó un poco más mi mano y, aunque en otro contexto me habría quejado, esa vez me reconfortó. Sentí algo cálido, algo extraño, como si todo ese caos tuviera un propósito.

Así que lo dejé guiarme. No dije más.

Finalmente, después de un par de giros más, llegamos al campo de béisbol. Estaba vacío. El sol brillaba alto, proyectando nuestras sombras largas sobre el césped.

Nail se detuvo justo en el centro del campo. El silencio era denso, y él no me soltaba. En su otra mano, llevaba su chaqueta blanca con detalles rojos. En la espalda, el número "02" destacaba, como si fuera una marca grabada sobre él. Me quedé a unos pasos detrás, observándolo, esperando... sin saber qué.

-¿Nail? -lo llamé con suavidad, desconcertado por su actitud.

Él soltó mi mano de repente y se frotó el rostro con ambas manos. Respiraba con fuerza, como si intentara calmar una tormenta interna.

-Soy gay -dijo de golpe, sin rodeos, como si esas dos palabras le quemaran por dentro y por fin pudiera arrojarlas al viento.

El silencio que siguió fue brutal.

Mis ojos se abrieron por completo. No porque me molestara... sino por la forma en que lo había dicho. Porque no me lo esperaba.

-¿Q-qué? -murmuré, aún procesando.

Bajó lentamente las manos de su rostro y me miró directamente, sin apartar la vista.

-Soy gay -repitió, más claro esta vez, con una convicción que me sorprendió.

Algo en mí se encendió, como una chispa entre el pecho y la garganta.

-¿Hace cuánto lo sabes? -pregunté, aún sin entender del todo, con un toque de molestia que no supe esconder.

-Cuatro... tal vez cinco años -respondió con seguridad.

Apreté los puños, sintiendo cómo la frustración subía por mi cuerpo como fuego.

-Si estás molesto por lo que soy y decides dejar de hablarme... lo entien-

No lo dejé terminar. Me acerqué de golpe y le di un puñetazo directo en la mandíbula. El impacto lo hizo retroceder un paso, perder el equilibrio y caer al césped. Se sostuvo el rostro, sorprendido, sin intenciones de levantarse de inmediato.

-Puf. Pensé que iba a ser peor -se burló con una sonrisa torcida, mientras miraba la sangre que brotaba de su labio y manchaba sus dedos.

Lo miré, temblando de rabia, pero en lugar de decir algo más... me lancé sobre él. Lo abracé con fuerza, envolviéndolo por el cuello, pegando mi cabeza contra su hombro. Él, desconcertado, quedó recostado en el césped, conmigo entre sus piernas.

-¿Q-qué mierda, Anghelo? -balbuceó, confundido.

-El golpe fue por ocultármelo tanto tiempo, idiota -murmuré, apretándolo con más fuerza.

Él soltó una risita nerviosa.

-¿Y el abrazo?

-Porque, a pesar de todo, sigues siendo mi mejor amigo, idiota.

Rió de nuevo, esta vez con más alivio, y envolvió mis costados con sus brazos. Me abrazó fuerte, apoyando su cabeza sobre mi hombro. Sentí cómo sus dedos se aferraban a mi espalda y, por un segundo, no hubo dudas, ni miedo, ni juicios. Solo estábamos él y yo. Y eso era suficiente.

Escuché un leve sollozo. Uno suave, como el crujido de una rama bajo los pies.

Las lágrimas que me había estado aguantando se escaparon de golpe.

-P-pensé... y-yo... yo pensé... -empezó a decir entre sollozos, temblando un poco.

-Está mal pensar eso -lo interrumpí, adivinando a lo que se refería. Intenté apartarme para mirarlo a los ojos, pero él se aferró a mi cintura.

-Espera -suplicó con voz cortada.

Lo dejé. Permanecí ahí, con mis brazos alrededor de su cuello. Él limpió sus lágrimas con una mano, mientras con la otra seguía abrazándome.

-Listo -dijo al fin, en voz baja.

Me separé un poco para verlo. Tenía los ojos aún brillosos. Jamás lo había visto llorar. Nunca. Su rostro estaba vuelto hacia otro lado, evitando mi mirada. Se cubría aún con una mano, como si tuviera vergüenza.

-No voy a dejar de hablarte por eso -le dije con voz firme, pero suave.

Él soltó una pequeña risa y asintió.

-¿Me lo dijiste por José? -pregunté, sin poder evitarlo. La conversación de Kevin y Peter me rondaba en la cabeza desde hace rato.

Nail giró la cabeza rápido, frunciendo el ceño. Su rostro estaba iluminado por el sol: sus pestañas brillaban por las lágrimas secas, sus ojos marrón claro parecían tener destellos ámbar, y sus mejillas estaban sonrojadas. Su nariz seguía un poco roja y sus labios húmedos entreabiertos, dejando ver apenas sus dientes.




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