Un Inesperado Mate

17 - Nail Kingahan

"El brillaba, el brillaba pero hubo un momento y dejo de brillar"

-¿Vamos al bar esta noche? -preguntó Kaim, uno de los chicos del grupo de béisbol, mientras se secaba el cabello con una toalla.

Estábamos todos en los vestidores, la humedad del vapor seguía en el aire, pegándose a la piel. Algunos llevaban las toallas enrolladas en la cintura, otros simplemente caminaban por ahí sin preocuparse por cubrirse, riéndose, empujándose entre ellos, comentando cosas sin filtro como si el pudor no existiera en ese lugar. Las duchas aún corrían en el fondo, dejando escapar ese sonido constante del agua golpeando los azulejos.

-Mañana tenemos partido de liga contra los 満月のオオカミ -dijo uno mientras subía el pantalón de su uniforme.

Mangetsu no ōkami, los Lobos de Luna Llena. Un equipo formado por una manada china que tenía fama de ser agresivo, técnico y... diferente. El partido se había pospuesto varias veces. Aparentemente, problemas de permisos o viajes internacionales. Finalmente, mañana se daría.

Yo no participaba de la conversación, solo los escuchaba desde mi rincón mientras me terminaba de vestir. Tenía una prueba de literatura en la próxima clase y, para ser sincero, no había abierto un solo cuaderno. Me acomodé la corbata roja frente al espejo del casillero. Mi reflejo me observaba con cara de cansancio. No solo por el entrenamiento... había muchas cosas en mi cabeza últimamente.

Solíamos venir vestidos formalmente al instituto si teníamos entrenamiento antes de clases. Luego, cada quien se cambiaba a su ropa normal o se quedaba con el uniforme. El rector no era estricto con el código de vestimenta, siempre y cuando las notas se mantuvieran altas. Para él, el respeto se medía por promedios, no por camisas planchadas.

Nuestro uniforme era algo peculiar: jeans azul oscuro, camisa blanca con mangas tres cuartos y una corbata roja con un bordado en la punta -un lobo aullando, en hilo negro. Tenía algo simbólico. Algo que nos hacía sentir parte de una manada, incluso si a veces no lo admitíamos.

Me dejé la camisa por fuera, la corbata floja y desalineada, como siempre. Mi cabello ya estaba largo de más. Lo eché hacia atrás con los dedos, luchando por mantenerlo bajo control. Era castaño desde la raíz, con las puntas un poco rubias, un efecto natural que siempre me había acompañado. Mi madre tenía el cabello castaño, y mi padre había sido rubio antes de teñírselo. El resultado en mí era un caos estético, pero ya me había acostumbrado.

-Escuché que ese equipo tiene mujeres en su alineación -comentó alguien, haciendo que el ambiente se detuviera apenas un segundo.

-¿En serio? -preguntó Anghelo, frunciendo el ceño mientras se arremangaba la camisa con movimientos calculados, como si prepararse para una pelea.

-Sí. Zimû, el capitán, aceptó a unas chicas en el equipo después de perder una apuesta contra ellas. Al parecer, cumplieron con el reto, y él mantuvo su palabra -dijo otro con una sonrisa torcida.

Cerré mi casillero y saqué mi chaqueta. La conversación estaba tomando un giro inesperado.

-Un capitán siempre cumple su palabra -murmuró Anghelo, recostándose en su casillero, con los brazos cruzados y la mirada fija en el techo como si reflexionara algo más allá del comentario.

¿Chicas en el campo? Al fin, algo interesante en un partido... pensé mientras me alejaba del bullicio. Ya nadie se acordaba de la idea del bar. La charla sobre las chicas había desplazado todo. Así era siempre, los temas se saltaban como piedras sobre el agua. En fin... la hipotenusa.

Me dirigí hacia la biblioteca. Aunque fuera por media hora, necesitaba repasar algo de literatura. El examen ya me pisaba los talones, y mis pensamientos estaban por todos lados.

-¡Nail! -llamó José detrás de mí. Me giré un poco, apenas lo suficiente para verlo alcanzarme.

Me sorprendió su tono. Había algo... diferente en su voz.

-¿Fue por José que me lo dijiste, cierto? -preguntó de golpe, sin rodeos, como si las palabras se le escaparan antes de pensarlas.

Fruncí el ceño, confundido. ¿A qué se refería? ¿Qué me había salido sin querer? Por un momento olvidé que aún estaba luchando por no llorar. La confesión de Anghelo me había afectado más de lo que imaginaba.

¿A qué se habrá referido? me pregunté en silencio.

-Hola, José -le saludé con una sonrisa pequeña, una de esas que uno da cuando no quiere parecer débil, aunque el pecho arda por dentro.

Él me sonrió con la dulzura de siempre. José era hermoso, no se podía negar. Ojos verde claro, piel morena, cabello castaño y un aura cálida que lo seguía a todos lados. Me gustaba su presencia... pero, por más que me esforzara, mi mente volvía a esos ojos azules que me descolocaban.

-¿Vas a la biblioteca? -preguntó, acomodándose a mi paso.

-Sí, tengo que estudiar. Prueba de literatura -respondí mientras continuaba caminando, con el corazón aún revoloteando dentro del pecho. No podía sacarme a Anghelo de la cabeza, ni su mirada cuando dijo lo que dijo. Esa confesión repentina, inesperada, sin darle importancia... y a la vez, tan cargada.

-Te acompaño -dijo José sin dudarlo.

Asentí. Colocando las manos detrás de la nuca, caminé junto a él por el pasillo. El silencio entre nosotros no era incómodo, pero sí denso. Había algo que ambos sentíamos, algo que ninguno estaba listo para decir.

Quizás en la biblioteca pudiera concentrarme. O al menos fingir que lo hacía. Porque por dentro... era un caos.




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