Un Inesperado Mate

18 - Anghelo Rachman

Estaba detrás del estante, con los libros altos cubriéndome casi por completo. Había venido a buscar a Nail porque ya era hora de ir a clases... pero no me esperaba encontrarme con esto. Me detuve en seco al escuchar la voz temblorosa de José, y luego la de Nail, suave como siempre, como si supiera exactamente qué decir para que nadie se rompiera del todo.

No me moví. Algo en mí se tensó.

José estaba confesándose. Lo supe apenas lo oí. Sentí un golpe sordo en el pecho, como si algo me hubiera empujado el corazón hacia abajo. Me asomé un poco, con cuidado de no ser visto, y los vi. Nail estaba frente a él, inclinado, con las manos sobre la mesa, y José lo miraba como si fuera todo su universo.

No lo culpo. Nail tiene esa forma de ser que hace que cualquiera se sienta visto, escuchado, importante. Pero verlo así... tan cerca de otra persona... me hizo sentir algo raro. Como si una sombra se arrastrara por mi estómago, como si una espina se hubiese encajado justo detrás de mis costillas.

Me recosté contra el estante, cerré los ojos y me obligué a escuchar, aunque parte de mí quería salir corriendo.

-Lo siento mucho. Lamento si mi forma de ser te confundió respecto a tus sentimientos... -dijo Nail, con esa voz tranquila que tantas veces me había ayudado a calmarme. Me aferré al estante. Tenía la garganta seca.
-No fue mi intención confundirte, pero te aseguro que yo no soy la persona a quien realmente quieres. Hay un buen chico que está completamente loco por ti... y ese, lamentablemente, no soy yo.

Ese "buen chico"... ¿quién será? ¿Será Kevin? ¿Será alguien más? ¿Por qué me importa tanto?

José bajó la cabeza. No podía verlo del todo desde donde estaba, pero su voz sonó más frágil que nunca cuando murmuró:

-¿Te puedo pedir algo? Por favor...

Me incliné apenas un poco, sintiéndome mal por espiar, pero incapaz de irme.

-¿Me darías un beso?

Mis ojos se abrieron de golpe. ¿Qué? ¿Un beso?

Me moví sin pensar, saliendo de mi escondite solo lo justo para ver cómo José tenía los ojos vidriosos, una lágrima deslizándose por su mejilla. Nail alzó la mano y la limpió con tanto cuidado... como si lo estuviera acariciando por dentro. Luego se inclinó hacia él, despacio, sin prisa, sin duda. Sus labios se unieron en un beso suave.

Sentí que algo se me quebró dentro. No era enojo, no era tristeza exactamente... era algo más confuso. Como si me hubieran quitado algo que ni siquiera sabía que era mío.

"Mejor les doy privacidad.", pensé, aunque era tarde para eso. Ya había visto demasiado. Ya había sentido más de lo que quería admitir.

Me alejé de ahí, como quien camina bajo el agua, con el cuerpo pesado y la mente haciendo ruido. Cerré la puerta de la biblioteca en silencio, con un cuidado casi ridículo, como si hacerlo con fuerza pudiera romper algo más dentro de mí.

Afuera, el pasillo parecía igual de siempre, pero yo no lo era.

-¿Lo encontraste? -preguntó Kevin al verme.

Me giré hacia él. Su rostro estaba iluminado con una sonrisa tranquila. Me pregunté si sabía algo. Si se imaginaba lo que acababa de pasar dentro de esa biblioteca. Pensé en José, en sus ojos llorosos, en sus labios besando a Nail. Pensé en Kevin y en lo mucho que le gustaba José.

Me dolió por él. Pero no supe si me dolía más por mí.

-Sí... dice que en un rato va -dije, dibujando una sonrisa que no sentía.

Kevin me miró con atención, frunciendo el ceño.

-¿Estás bien?

Quise decir que sí. Quise decir que solo me dolía un poco la cabeza. Que estaba distraído. Que no era nada. Pero en vez de eso, solté:

-¿Por qué no lo estaría?

Buena pregunta. ¿Por qué no lo estaría?

Me sentía vacío. Como si algo que no entendía acabara de romperse. No sabía si era celos, si era tristeza, o si simplemente me molestaba no haber estado en ese lugar. No supe si quería estar en el lugar de José... o si quería que Nail no hubiera besado a nadie.

-Mejor vamos al salón. El maestro se molestará si llegamos tarde y con el partido cerca no nos conviene una sanción -dije finalmente, evitando pensar más.

Kevin asintió y caminó junto a mí. Yo miré hacia adelante, sin decir nada más.
Pero, por dentro, no podía dejar de pensar en ese beso... ni en la forma en que el estómago me ardía desde entonces.




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