Un Inesperado Mate

19 - Nail Kingahan

Las lágrimas saladas de José se mezclaron en algún momento entre el beso que compartíamos. Era cálido, tembloroso, y más que una muestra de pasión, se sentía como una súplica muda. Nunca imaginé que José sintiera algo por mí. Siempre pensé que su atención estaba puesta en Kevin, y no era raro, considerando que Kevin le correspondía de muchas maneras. Supuse que su cercanía era solo eso: amistad y simpatía. Pero estaba equivocado.

Me separé de él por falta de aire. Sus ojos verdes, brillando con lágrimas contenidas, me miraban con una mezcla de dolor, ternura y resignación. Con cuidado, limpié sus mejillas con mis pulgares, intentando borrar el rastro salado que su tristeza había dejado en su rostro. Era tan humano en ese momento... tan vulnerable.

-Gracias -murmuró con una sonrisa suave, rota, pero agradecida.

Sentí un nudo en el estómago. No quería herirlo, pero tampoco podía darle algo que no sentía.

-Lamento no ser el indicado -le dije con sinceridad, deseando que mis palabras no lo rompieran más de lo que ya estaba.

Él negó rápidamente y, como si necesitara recuperar el control, apartó mis manos y se frotó los ojos con sus propias palmas.

-No te preocupes. Será mejor que vayamos al salón antes de que el profesor llegue -dijo, intentando recuperar su compostura. Me sorprendió su fortaleza.

Asentí y, con delicadeza, besé su mejilla de manera casta, como un gesto de cariño que, aunque insuficiente, era sincero.

-Conmigo jamás encontrarás aquello que buscas... pero si algún día solo quieres matar las ganas, llámame -bromeé con una sonrisa coqueta, guiñándole un ojo.

Él soltó una risa apagada.

-Lo tendré en cuenta -respondió en tono juguetón, aunque su voz aún temblaba ligeramente. Luego, con un gesto repentino, me dio un fugaz beso en la comisura de los labios y se puso de pie.

Lo observé alejarse, mientras una marea de emociones me invadía. ¿Habría sido cruel? ¿Había actuado con empatía o solo traté de salir del momento sin quedar como un imbécil?

-Iré a poner el libro en su lugar. Ya te alcanzo -dije, tomando el libro que yacía sobre la mesa.

-Bien, te espero -respondió él antes de salir.

Solté un suspiro largo y me froté el rostro, intentando calmar la culpa que ya comenzaba a morderme por dentro. Caminé hacia el pasillo y coloqué el libro en su estante correspondiente. Me detuve un segundo, sin moverme, como si mis piernas no quisieran cooperar. A veces el silencio de la biblioteca pesaba más que cualquier ruido.

Finalmente salí, cerrando la puerta tras de mí, y allí estaba José, esperándome con una sonrisa suave. Su nariz estaba roja, y contrastaba con el tono moreno de su piel. Sus ojos verdes seguían irritados, tal vez por el llanto, tal vez por el esfuerzo de fingir que estaba bien.

-Vamos -le dije en voz baja.

Él asintió. Caminamos juntos hacia el salón en un silencio denso, casi sepulcral. José se tallaba los ojos de vez en cuando, y cada vez que lo hacía, era como una estaca más en mi pecho. Lo había herido. Era un buen amigo, uno de los pocos que realmente se preocupaban por mí, y aún así, ahí estaba él... tratando de no desmoronarse. Me dolía más de lo que esperaba.

Mi teléfono vibró justo cuando llegamos al salón. Un mensaje.

Anghelo estaba hablando con Kevin, mientras Peter permanecía sentado en su lugar. Todos parecían tranquilos. Bueno... todos menos yo.

-¿Estás bien, José? -preguntó Kevin, visiblemente preocupado al ver a José. Me sorprendió la dulzura de su tono. No era el idiota antipático que solía parecer. No con José.

La pregunta llamó la atención de los otros dos, quienes se giraron hacia nosotros. Me hizo sonreír levemente. José no estaba solo. Nunca lo estaría.

-E-eh... s-sí. Lo estoy -respondió José, pero su voz era un susurro quebrado.

La mirada celeste de Anghelo se posó en mí como un cuchillo helado. Le devolví una sonrisa fingida. No sabía qué pasaba, pero parecía que también estaba molesto conmigo. Y la culpa... la culpa no ayudaba en nada.

-Bien, chicos. Espero que hayan estudiado para la prueba. Cada uno a su lugar -dijo el profesor al entrar.

-Profesor... José no se siente bien. ¿Puedo llevarlo a la enfermería, por favor? -pidió Kevin, preocupado.

-¿Es eso cierto, joven Kikisther? -preguntó el maestro, y José solo asintió. Lo conocía lo suficiente para saber que si abría la boca, se quebraría por completo.

Lo había rechazado, por más sutil que hubiera sido. Y un rechazo... siempre duele. Por eso nunca me declaré a Anghelo. No podía arriesgarme a pasar por algo así. No lo soportaría.

Me senté en mi lugar junto a Kyra, la novia de Peter. Intenté concentrarme, pero la preocupación era un zumbido constante.

-Bien, acompáñelo. Ustedes realizarán la prueba en otra ocasión -agregó el maestro.

Kevin abrazó a José por los hombros y se lo llevó. José caminaba con la mirada fija en el suelo, como si llevara encima el peso del mundo.

Cuando ambos salieron, el profesor empezó la prueba.

(...)

Mi cabeza no dejaba de dar vueltas. No podía concentrarme. No sabía nada de José ni de Kevin desde que salieron. Y Anghelo... Anghelo me estaba evitando. No entendía por qué.

Al terminar las clases, estaba fuera del instituto, esperando a Anghelo como siempre. Solía acompañarlo a su casa. Había quedado con su madre en ello. Él salió del edificio y lo llamé.

-¡Anghelo! -levanté la mano para que me viera.

Pero me ignoró por completo. Como si fuera un desconocido. Como si no me viera. Mi mano bajó lentamente. La incredulidad me golpeó primero... luego el dolor.

-Mentiroso -gruñí para mis adentros, apretando los dientes.

¿Por qué me estaba tratando así? ¿Qué había hecho? Me tragué una vez más los pedacitos rotos de este corazón idiota que se empeña en amar a quien no le da ni una mirada.

Mi teléfono vibró de nuevo. Mensajes.

Eran de mamá... y de Kall.




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